“Sólo tenía dos cosas: su maleta y la vida. Tejidas entre sí sobre el corsé de su áspera piel. Imposibles de entender, o existir, la una sin la otra. En sus ojos se rompían edificios, todo lo que estuviera a su paso, con fuerza, con la rabia de un huracán que convierte todo en mar, en lágrimas. Apenas unos pequeños dedos asomaban entre unos zapatos roídos, casi sin sostenerse en pie, por las magulladuras que deja el tiempo sobre nuestro cuerpo. Se despidió, con rostro furtivo, sin motivo, pero sin vuelta atrás. Sabiendo que nunca volverá y desconociendo si llegaría a su destino. Sólo los caminos dictarían sentencia. Únicamente la distancia podía ser su penitencia. “Del lugar que dejo atrás y del que deseo avistar con mis ojos, sólo les separa la distancia, el tiempo, la muerte. Como quiera decirse o como quiera esconderse la verdad y la mentira bajo el manto de la palabra. Qué paradoja más fúnebre: la distancia entre los dos mundos es lo que nos aboca a matarnos por nosotros mismos”, pensó.

Ahorró cuanto pudo para emprender aquel largo viaje. Entre gritos y reproches, entre promesas inacabadas por aquellos que la animaron a hacerlo. Los infinitos caminos eran intransitables, senderos mezclados por barro y tierra confundidos por el agua. Sólo le quedaba andar. Sus piernas gritaban una tregua, el consuelo del descanso. No sólo ellas, sino también el miedo que se introducía en su pecho y recorría todo su cuerpo. Las noches, siempre inoportunas, quebraban sus huesos y la hacían tiritar. El miedo y el frío, como el barro y la tierra o la maleta y la vida, se tejían el uno al otro.

Noches por senderos intratables. Paisajes de páramos y estepa a sus lados. Alternaba sus viajes en coche, legados de la tranquilidad, con sus largas rutas por territorios inhóspitos. Nunca eran los mismos los que la recibían, por decir de algún modo, en los coches. Pero no había cabida para la duda, la más mínima pregunta podría ser un agravio imperdonable.

Al fin superó la última barrera. Pensó haber llegado a su destino Le obligaron a dejar su maleta en tierra. Echó a llorar. Cómo le podían quitar a sí misma. Mientras avanzaban, veía como quedaba la maleta en tierra, impertérrita. Un pedazo de sí se alejaba de ella. Cómo era posible. Había emprendido su camino a morir. La oscuridad sólo permitía unos pequeños destellos de luz. Eran linternas que alumbraban su nuevo, entre tantos interminables, viaje. La luz de la Luna se reflejaba en el horizonte del mar, dibujando en él sus difusas sombras. A pesar de su paz, los gritos de paz embalsaban el aire. Sólo unas pequeñas indicaciones bastaron para que otro más, cientos de allí subidos, dirigiese la embarcación.

La noche acababa de caer, se aproximaba una infinita madrugada sin sueños. Y así, en ejercicio de la más pura locura humana, empezaron su naufragio. Pero qué es la libertad o la moral en unas manos vacías. Detrás de esa locura se disolvía la ilusión, el hambre por vivir, la rabia por no querer morir… todas y cada una de ellas formaban un eterno mar de lágrimas sin autor o, al menos, desconocido. Con paso fúnebre comenzaron su desfile por el Mediterráneo, como quien va directo a cavar su propia tumba. Su muerte quería no ser anunciada. Las crónicas hablarían días después. Lo cierto es que ya habían muerto más de una vez en el lugar de su despedida, aquel por el que comenzaron esa tan hipócritamente llamada “locura”.

De repente el motor cayó rendido a los encantos del silencio, al momento, irrumpieron sus gritos de desesperación. Hasta entonces el camino estaba repleto de silencio, de miedo. Sólo se escuchaba el ruido del mar. No sabía dónde estaban. Quizá sí. Lejos de cualquier lugar. En un páramo, un lugar de nadie, entre la vida y la muerte. Ahí se encontraban, en medio de la nada, en el secreto, bajo sus siniestras paredes. Algunos se tiraron al agua para seguir el camino a nado. Poco durarían vivos. El frío y el cansancio no tardaría en llevarse sus cuerpos, el oleaje los arrastraría. A los demás sólo les quedó el consuelo de morir juntos, esperando su momento.

Murieron matados en un mar convertido en cementerio. Donde sólo hay gritos en el silencio. Cavaron sus fosas en interminables lágrimas de tierra. No hubo lápidas. Nadie supo sus nombres. Murieron en el anonimato, fueron matados solos.”

Cada año miles de personas mueren, o son abocadas a la muerte, en el Mediterráneo.

Dedicado a los Sin Nombre que mueren cada año, mes, día, hora, minuto, segundo, instante. Sólo cabe el dolor en nuestros ojos.