El verano se sumerge en nuestras vidas como un tiempo donde, las horas muertas, se apilan frente a nuestros ojos creando montículos de arena sostenidos en nuestro aburrimiento. Todo ello, sumido en un aire invadido por el calor infernal, componen la perfecta premisa para leer los libros que esperaban, en el tintero de nuestras estanterías, a sumergirnos en lugares desconocidos. Se abre ante nosotros un periodo de reflexión inevitable, donde nuestros deseos, la mayor parte de las veces, se rinden ante nuestros actos.

Hay novelas en las cuales, al igual que con el propio verano, se derrumban nuestras ilusiones. Llevábamos tiempo queriendo leerlas y, tras el momento de fascinación primero, nos decepcionan y nos invade una irreprimible furia por querer borrarlas de nuestro recuerdo. Sin embargo, hay otras novelas que, sin tener la más mínima constancia de su existencia, ni mucho menos nuestra atención, descubrimos y desmontan nuestras vidas por completo, haciéndonos descubrir lugares inhóspitos en nuestra imaginación. Algo parecido debió pasarme para que, en apenas dos días, devorase como un tigre “Tombuctú” de Paul Auster. Una novela que flotaba en mi recuerdo, o se escondía entre los estantes de una recóndita y vieja librería, pero en la cual no había llegado a reparar nunca. Tal es el grado de embriaguez lectora, que he sido incapaz de no escribir una reseña al respecto.

Tombuctú” es una novela con un reconocimiento menor dentro de la obra de Paul Auster, pero demuestra, de nuevo, su estilo literario a la perfección. Imaginativo sin llegar a caer en la fantasía o el absurdismo, el escritor se dota de Míster Bones como compañero literario, el protagonista de la novela, para explicar su relación con el mundo y su incomprensión en lo que se refiere a la percepción humana de la realidad circundante. Hasta aquí todo puede parecer usual, pero la historia, desde la primera página, nos sorprende con que Míster Bones es, como le define su amo Willy, un “chucho”. Un ser que tiene una asombrosa empatía y fidelidad, nada lejos de cualquier perro, pero, a lo sumo, goza de una absorta y enorme posibilidad de comprensión y reflexión ante las incongruencias vitales más elementales. Cuando uno lee la primera página y ratifica lo que ha leído, todavía sin decaer su sorpresa, sabe que será una historia especial y gozosa para su imaginación.  “Tombuctú” es ese lugar inevitable que el protagonista al principio detesta, pero que, más tarde, es fruto de su deseo.

Bajo ese pretexto, ineludiblemente tentador, Auster nos refleja los prismas y las esquinas de una realidad desbordante desde una visión ajena, incluso, para el ser humano. Paul Auster ya se ha condecorado como una figura literaria mundial del siglo XX y XXI. Con un lenguaje sobrio y claro, pero intentando alejarse de la previsibilidad, las escenas, con una extraña vaguedad, nos rememoran las imágenes tan clásicas de los suburbios estadounidenses. Esa sencillez sin arrugas en la voz narrativa, por momentos, nos recuerda al estilo underground bukowskiano. Pero Auster, y lo que deviene es una percepción e intuición personal: escribe con una liturgia mayor, sin ser tan duro en el lenguaje, ni en acudir a los clichés de la jerga callejera, lo suficiente para no caer en las redes de la novela sucia, tan misógina en su nacimiento, de Bukowski y sus sucesores. Las comparaciones, y más inclusive en el campo literario, resultan odiosas. Pero fascina ver cómo, en situaciones concretas, estilos como el de Auster y, el tan popular, Murakami se cruzan entre sí. Si se me perdona la pretensión, diría que los lectores de Murakami deberían ser lectores de Auster, y viceversa.

Siempre reflexivo y audaz en sus monólogos, Tombuctú es una obra mística, sin caer en espiritualismo, filosófica, sin etilismo y moralismos, y realista, a pesar de utilizar algo que parece tan ajeno- pero realmente no lo es- como la visión de un perro para entender el mundo. Paul Auster nos hace sentir partícipes de una obra literaria y, al mismo tiempo, popular. Todo clásico reúne estas cualidades y Auster se convertirá -sino es ya- en uno de ellos. Sus novelas no envejecen y ponen de manifiesto las grandes preguntas sobre la naturaleza humana. Bajo sus líneas encontraremos amor, todo tipo de amores, soledad, rendición, supervivencia, instinto, pura realidad, fantasía, alegría y, como todo en la vida, muerte. En definitiva, un conglomerado de elementos que articulan una novela ecléctica, un mundo desbordante, que nos lleva hasta paradigmas desconocidos hasta el momento.