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Entrevista a Daan Heerma van Voss

Entrevista por correo. Holanda Moriarty. Abril de 2017 LA ULTIMA GUERRA                   …


Entrevista por correo. Holanda

Moriarty. Abril de 2017

LA ULTIMA GUERRA 

                                                    (Editorial MALPASO)

DAAN HEERMA van VOSS

Nacido en Amsterdam, en 1986. Escritor y Periodista. Autor de cinco novelas y merecedor de varios premios y reconocimientos en su país natal, se ha convertido en uno de los autores más consolidados de su generación. Colabora en medios como “De Volskrant”, “De Morgen”, “The New York Times” y “Vogue USA”.

M.- El recuerdo de la II Guerra Mundial influye y condiciona el presente de sus personajes en su novela ambientada en 2013. ¿Es cierto que no hay nada entre el ayer y el mañana?

D.H.- Esto no solo pasa en mi novela, lo veo por todas partes a mi alrededor. Es algo extraño. Mientras que nuestra distancia temporal con la guerra crece cada año, nuestra distancia personal no lo hace. En cierto sentido, estamos cada vez más emocionalmente apegados a ella, porque la guerra ha moldeado la forma en la que percibimos el Bien y el Mal. La guerra, y especialmente el Holocausto, nos ha dado unas lecciones primarias sobre lo Bueno y lo Demoníaco. Es el modelo de referencia, por así decirlo. Y mientras que estas lecciones aún están arraigadas en nuestro pensamiento, los matices de la guerra se nos escapan. Como europeos, hemos olvidado las partes de la guerra que nos dividieron (y nos unieron), solo recordamos las partes más destacadas, los “extractos”, los “héroes y los villanos”, las caricaturas. Y las hemos usado una y otra vez. Llaman “fascistas” a los populistas, Erdogan llama “nazis” a los europeos, los europeos vemos a Trump y pensamos en Hitler. Ahora que los inmigrantes vienen de todas partes del mundo, Merkel dice que le alegra que la gente esté volando a Alemania en vez de desde Alemania. Estamos observando una creciente subida de antisemitismo y de convertir a la gente en chivos expiatorios. Así que hemos usado nuestros recuerdos distorsionados de la guerra para dar sentido a los tiempos convulsos del presente, que guarda ciertas similitudes con la década de los años 30 del pasado siglo. ¡Es rarísimo! Es una situación terrible y a veces, destructiva. Mi libro aborda esta cuestión: ¿qué deberíamos recordar de la guerra y hasta qué punto deberíamos dejar que influya en nuestro pensamiento?

M.- Dicho en otras palabras, ¿“La última guerra” es una reflexión sobre el pasado y nuestros prejuicios y de qué manera éstos condicionan nuestro presente?

D.H.- Mi libro está basado en la realidad actual. No es una novela bélica, ya hemos tenido suficiente de eso. Es sobre quiénes somos hoy, quiénes queremos ser y por qué.

M.- Abel Kaplan, el protagonista, alberga sentimientos de culpa, como muchas otras personas que ni siquiera vivieron la guerra. ¿Somos todos culpables, en cierto modo, de las cosas que pasaron en ese periodo?

D.H.- Es una pregunta muy dífícil. Vivimos en paz gracias a los sacrificios que hicieron otros. Se podría decir que es una buena razón para sentirse culpable. En cierto sentido, la Segunda Guerra mundial es el Pecado Original de Europa. Pero claro, nosotros nunca pedimos esos sacrificios, nunca pedimos por ningún pecado. Abel quiere mantener viva la memoria de la Guerra, y quiere hacer lo que es justo por aquellos que se sacrificaron durante aquellos tiempos. Su novia piensa que todo esto son sandeces: ella cree que la mejor manera de conmemorar a los caídos es intentando ser feliz, lo cual ya es bastante difícil. Otros personajes en el libro van más allá y creen que no tenemos ninguna obligación moral para con el pasado. Para mí, la literatura no va sobre dar respuestas definitivas. Es un lugar donde distintas respuestas se encuentran y libran batalla.

M.- ¿Existe otro sentimiento de culpabilidad paralelo con respecto al estado de Israel?

D.H.- Similar, pero no idéntico. ¡Las preguntas que lanzo en mi libro ya son lo suficientemente intensas como para traer a Israel a la ecuación!

M.- Su protagonista es escritor y vive en la situación de terror ante la página en blanco. Pero su segunda mujer le hace descubrir un Diario de Guerra escrito por un holandés –su propio padre- y Abel ve la oportunidad de escribir un nuevo libro reescribiendo, en cierto modo, el texto del autor. Lo cierto es que existe un hilo invisible entre el autor del diario y el propio Abel Kaplan que llega, incluso, a compartir el nombre: Abel. Un nombre que significa “Hebel” (“Efímero”). ¿Por qué “efímero”?

D.H.- Bueno, es lo que Hebel (aliento o vapour) significa en hebreo. Quería llamarlo Abel desde el principio, pero el significado literal de su nombre fue una grata sorpresa, porque le pega mucho. Abel lucha por algo eterno: ser una buena persona. Pero sus intentos fracasan. Él quiere que la gente siga recordando nuestro pasado defectuoso, pero la memoria no es eterna. Es un hombre trágico, Abel, pero también divertido.

M.- Hay similitudes entre el Diario de Guerra y la excelente trilogía de Primo Levy (“Si esto es un hombre”), considerada uno de los textos más importantes sobre los campos de concentración.

D.H.- Sí, las hay. Están escribiendo acerca de la misma experiencia, el mismo Campo de concentración, Auschwitz, concretamente.

M.- Toda su novela está basada en una cierta dualidad: Dos mujeres (Judith y Eva), dos hombres llamados Abel, dos niños llamados Abraham…¿Esta dualidad busca afirmar el paralelismo que se da entre la época de los campos de concentración nazis y la situación actual en la que los gitanos y los rumanos en general son tratados de forma parecida a los judíos en la Alemania de Hitler?

D.H.- Buena observación. Mi novela versa sobre la repetición del pasado, la cual a veces es ficticia y otras veces muy real. Abel quiere ser mejor hombre de lo que fue durante su primer matrimonio. Quiere salvar a un chaval (Abraham) después de haberle fallado a otro con el mismo nombre. Quiere acabar en “el lado bueno de la historia”, reconociendo las similitudes entre el mundo de hoy y el de 1930. Y, en mi opinión, esas similitudes son reales. La manera en la que tratamos al pueblo rumano, el resurgimiento del antisemitismo, las grandes crisis económicas, el llamamiento en favor de líderes fuertes, la desconfianza hacia una Europa unida. Pero la pregunta no es: “¿son estas similitudes reales? “, sino “¿Qué hacemos con ellas?”

M.- Para el profesor todos los escrúpulos relativos a la II Guerra desaparecerán en poco tiempo, primero porque todos los supervivientes habrán muerto y segundo porque la memoria colectiva ya está llena de guerras y conflictos, de bodas de famosos y de películas de gatos. ¿Desaparecerá ese sentimiento como consecuencia, también, de la globalización? La Holanda actual está formada en gran parte por inmigrantes.

D.H.- Creo que el profesor está en lo correcto. Nada es para siempre, y nuestra memoria no es una excepción. La globalización solo acelera el proceso.

M.- Hay cierta suspicacia todavía en relación con los documentos y testimonios de personas que sufrieron el terror nazi. Empezando por la propia Ana Frank, cuya letra fue estudiada con minuciosidad para detectar cualquier posible falsificación. Usted presenta el caso de Benjamin Wilkomirski, seudónimo de Bruno Grosjeau, que llegó a escribir un libro autobiográfico sobre sus memorias en dos campos de concentración y que luego se descubrió que era falso, que todo fue inventado. Pero, al parecer, sus recuerdos eran huellas físicas de un trauma que su mente había tratado de reprimir, que sus pesadillas tenían sus raíces en el holocausto. ¿Fue un impostor o era un perdedor depresivo, que fue víctima de su propia imaginación?

D.H.- Nadie lo sabe, y eso es lo que hace de él un personaje tan interesante. He aquí un hombre que usó lo que sabía sobre la Guerra para explicar su propio trauma, su propia desesperación.  Es la malversación definitiva de la Historia. Pero, por otro lado, su deseo por entenderse a sí mismo a toda costa es muy comprensible, romántico incluso.

M.- El encuentro sexual entre Abel y María, la nieta mayor del nazi Reinhardt Heydrich, ¿es una especie de ajuste de cuentas?

D.H.- Es una escena trágica sobre la que me pareció difícil escribir. Para Abel, es una suerte de ajuste de cuentas. Para Maria, es una cita, una oportunidad para el romanticismo, para algo real. Ella no tiene nada que ver con los pecados de su abuelo. Es una escena muy intensa, donde todos los temas y dilemas mencionados anteriormente se unen de manera tangible y a la vez absurda.

M.- Pero su novela no solo se ocupa del tema de la guerra y sus secuelas. También es una historia de amor y de amistad. ¿Es la historia de una pérdida y la dificultad por llenar ese vacío sentimental?

D.H.- Abel es un hombre fiel al pasado. Creo que deberíamos aplaudirlo por ello. Es difícil confiar en un hombre que carece de vínculos con su pasado. Pero Abel es muy extremo. Él siente que, queriendo a alguien nuevo, está en cierta manera traicionando la vieja llama. Puedes decir que amas a alguien para siempre, claro. ¿Pero por qué no lo puedes decir dos veces? ¿Pierden sentido las palabras si lo haces? ¿Puedes repetir esas palabras eternamente? Él quiere decirlas dos veces, pero de alguna manera, no puede. La nostalgia puede ser muy tóxica cuando hablamos de amor.

M.- ¿Hace suya la frase “mi sueño, para Holanda es que todo el mundo tenga su oportunidad aunque sea diferente”?

D.H.- ¡Espero que no! Creo que es el deseo de un niño publicado en un libro que fue un regalo de nuestro rey para todos los holandeses hace unos años. No hablemos del rey. Él y yo nos llevamos bien. El sueño del niño es muy inocente, pero ¿no se supone que los sueños tienen que ser inocentes?

M.- ¿Qué opina, en este sentido, sobre el terrible problema de los migrantes. ¿Cuál debería ser la postura de los países del primer mundo y en especial de la UE sobre este tema?

D.H.- Gracias a Dios no soy político. Generalmente me interesan más los porqués que los qués. Creo que deberíamos examinar las razones por las cuales actuamos como lo hacemos. El presente debería estar enriquecido por el pasado, no corrompido por él. No deberíamos dar la bienvenida a los inmigrantes solo por nuestros pecados del pasado. Ni tampoco deberíamos rehuirlos por esos miedos de nuestro pasado que tan bien conocemos. La mejor manera de hacer honor a nuestro pasado, es no dejarnos secuestrar por él.

Muchas gracias.

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