Josep Fontana en NacióDigital | Adrià Costa

Desde la caída del Muro de Berlín y la posterior sentencia de Fukuyama enunciado el “fin de la Historia y el último hombre”, la esfera intelectual, aunque dicho cambio empezó a gestarse con anterioridad, ha sido contaminado por la nueva (pero, realmente de antecedentes prehistóricos) lógica del neoliberalismo, sin aportar una riqueza analítica a lo sucedido durante la Historia. Por eso existen libros, todavía, que aparecen huyendo de estas simplificaciones y se convierten en fundacionales para la constitución de un pensamiento crítico y propio. Es el caso de El siglo de la revolución de Josep Fontana, uno de los historiadores más distinguidos en nuestro país.

El libro es un ensayo histórico que, aproximándose al marxismo como lo que es (una herramienta de análisis), lejos de obscenas condecoraciones que difuminan algunos textos que se dicen propios de dicho método analítico, proporciona una lectura de lo que fue y es el movimiento obrero en todo el mundo desde principios del siglo XX hasta nuestros días. Más allá del excelente y minucioso trabajo de recogida de información y complementación al texto, Fontana es uno de esos intelectuales “rara avis” que no mitifica a personajes ni sus praxis correspondientes, sino que pretende hacer una lectura rigurosa y honesta con la Historia, intentando dibujar un esbozo del mundo abarcando todas las claves históricas para su entendimiento: de tipo social, cultural, político, ideológico. Por eso extraña que, el autor, no trate ni haga mención de algo tan sustancial en el momento actual como es el movimiento feminista. Es indudable el papel de la mujer, siempre olvidado, en el curso histórico de las sociedades; omitirlo, no sólo es injusto, sino que dibuja un cuadro inacabado. Seguramente, su trascendencia complejiza la redefinición del feminismo en cada una de las sociedades y su proyección en el sistema institucional, sus tipos de lucha y objetivos, pero es absolutamente fundamental su tratamiento no sólo desde el punto de vista histórico, sino en todos los debates intelectuales. Más aún cuando el feminismo comenzó a predominar y asumir espacio en los debates políticos, y a configurarse como una teoría de vanguardia, a lo largo del siglo XX; y en la actualidad es el movimiento que más lazos de solidaridad teje por el mundo. Los historiadores, lejos de los relatos autobiográficos donde se menosprecian, con razón, los ajustes de cuentas personales, deben ser ajustadores de cuentas profesionales con la Historia.

El siglo XX está marcado, inherentemente, también para sus adversarios políticos, por el mayor experimento social del movimiento obrero: la revolución rusa o soviética, según el matiz histórico conveniente, y su instauración como forma de gobierno en el estado ruso. Aunque existan experiencias previas donde la lucha de clases consiguiera puntos álgidos, es este, sin duda, el hito más ambicioso y jamás visto que inspiró a todo el mundo con sus avances y objetivos. Sobre esta piedra angular, con la ilusión de un mundo justo y libre entre iguales, pivotan gran parte de los cambios acontecidos en todo el planeta, tanto Europa, como Latinoamérica, África, Asia y Norteamérica. Fue una experiencia histórica que se propagó en donde existiera un conflicto de clases, es decir, en todos los rincones del mundo a todas horaa (la explotación trabaja a jornada completa todos los días, horas y minutos del año).

Este ensayo huye de mitos y demonizaciones sin ninguna base argumental que circundan en el habitual relato. No cae en la burda simplificación de que todo era perfecto y el socialismo casi inminente antes de que llegase Iósif Stalin y acabase con todo buscando, única y exclusivamente, su liderazgo y embellecer su figura personal. Analiza los errores políticos, pero, también, resalta la posición benevolente de la URSS en, por ejemplo, la Guerra Fría, más aún cuando esta comenzaba a padecer profundas crisis ligadas a las malas cosechas y la necesidad de proveer materiales y alimentos a sus países dependientes. Es habitual el ejercicio del falseamiento de la Historia por parte de la propaganda y los aparatos ideológicos del capitalismo, eso es innegable; pero, redimir hechos no significa caer en la idealización de un proyecto político que tuvo tragedias y errores flagrantes que golpearon a su sociedad. Al contrario, la reivindicación de un sistema que supere las contradicciones del capitalismo ha de hacerse de manera ecuánime, haciendo una lectura crítica de los hechos para añadirlo al discurso y la práctica histórica.

Existe una interpretación clave para entender cómo nació el fascismo y el nazismo en Europa. Dichas teorías políticas, sin buscar legitimarlas como tal, no son más que una herramienta del sistema capitalista para perpetuar sus intereses. Ni uno ni otro llevaron a cabo medidas en favor de sus clases obreras, al contrario, fueron siervos de la burguesía con políticas anti-socialistas, algo que también sucedió en España, al igual que Alemania e Italia, que determinó el entramado empresarial que llega hasta nuestros días. Y su aparición se encuadra dentro de un momento de agitación social donde la clase obrera encontraba su representación en los sindicatos y partidos de clase (otra absurda idea es la de la victoria del nazismo por medio de las vías democráticas: es Hitler quien pierde las elecciones frente a comunistas y socialistas y, una vez las SA comienzan a ejercer la persecución y la violencia dejan un parlamento decorativo por el miedo de los parlamentarios de izquierdas; en última instancia, consigue el voto de los conservadores católicos del Zentrum, a costa de continuar con los privilegios de la Iglesia, para gobernar durante cuatro años sin interferencias).

A partir de la Segunda Guerra Mundial, con el predominio global como última fase del capitalismo, es decir, el imperialismo, por parte de EEUU, la amenaza enfermiza del “terror rojo” se propagó por cualquier lugar donde existiese algún atisbo de progresismo (incluso la Segunda República española, donde se había asumido en funcionamiento de la democracia liberal y el frentepopulismo como estrategia de transformación en la vía electoral, que únicamente buscaba el reformismo y modernización del país, muy lejos de proyectos socialistas). Esta conspiración ha servido para justificar crímenes alentados y financiados, cuando no directamente ejecutados, por parte del gobierno estadounidense y sus entidades adscritas y dependientes (desde la CIA al FMI). La lógica imperialista siempre ha sido la focalización de un enemigo propio, que trascendían al resto del mundo, y externo que justificase los crímenes del “mundo libre”. Ningún presidente de EEUU ha acabado con ello, ni siquiera los demócratas, quienes, incluso, fueron más vehementes en su política exterior; tampoco, por supuesto, el beatificado amante de los drones Barack Obama.

Una vez transcurridos los felices años del Estado de Bienestar comprendidos entre 1945 y 1975, la posterior caída del Muro de Berlín y desintegración de la URSS, este enemigo no podía permanecer en la vacuidad. A partir de ese momento, con la desaparición de una alternativa a otro mundo, y el aturdimiento (o, más bien, revisionismo) de los partidos socialdemócratas europeos, aunque algunos como el alemán eran expertos en ello, incluso antes de la Segunda Guerra Mundial, no tardó en sucederse la contrarrevolución conservadora dirigida por Thatcher, Reagan y las empresas transnacionales (junto a instituciones como el FMI y, posteriormente, el BCE), pero iniciada con el desastroso gobierno de Carter. Este último elemento no predomina en la literatura política, pero son los demócratas quienes sucumben de sus objetivos primigenios y realizan un viraje a la derecha trascendental para la sucesión de los hechos. Y llegó el neoliberalismo, el capitalismo salvaje, la individualización, la posmodernidad, la desarticulación del movimiento obrero y sus sindicatos y partidos, la creación y financiación de grupos yihadistas y su mayor éxito: la instauración de la idea de que no existe ninguna alternativa.

Esta obra no sólo analiza el gran cambio surgido desde finales del siglo XX hasta la actualidad: la denominada “Gran Divergencia” por Paul Krugman; sino que explica cómo hemos llegado hasta tal situación y las posibles alternativas para su término. También, dada su urgencia, desgrana la historia de Oriente Medio y la violencia ejercida por parte de los gobiernos occidentales (no sólo militar, sino empresarial) sobre sus territorios con estrategias de desestabilización, esclareciendo así tanto el surgimiento como financiación del movimiento yihadista en todo el mundo.

Ante un libro que repasa la Historia con tanto detalle, una exigua reseña (aunque exceda la dimensión habitual del mismo género) constituye, evidentemente, una simplificación manifiesta y notable que ha de tenerse en cuenta, al menos a través de dicha mención. Todavía queda mucho por aprender de uno de los mejores ensayos históricos del siglo XX hasta ahora escritos en nuestro país. Por ese motivo es preciso leer El siglo de la revolución con atención, ya que resulta estimulante analizar cómo hemos llegado hasta aquí desde otros prismas y perspectivas, buscando así las bifurcaciones necesarias que hemos de tomar para revertir las lógicas que nos niegan un mundo libre, justo e igualitario.