La policía puso en riesgo la salud de los allí presentes y los vecinos en lugar de protegerlos.

La muerte de Mame Mbaye Ndiaye en la calle del Oso causó una oleada de rabia y dolor entre el colectivo de manteros y vecinos del barrio de Lavapiés que tuvo como consecuencia el peligroso tiroteo de pelotas de goma por las pequeñas callejuelas con pivotes de este distrito.

Mame era un mantero procedente de Senegal que llevaba unos 14 años en España sin papeles. Vendía perfumes en el top manta en Sol y salió corriendo hacia Lavapiés, donde vivía, perseguido por la policía. Los medios relatan que fuentes policiales aseguran que se encontraron al senegalés en el suelo y no tuvieron que ver con el paro cardiaco que sufrió, pero esto es porque, como aseguran sus compañeros manteros, la guardia les deja tranquilos en cuanto llegan al barrio porque saben que viven allí. Según un vecino del barrio, Mame iba caminando con sus compañeros se desmayó. Los que iban con el al principio rieron porque creían que sólo había tropezado, pero pronto se dieron cuenta de que algo fallaba. Acudieron a socorrerle y la policía se acercó en cuanto los vio. Según un mantero, los agentes apartaron a los amigos de Mame, impidiendo que le auxiliaran y llamaron al Samur, que tardó una media hora en llegar. Pero ya era demasiado tarde.

Ofrendas al fallecido Mme Mbaye Ndiaye

Esto ocurría a las cuatro de la tarde. A las cinco comenzaba a llegar gente a la calle del Oso, cuyo paso estaba impedido por una barrera de Policía Nacional en ambos lados de la calle. Vecinos y compañeros manteros protestaban contra la represión policial y lloraban. Una vecina les gritaba: “Quiero vivir tranquila con mis vecinos“. Los manteros denunciaban el robo que se había producido en sus países y el maltrato que siguen sufriendo a día de hoy. “¡Sólo queremos vivir!“. Denunciaban el exceso de represión por un par de bolsos y que la policía estaba para perseguirles a ellos y no para las cosas importantes que afectan a todos los ciudadanos.

Un hombre negro sufrió otro desmayo a las siete y media de la tarde en la calle Mesón de paredes, a dos escasos metros de la calle Oso. La gente se acercó a la policía rogando que llevaran un médico, ya que el Samur estaba en la calle cortada, pero estos se negaron y obligaron a levantar al hombre y arrastrarlo hasta allí. La mujer de este hombre, una mujer blanca, preguntaba llorando dónde estaban las cosas de su marido y rogó llorando y con ansiedad que la dejaran pasar y varias personas tuvieron que discutir con los agentes para que le abrieran paso.

Polícias en fila y manifestantes delante

A las ocho y media, ya de noche, los policías se pusieron en filas en las calles de Embajadores y Mesón de Paredes, rodeando a los allí presentes, pero dejándoles salir. Iban a sacar el cadáver. Algunos de sus compañeros se echaban a las esquinas a llorar, otras se negaron a que la policía los apartara. Un hombre inmóvil delante de tres guardias que le ordenaban que se apartara de la carretera y le empujaban hacia un pivote que podía haberle hecho caer y ocasionar una tercera desgracia. Los compañeros de este hombre le pedían que se apartara y él mascullaba que le dejaran en paz. Al final tuvieron que cogerle en brazos y asistirle.

 

 

 

La furgoneta del Samur logró salir pese a las negativas de la gente. Una mujer, amiga del fallecido, susurraba entre sollozos: “no le hagáis daño” y se abrazaba a cualquier desconocido. Otros se desplomaban en el suelo llorando.

Lo que no fue tan fácil fue sacar los vehículos policiales. Los agentes pedían que la masa se disgregara. “Queremos irnos a casa”, decían. Pero no estaban dispuestos a ponérselo tan fácil. Alguno se dispuso a dar golpes a sus coches. Otros empezaron a quemar un contenedor.

Llegada de los bomberos.

Pronto llegaron los bomberos. Aquello que se podía haber quedado en un pequeño incendio pronto llegó a más, ya que detrás de estos llegaban las Unidades de Intervención Policial, hombres armados que dispararon pelotas de goma.

Algunos comenzamos a correr, pero para los que ya tenían rabia esta fue la chispa que avivó su furia. Lavapiés se convirtió en un campo de guerra. Yo corrí calle abajo por Embajadores con la policía a mis espaldas, mientras otros compañeros armaban barricadas con los cubos de la basura, dispuestos a enfrentarse a la policía. Mis compañeros y yo íbamos advirtiendo a la gente de que se diera la vuelta y que echara a correr. Gente con niños, con perros, vecinos, turistas. Algunos no nos creían y tuvieron que esperar a oír los disparos para volverse. Un furgón azul se acercó por las espaldas de los rebeldes que habían armado la barricada. No llegué a ver si llegaron a escapar, porque salí corriendo.

Al llegar al final de la calle Embajadores, donde la rotonda, hablé con un Policía Nacional y le rogué que por favor, si iban a armar este tiroteo al menos advirtieran a la gente de que no se podia subir la calle. “No se puede subir la calle, señorita”, me contestó. Le expliqué que ya lo sabía y que venía calle abajo advirtiendo a la gente y que ese no era mi trabajo. “Gracias por el consejo”, me respondió condescendientemente. Mientras yo me encaminaba al metro veía furgones, y más furgones llegando. “¿Cuánta policía es necesaria para tan pocos manifestantes?“, me pregunté.