STALINGRADO

Director, Coguionista y Coproductor: JOSEPH VILSMAIER

Intérpretes: Dominique Horwitz, Thomas Kretschman, Jochen Nickel, Sebastián Rudooph.

             LOS DESASTRES DE LA GUERRA

Hay nombres cuya sola mención produce escalofríos. Treblinka, Matthausen, Dachau, evocan el horror de los campos de la muerte. Stalingrado, como Verdún, permanecen en la memoria colectiva como dos de los grandes mataderos de la historia. Por eso el título que encabeza estas líneas y que alude a la serie de geniales aguafuertes que inspiraron a Goya los horrores de la guerra de la Independencia, bien puede servir para referirse a esta macroproducción que pretende ilustrar algunos episodios de la batalla de Stalingrado y que tiene al alemán Joseph Vilsmaier, director, argumentista, coguionista, cofotógrafo y coproductor, como su principal artífice.

         El origen de la batalla de Stalingrado –una de las mayores hecatombes bélicas de todos los tiempos- se sitúa en la primavera de 1942, cuando la Wehrmacht alemana desencadena una nueva ofensiva  contra la URSS que le lleva hasta la ciudad de Stalingrado. Desde septiembre de 1942 hasta febrero del 43, Stalingrado y sus alrededores fueron el sangriento escenario de feroces combates que culminaron con la rendición del mariscal Von Paulus y la muerte de un millón de soldados, 300.000 alemanes y el resto de diversas nacionalidades, especialmente soviéticos.

         El autor de esta colosal versión, Joseph Vilsmaier, es un director alemán escasamente conocido en España fuera de los círculos cinéfilos. Su única película estrenada hasta el momento en nuestro país, “Leche de otoño”, consiguió un premio en la Semana de Cine de Valladolid y era, también, una historia ambientada en la II Guerra Mundial, la de una campesina llamada Anna Wimschneider que vivió la república de Weimar, el ascenso del nacionalsocialismo y la Guerra Mundial. A quien conozca esta película le sorprenderá el salto de Vilsmaier desde el reducido ámbito del cine de autor hasta una película que con 20 millones de marcos de presupuesto, miles de figurantes, enorme despliegue de armamento bélico y 12.000 uniformes, se coloca hoy como la más cara producción de la cinematografía alemana, más aún que “El submarino”  de Peterssen, película que hasta el momento, ostentaba este récord.

La gran originalidad de “Stalingrado” está en el punto de vista alemán sobre el conflicto bélico y su mayor virtud en el tratamiento brutalmente realista que adopta su director. Un realismo que bebe directamente en películas soviéticas como “Masacre.Ven y mira” de Elen Klimov o “La Ascensión” de Larissa Chepitko. Con lo cual bien puede decirse que “Stalingrado” constituye desde todos los ángulos una auténtica paradoja: Vilsmaier hace una película bélica de carácter absolutamente antibelicista, se sitúa en las antípodas triunfalistas del cine bélico norteamericano y utiliza como método, como estética, el realismo de los rusos, los vencedores de “Stalingrado”.

         “Stalingrado” es una película implacable que no ahorra al espectador ni una sola partícula del horror de la guerra, conscientes sus autores de que no hay mejor forma de manifestarse antibelicista que mostrando sin tapujos todas las notas de esta sinfonía de la muerte: miembros arrancados, operaciones quirúrgicas en vivo, troncos decapitados, cloacas, ratas recorriendo el rostro de cadáveres mutilados, sangre empapando la nieve. Es como una sala del infierno de Dante, como un cuadro de Goya, lleno de oscuridad, pero iluminado por el fuego.

         Aunque “Stalingrado” es, en conjunto, una obra sólida desde el punto de vista narrativo, no por ello conviene olvidar, al menos, tres excelentes secuencias: la batalla en la nieve contra los tanques soviéticos, la secuencia del fusilamiento de los prisioneros rusos y la escena final en el almacén de víveres. La iluminación expresionista de esta última secuencia, su sabor a tragedia, a muerte y a derrota, es un perfecto ejemplo visual de lo más oscuro del alma alemana, de la fúnebre estética del nazismo.

                                                                  Antonio Gregori  

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