28 March 2020 Televisión online que apuesta por el periodismo comprometido.

Películas que conmovieron al mundo: M, el vampiro de Düsseldorf

Quiero confesar mi enorme admiración por un movimiento artístico que surgió en la Alemania de la I Guerra Mundial y…


Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf

Quiero confesar mi enorme admiración por un movimiento artístico que surgió en la Alemania de la I Guerra Mundial y abarcó hasta los primeros años 30, en vísperas del ascenso del nacionalsocialismo alemán. Me refiero al Expresionismo, que extendió su campo de acción a la música, la pintura y el cine fundamentalmente. “El estudiante de Praga” de Paul Wegener y “El Golem” fueron las dos primeras películas de esta escuela artística que tuvo en “El gabinete del doctor Caligari” su primer gran éxito y que alcanzó las más altas cotas de calidad en el cine de Friedrich Murnau y de Fritz Lang, en películas como “Nosferatu” o “Fausto”. O como en “Metrópolis” o “Las tres luces”. “Metrópolis” pertenece al expresionismo tardío y fue dirigida por uno de estos dos grandes directores: FRITZ LANG.

M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF (1931)

En el año 1931 mientras Charles Chaplin realizaba en Estados Unidos su película LUCES DE LA CIUDAD, a muchos kilómetros de distancia, en el centro de Alemania y angustiado por el creciente avance del nacionalsocialismo, uno de los grandes directores de todos los tiempos, FRITZ LANG realizaba M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF, una película rodada con total libertad y a la que su propio autor considera como la mejor de toda su carrera.

Producida por Nero Films, con argumento de la esposa de Lang, Thea von Harbou que acabaría ingresando en las filas del partido nazi, fotografía de Fritz Arno y Karl Wash e interpretada de forma espléndida por Peter Lorre, “M, el vampiro de Düsseldorff” es la primera película sonora de Fritz Lang y hoy sigue siendo un magnífico ejemplo sobre la manera de utilizar los sonidos, la música y los diálogos con un equilibrio perfecto, sin abusar para nada de los atropellados conversaciones de las primeras películas sonoras. Para poner un ejemplo hay que recordar que la detención de Beckerdt, cuando es arrastrado por un sótano hasta el lugar ocupado por la asamblea de los delincuentes de la ciudad, es totalmente muda.

La figura central de su relato, Peter Kuerten fue un cruel asesino que violó y asesinó a nueve mujeres e intentó otros seis ataques más. Se trataba de un criminal crónico atacado de obsesión homicida por un “impulso erótico”. Los autores de la película le convirtieron en Hans Beckerdt, un pederasta asesino que seducía a los niños ofreciéndoles golosinas y amistad, para después, asesinarlos. Pero Beckerdt era un hombre con doble personalidad ya que el hombre normal, de vida oscura, estaba horrorizado por sus propios crímenes y por sí mismo e intentaba desprenderse por todos los medios del criminal que había dentro de él, como lo demuestra el hecho de que los continuos anónimos enviados a la policía y que, más tarde permitieron su detención, había sido escritos por él mismo.

Pero de lo que realmente trata M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF no es de este asesino de niños sino de toda una sociedad enferma y repulsiva. Policías y delincuentes, ciudadanos corrientes son retratados por Lang con indisimulada repugnancia. Los primeros planos de su película muestran personajes grotescos, crueles caricaturas, que inspiran a su autor tanto horror o más incluso que el propio vampiro de Dusseldorf. Como en el cine de Hitchcock, bastaba con arañar un poco la delgada superficie de la realidad para ofrecer a la vista todo el horror que la misma escondía. Algunos críticos han señalado con acierto que Fritz Lang odiaba a la gente que tenía alrededor, odiaba al nazismo y odiaba a Alemania por permitir su ascenso. Su siguiente película “El testamento del doctor Mabuse” estaba plagada de villanos que eran nazis sin lugar a dudas y fue, por ello, prohibida por la censura. Esta sería su última película alemana ya que su director, pesar de recibir la oferta de Goebbles para que controlara la cinematografía nacional, prefirió exiliarse a los Estados Unidos.

M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF es, por tanto, el lúcido, y cruel retrato de una sociedad enferma, la de la Alemania de entreguerras a la que han vuelto otros directores como el norteamericano Bob Fosse en “Cabaret”. La diferencia entre la película de Lang y las de otros directores que se asomaron a esta decadente etapa histórica es que el cine de Fritz Lang renuncia de antemano a la exhibición de cualquier glamour para ofrecer, en lugar de champán, sexo y perversión, salsas grasientas, cerveza derramada, queso podrido y, sobre todo, mucho humo, el humo de los puros y cigarrillos que continuamente aparece, como una espesa bruma en las secuencias de interiores.

M, el vampiro de Düsseldorf no tiene música, pero el distraído silbido de Peer Gynt de Grieg cumple a la perfección el papel de la música: llena los silencios, sustituye imágenes, enlaza acciones y, sobre todo, está impregnado de un horror y un dramatismo colosal. Por cierto, Peter Lorre no sabía silbar y fue el propio Fritz Lang quien tuvo que hacerlo.

La película tiene un magnífico tono documental. La ciudad está revuelta y atemorizada porque el asesino no consigue ser detenido y esto hace que policías y delincuentes haga causa común para salvaguardar sus intereses dando pie a que Lang despliegue su talento de documentalista: las calles de la ciudad, las distintas reuniones en lúgubres habitaciones, los planos de la fábrica abandonada y, sobre todo, la gran redada policial, la sensación de angustia y persecución que se encuentra en todas las películas de este director.

También hay simbolismos en la película como la imagen del asesino reflejada en un escaparate dentro de un rombo de cuchillos o su rostro casi invisible a través del follaje de la terraza de un café, como un animal en la selva.