16 January 2022 Televisión online con redacción web

La desaparición del movimiento LGTB

Hablamos con Ramón Martínez sobre sus libros, sobre homofobia, sobre cómo reactivar el movimiento LGTB, sobre institucionalización, la nueva esperanza y sobre el auge de la extrema derecha.


Ramón Martínez (Madrid, 1982) es autor de La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella (2016), Lo nuestro sí que es mundial (2017), Nos acechan todavía (2019) y ahora estrena su último libro: Maricones de antaño, todos sus títulos publicados por la editorial Egales. También trabaja como profesor de secundaria visible y orgulloso.

 

P: En Nos acechan todavía (p. 28) describes la situación del Orgullo 2018 cuando, al acabar la parte política de la manifestación, empezó a llegar mucha gente para la fiestay dices que te preocupaba que la gente solo nos apoyara por el fiestón en que se ha convertido el Orgullo; y terminas el párrafo con las siguientes preguntas: “¿Y si uno de estos años no hubiera carrozas? ¿Seguiríamos siendo un movimiento social que cree tener tanto respaldo ciudadano?Este año, evidentemente, no ha habido ni manifestación ni fiesta del orgullo, fue online. ¿Qué respuesta le ves a tus propias preguntas?

R: Ha sido interesante, pero también bastante inquietante, poder dar respuesta a una duda planteada hace apenas unos meses. Como dices, desde el activismo LGTB siempre hemos dudado, aunque fuera secretamente, de la veracidad de los apoyos que se manifestaban junto a nuestras pancartas. Muchos partidos políticos insisten en acudir solo para conseguir una foto, aunque en ocasiones parece que lo que organizan es una contramanifetación, como ocurrió con Ciudadanos, que ya ha tomado represalias en el Ayuntamiento de Madrid eliminando subvenciones. Mucha gente, en cambio, acude a una fiesta y, como hemos visto este año, no muestra ningún interés por las acciones alternativas. La convocatoria online del Orgullo que hicieron FELGTB y Cogam fue llamativa, y realmente no se me ocurre otra forma de intentar salvar el tipo en esa fecha tan importante, pero también resultó una absoluta catástrofe. No solo la participación fue puramente testimonial, sino que reveló que nuestros apoyos reales como colectivo son mucho menos firmes de lo que queríamos pensar. Me preocupa pensar que este fue el último golpe que necesitaba el actual modelo de Orgullo para terminar para siempre de ser mínimamente reivindicativo…

P: En la p. 230 de Nos acechan todavía mencionas lo que Marina Garcés llama analfabetismo ilustradoy en la p. 104 ya hablas de las muchas microidentidadesque se han creado en internet como pueden ser la demisexualidad, la sapiosexualidad, la skoliosexualidad… ¿estas identidades confunden más que ayudan?

R: El modelo actual de reivindicación se fundamenta principalmente en el reconocimiento público de la propia particularidad en cuanto al género y al deseo. El discurso insiste en que ha de darse carta de naturaleza a las manifestaciones de la identidad personal, que hemos articulado durante las últimas dos décadas desde las siglas «LGTB»; y en ese contexto es lógico que vayan incorporándose cada vez más identidades conceptualizadas a partir de características particulares de la personalidad, cada vez más concretas. Son útiles, no cabe duda, porque pueden ayudar a mucha gente a comprenderse mejor, a poner nombre a esos rasgos que sienten que desentonan con lo normativo. Pero también encorsetan, porque te adscriben irremediablemente a un discurso reivindicativo y a una manera muy concreta de pensar y de pensarse. Desde hace tiempo llevo indicando la necesidad de un modelo reivindicativo que no se fundamente únicamente en ese reconocimiento de la identidad, sino que se centre de manera prioritaria en la eliminación de todas las trabas que impiden la libre expresión de cualquiera de esos rasgos de la personalidad. Considero mucho más liberador trabajar para que cualquiera pueda expresarse como prefiera, en cuanto al género, y pueda desear tan libremente como quiera, que seguir categorizando una y otra vez a toda la población de acuerdo a unos compartimentos estancos, sean homo o hétero, cis o trans, o con cuantas siglas queramos incorporar a esta taxonomía.

P: Evidentemente uno de los mayores peligros que nos acecha todavía es el auge de la extrema derecha. ¿Crees que hay alguna estrategia que aprender de ellos que se pueda revertir y usar en nuestro favor?

R: No hay nada aprovechable en la extrema derecha. Además, gran parte de sus nuevas estrategias, precisamente, las han aprendido de nuestros movimientos reivindicativos. Aunque hay algunos activistas que siguen pensando que aplaudir los gestos ocasionales de los partidos de derecha, e incluso de los de ultraderecha, porque -supongo- que de ese modo creen que tendrán garantizadas las subvenciones. Y, como hemos visto en estos días en el Ayuntamiento de Madrid, cuando ronda la extrema derecha y dirige las políticas municipales no hay tregua para nuestros derechos. La única estrategia que es posible emprender para tratar con los fascismos es su erradicación total.

 

P: En septiembre de 2017 hablabas de escribir tres volúmenes, el de la cultura de la homofobia que ya tenías, el siguiente que se llamaría Lo nuestro sí que es mundial y al tercero lo querías llamar por entonces Una nueva esperanza, que es el que ahora se llama Nos acechan todavía. ¿Por qué ese cambio tan drástico de perspectiva?

R: La idea original, mientras escribía Lo nuestro sí que es mundial, era un nuevo volumen en el que analizar las estrategias, tácticas y acciones que podíamos utilizar en el futuro. Pero la irrupción de la extrema derecha en las instituciones dejó claro que para garantizar esa “nueva esperanza” debíamos ser totalmente conscientes de esa amenaza que mucha gente parecía haber olvidado, que era imprescindible tener en cuenta, como en el soneto de Lorca que da título al libro, que a pesar de todos los avances que hemos hecho “nos acechan todavía”.

P: Dices en una entrevista que reapropiarnos de la homofobia, de estereotipos como «el mariquita», de insultos como «maricón» ha resultado útil como estrategia en ocasiones, pero supone un problema: hablamos la lengua de la dominación. Audre Lorde ya decía aquello de que «las armas del amo no derribarán la casa del amo», y quiero pensar que es toda una invitación a imaginar nuevas formas de llamarnos y de hablar. A mí me gusta mucho «epéntico», que es una palabra que se inventó Lorca para hablar de «lo nuestro». Prefiero el «epentismo» autónomo a una homosexualidad científica, una mariconería reapropiada, o incluso una gaicidad que, me temo, ya está despolitizada.” ¿Por qué entonces tu nuevo libro se llama Maricones de antaño y no Epénticos de antaño?

R: El título de Maricones de antaño lo utilicé como hastag para los hilos de Twitter de los que nació el libro. En su momento “maricones”, como concepto, si bien nunca me ha parecido útil como herramienta reivindicativa, porque afianza los parámetros de pensamiento patriarcales sobre la sexualidad heterodoxa, sí me resultó interesante como vehículo de una comunicación. “Epéntico” permite utilizar, como dices, una estrategia verdaderamente autónoma, pero dificulta notablemente la comunicación, ya que es un término aún muy poco conocido. Para llegar a esa autonomía verdadera debemos seguir utilizando las pocas herramientas de las que disponemos, aunque no nos terminen de parecer adecuadas. Tenemos muy pocos instrumentos para difundir nuestro mensaje y debemos aprovecharlos, al mismo tiempo que los intentamos mejorar poco a poco.

P: En la presentación de dicho último libro decías que esta pandemia no es la primera que ha sufrido la gente LGTB. ¿Qué similitudes ves entre la crisis del VIH y la pandemia del COVID?

R: Hay algunos parecidos llamativos, como la absoluta falta de previsión de que una pandemia como cualquiera de las dos pudiera aparecer, pero creo que es más interesante analizar el porqué de las diferencias. Sin tener la formación médica necesaria para valorarlo con la precisión adecuada, resulta llamativo que la Covid haya conseguido varias vacunas en menos de un año, mientras que el VIH ha tardado casi cuarenta veces más en siquiera acercarse a la posibilidad de una vacuna. En los intentos de erradicar el coronavirus se ha volcado toda la población, mientras que la lucha contra el VIH-SIDA ha sido materia de interés casi exclusivo de quienes se veían afectados por él.

 

P: “””Gracias””” a la crisis del VIH la comunidad LGTB se aunó para luchar por el matrimonio igualitario y ahora parece que el movimiento casi ha muerto de éxito, como desarrollas en Nos acechan todavía. ¿Crees que podrá salir algo buenode esta pandemia?

R: No tengo claro siquiera que la pandemia pueda llegar a tener algún efecto social positivo, menos aún considerarlo en clave LGTB. Me temo que esta situación, que en un comienzo parecía haber despertado nuestros mejores sentimientos, nos lleva ahora como sociedad hacia una forma de pensar cada vez más dividida, y eso siempre es una pésima noticia para quienes pretendemos difundir mensajes de tolerancia y respeto entre toda la población. En lo que respecta concretamente a la cuestión LGTB me temo que el futuro puede llegar a presentársenos mucho peor de lo que imaginaba al escribir Nos acechan todavía. En el Ayuntamiento de Madrid ya hemos empezado a ver cómo se cercenan las políticas públicas de apoyo a los colectivos. Con la excusa de la inminente crisis económica escucharemos que los gastos en diversidad son innecesarios. Si nuestros colectivos venían presentando graves problemas en el ámbito de lo ideológico, ahora deberán enfrentarse a carencias puramente materiales. Y todo en medio de una situación de distanciamiento social que nos impide acercarnos tanto como sería necesario para seguir planeando acciones y estrategias. Hay grupos que no se reúnen desde hace meses. Si precisamente lo que necesitábamos para reorganizarnos era tener más contacto el peligro al que nos enfrentamos es la desaparición del movimiento reivindicativo tal como lo conocemos.

P: Decías en la presentación de Maricones de antaño que los grupos oprimidos suelen crecer entre iguales, mientras que las personas LGTB no. ¿mo crees que afecta a nuestra conciencia colectiva el tener que pasar cada uno de nosotros el proceso de averiguar nuestra sexualidad solos, en la mayoría de los casos? ¿mo crees que sería nuestra realidad ahora si creciésemos en comunidades de iguales?

R: En primer lugar, tengo la confianza de que la visibilidad cada vez más notoria de las personas LGTB influya en que las nuevas generaciones de jóvenes puedan crecer de una forma más libre. En mi trabajo como docente creo percibir en ocasiones esa evolución, aunque mi propia presencia como profesor visible y los rigores del contexto pueden afectar mis análisis de los casos concretos. En segundo lugar, hasta este momento la incapacidad para encontrar iguales en tantas y tantas generaciones ha provocado esa necesidad de búsqueda que ha impedido el verdadero nacimiento de unos rasgos culturales realmente propios. Hemos crecido observando una cultura exclusivamente heterosexual y apropiándonos de ella como buenamente hemos podido; por eso las manifestaciones culturales que etiquetamos como LGTB son siempre muy dependientes de la cultura general patriarcal. Pero la solución no está tampoco en la creación de una cultura diferenciada, en guetificar la cultura que pueda sernos propia en un futuro, sino en la transformación de esa cultura general, común a toda la ciudadanía, hasta hacerla verdaderamente inclusiva.

P: En una entrevista a Indetectables dices «No es hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando se conforman definitivamente las categorías actuales, y se diferencia claramente lo homosexual de lo heterosexual.» ¿Estábamos mejor antes de estas diferenciaciones?

R: Antes de esas diferenciaciones toda persona que se comportara sexualmente de un modo alejado de la norma se enfrentaba a una condena tan cruel como la hoguera, así que no, no podemos hacer esa afirmación. Pero sí que resulta muy interesante estudiar ese momento de nuestra historia para tratar de comprender mejor cómo nos pensamos ahora y qué otras maneras de pensarnos podríamos emplear. Estoy bastante seguro de que esas diferenciaciones que hicieron nacer nuestra consciencia de grupo son en parte responsables de algunos de los obstáculos a los que nos enfrentamos para alcanzar una verdadera igualdad.

 

P: Nueve diócesis de la iglesia anglicana en Canadá están permitiendo casarse según el rito religioso a las personas LGTB. ¿Crees que esto es un avance?

R: Toda incorporación de las personas LGTB a cualquiera de los rituales de los que se las excluía es un avance importante hacia la igualdad. Otra cosa diferente es que algunos de esos rituales sirvan, más que para liberarnos, para ayudarnos a construir un mundo nuevo más libre, para incorporarnos al mundo antiguo. En resumidas cuentas, el Matrimonio Igualitario es un éxito, pero hemos de poner sobre la mesa si la institución del matrimonio es la que deseamos para regular nuestros afectos, e incluso si creemos pertinente que exista una regulación de la vida en común.

P: ¿Qué opinas de la pérdida de referentes en el feminismo, o incluso en el activismo LGTB, por gente que tiene una larga trayectoria de contribución a la lucha por el colectivo pero que ahora exhibe una transfobia de lo más agresiva?

R: Como en los anteriores enfrentamientos conceptuales del feminismo, sobre la prostitución y la pornografía, vivimos ahora una difícil confrontación en torno a cómo comprender el género. Como varón gay creo que no me compete participar de forma activa en ese debate -aunque lamento profundamente la ausencia de debate y el tono que está alcanzando-, porque me faltan las experiencias e incluso las lecturas necesarias para poder opinar. Con todo, en cuanto a la pérdida de referentes, considero que es una cuestión mucho más complicada que no podemos explicar solo a través de esta discusión que vivimos: hay muchas más cuestiones en juego que no podemos olvidar. Asistimos a un recambio generacional en la práctica totalidad de los movimientos sociales, con todo lo que ello conlleva, y, además, los liderazgos dentro de los activismos siempre han sido complicados. Es lógico que las filosofías críticas con lo establecido se lleven mal con las jerarquías, pero, hay que añadirlo porque es necesario, la crisis de liderazgos en el movimiento LGTB llega mucho más allá: han fallecido o se han alejado de sus filas las personas más destacables de nuestra historia activista y en muchas ocasiones han quedado al frente quienes fueran sus lugartenientes, no siempre con las mismas aptitudes para liderar nuestra reivindicación. Quizá, más allá de este “menealla y no enmendalla” que trata de dejarlo todo como siempre ha estado, haya que plantear a esa generación de referentes dejar paso a otra ya no tan nueva. Y, de todos modos, percibo que se está produciendo un interesante cambio en cuanto a la idea de quienes lideran este movimiento nuestro. Considero que cada vez la idea del “referente” está más lejos de las asociaciones y se encuentra en otros espacios, como la política -es el caso de Eduardo F. Rubiño-, o incluso la creación artística, donde los ejemplos son muy numerosos y que alcanzan mayor popularidad y, por tanto, trascendencia, que cualquier dirigente de un pequeño colectivo

P: Dices en una entrevista a Código Público que «el activismo institucional, el más reformista y moderado, ha dependido exclusivamente de los partidos políticos y ha llegado un momento en el que todo el mundo quiere sacarse la foto, sin hacer ninguna política concreta de transformación social». ¿Hay algún partido que quiera de verdad ayudar al colectivo y no solo «sacarse la foto»?

R: Los partidos buscan votos, votos que permitan el acceso al poder para llevar a cabo sus políticas. Hubo una época en que ese movimiento reformista supo incorporar a esa agenda sus propias necesidades y se consiguieron grandes avances como el Matrimonio Igualitario y la primera Ley trans de 2007; pero últimamente parece que nuestra sociedad del espectáculo prima fundamentalmente el gesto y no el contenido que debe encerrar, y por eso observamos carnavaladas como la participación de Ciudadanos en el Orgullo de 2019. Debemos ser mucho más reticentes a la hora de hacernos esas fotos comprometedoras, porque si luego no se desarrollan las normas que necesitamos lo único que hacemos es celebrar la gestualidad y la adquisición de votos sin conseguir nuestros objetivos. Y, además, corremos el riesgo de hacer algún que otro ridículo… Hay gente que se considera activista y que ya ha pensado más de una vez dar ese apoyo a la ultraderecha, por si luego suena la flauta. No sé si es una visión demasiado naïf o directamente estulticia supina, pero creo que está claro que la ultraderecha nunca pondrá en práctica las políticas que necesitamos para seguir avanzando.

P: También para Código Público opinas que «las propias instituciones reivindicativas, como La FELGTB, empiezan a caducar, toda entidad social tiene una vida y es sano y necesario saber que, como seres vivos sociales: naces, te reproduces y acabas muriendo.» ¿El problema de instituciones como FELGTB es, entonces, terminal? ¿Ni siquiera puede ser salvado por las nuevas generaciones? ¿Hay que derrumbarlo y construir algo nuevo desde el más absoluto cero? 

R: Cuando escribí Nos acechan todavía lo hice como una invitación a la reflexión, a pararnos a pensar qué fallaba y qué podíamos hacer para solucionarlo. Tanto la Federación como el resto de colectivos corre hoy un gravísimo peligro, no solo porque empiezan a escasear las subvenciones, gracias a los compromisos que Ciudadanos y Populares han contraído con la ultraderecha, sino también porque cada vez es más evidente la necesidad de actualizar nuestro discurso reivindicativo para incorporar a él a las nuevas generaciones de personas LGTB, que en muchas ocasiones perciben nuestros problemas de otro modo. Hoy empiezo a pensar ya que el cambio en la organización de nuestro movimiento es imparable y que un gran número de entidades debe adaptarse in extremis a una nueva situación o no hará falta que nadie derrumbe nada. Es un problema muy grave, porque las estructuras que tenemos pueden ser muy útiles si las dirige quien sepa aprovecharlas y actualmente es difícil hallar alguien de esas características al frente de los colectivos. Cada vez es más frecuente que los referentes se encuentren fuera de nuestras entidades y no sé si las entidades están tan preocupadas como deberían por esto.

P: Muchos activistas LGTB dicen que necesitamos espacios seguros y propios que no estén hiper sexualizados. ¿Qué opinas de esa gofrería tan famosa de Chueca?

R: Cuando el centro temático de nuestra labor activista es la sexualidad es ciertamente muy difícil evitar que acabe ocupando todos los espacios y más aún señalar aquellas actividades que visibilizan la sexualidad heterodoxa no para reivindicarla con dignidad, sino como un modelo exitoso de negocio, destinado además principalmente a un público principalmente heterosexual que acude a nuestros barrios, a nuestras zonas, para conseguir cierta pátina de modernidad y tolerancia. Esa gofrería es un negocio privado y, de todo lo que puedo decir sobre su actividad, lo que más me preocupa son sus trabajadores, que para cada venta deben representar un diálogo sexual. Es algo que simbólicamente debemos equiparar a la prostitución, que tanto para las mujeres en general como para las personas LGTB es una lacra que debemos abolir.

P: ¿Qué diagnóstico haces como profesor de la próxima generación?

R: Esa es mi “nueva esperanza”, que consigamos una generación que crezca mucho más libre de lo que crecimos y se libere tanto de los discursos que cercenan nuestros derechos como de los que los defienden. Si lo hacemos bien, si centramos bien nuestros esfuerzos en la educación, en 50 años podríamos erradicar la homofobia. Hay chavales en los institutos más libres de lo que cualquier adulto pudiera pensar: chicos de 1º de ESO que juegan a ser novios de otros chicos, alumnas que tienen muy clara su bisexualidad desde muy pronto, personas trans que pueden recibir el apoyo de sus familias y sus profesores. Pero no podemos olvidar que también hay alumnado, incluso en 2º de Bachillerato, que aún no sabe cómo despejar muchas dudas, que tiene miedo a ser visible. Debemos seguir trabajando ya no por nuestros derechos sino por los suyos.

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