Entrevista por correo. Noviembre de 2017.

 

SERGIO DEL MOLINO

Nacido en Madrid en 1979

Escritor y Periodista. Es autor de las novelas “No habrá más enemigo” (2012), “La hora violeta” (2013), Premio Tigre Juan y Premio Ojo Crítico, entre otros y “Lo que a nadie le importa” (2014). También es autor del ensayo “La España vacía” (2016), Premio de los Libreros de Madrid al Mejor Ensayo, Premio Cálamo al Libro del Año y considerado uno de os diez mejores libros del año por Babelia. “La mirada de los peces” (2017), publicada por Literatura Random House es su última novela.                                                      

Moriarty.-  “La gente esforzada no se hace escritora”, dices en las primeras páginas de tu libro. Ignoro lo que hay de ironía, pero esta podría ser mi primera pregunta: “¿Qué requiere más esfuerzo, Stajanov  acarreando 102 toneladas de carbón o Marcel Proust encerrándose en el 102 del Boulevard Haussmann escribiendo “En busca del tiempo perdido”?

Sergio Del Molino.- La ironía es que este es un oficio de vagos que descubrimos que cuesta mucho esfuerzo levantar una novela. No ya una obra, una simple novela. Es un esfuerzo demoledor e inane que casi nunca se ve recompensado con nada. Dicho lo cual, estamos hablando de esfuerzos distintos, no somos proletarios, por mucho que haya a quien le seduzca verse así, obrero de las letras. Trabajamos contra nosotros mismos y no tenemos el consuelo de vernos en una vida penosa por los azares del mundo o por la brutalidad del sistema: nosotros solos, idiotas perdidos, la hemos elegido.

M.- Proust cubrió con corcho las paredes de su habitación para concentrarse más en su trabajo. Otros escritores, sin embargo, escriben en cualquier parte y de cualquier modo, incluso rodeados de mucha gente y mucho ruido. ¿Necesitas alguna puesta en escena especial para escribir?

SDM.- No tengo excesivas liturgias ni me aíslo mucho. Si tengo un ordenador, un cuaderno y un par de libros con los que estoy trabajando a mano, puedo escribir en cualquier parte, por ruidosa e incómoda que sea.

M.- ¿Todo depende del esfuerzo? ¿Tiene menos mérito la facilidad para la escritura?

SDM.- Todo depende del talento, del que hay que ser consciente (y eso implica conocer y forzar sus límites, no revolcarte vanidosamente en sus anchuras). El talento es un misterio irreductible hasta ahora a la teoría y la crítica literarias, el axioma del que depende toda creación. Una vez se sabe que se tiene, la cuestión es trabajarlo mucho. No he conocido a nadie que haya escrito algo que merezca la pena que sea displicente o confíe en las musas. Yo tengo muchísima facilidad para escribir, soy un grafómano, avanzo páginas con mucha velocidad, pero eso no me exime de trabajar muchísimo.

M.- Solo algunos privilegiados consiguen trabajar y disfrutar al mismo tiempo. ¿Ese es tu caso?

SDM.- Supongo que sí. No distingo trabajo de vida privada.

M.- En España se publican 60.000 libros al año y leer 100 ya es una proeza. ¿Qué pasa con los 59.900 restantes? ¿Cómo hacemos para descubrir lo que nos interesa sin hacer caso de la publicidad o de los premios?

SDM.- Cualquier lector ducho sabe informarse, y no sé por qué no hay que hacer caso a la publicidad o a los premios. En la era de Google, aducir ignorancia o desinformación sobre cualquier asunto que a uno le interese es, como poco, ridículo.

M.- ¿La vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela? ¿Todo es azar  en esta vida o hay cosas que podemos predecir en virtud de nuestra experiencia?

SDM.- No sé qué va a ser de mí en el próximo minuto. Claro que todo es azar, creer otra cosa es una forma de religión.

M.- ¿Escribir, para ti, es lo único que gobierna el mundo, que lo vuelve habitable?

SDM.- En absoluto. Mi mundo es habitable por mi hijo, mi mujer, mis amigos, mi familia, todos esos afectos que existen al margen de que yo escriba o no. Escribir es mi forma de estar en el mundo. Una elección que los demás, si me quieren, soportan, porque entiendo que no es fácil vivir junto a alguien que tamiza toda su vida a través de la literatura.

M.- ¿Se escribe para alguien, para una persona, para una generación, o se escribe como quien lanza al mar un mensaje en una botella?

SDM.- Si mi escritura tuviera destinatarios, usaría el servicio de correos para hacérsela llegar. El lector es universal, por eso se publican los libros y se venden en librerías.

M.- Gran parte de tu libro está dedicado a la memoria de tu viejo profesor Antonio  Aramayona. Como muchos otros lo conocí a través de los reportajes de Jon Sistiaga sobre la muerte. Tú hablas del modelo “El club de los poetas muertos” en el que el profesor encarnado por Robin Williams prepara a sus alumnos para la vida. Sin embargo, Antonio Aramayona quería haceros entender que ese momento de sus vidas era la vida misma. ¿Era esa la principal diferencia entre estos dos profesores o había más matices?

SDM.- Están explicados en el libro: Antonio era el reverso tenebroso de Robin Williams. En jerga política actual, diríamos que se dedicaba a “empoderar” a jóvenes crecidos en los márgenes, insignificantes en la sociedad. Mientras que El club de los poetas muertos era un mensaje naif contra la solemnidad, Aramayona estaba cargado de ideología.

M.- Volviendo al trabajo de Sistiaga, se me ocurren muchas cosas. Algunas ya las adelantas en tu libro: Sistiaga, acusado en varias ocasiones de “chupar plano” consigue omitirse a sí mismo, casi desaparecer. ¿Es por la fuerza del tema y del personaje?

SDM.- Es por una elección narrativa del propio Sistiaga que le correspondería explicar a él mismo, si quiere.

M.- Otra es la imagen de Zaragoza. Tú hablas de una Zaragoza “ventosa, arisca, halitósica, cuartelera, asmática y grasienta”, mientras Sistiaga ofrece Shangri-La. ¿Es porque así la veía Antonio (caminos de Swann, cuestas de Besançon, prados de Turner…) o porque Sistiaga busca un equilibrio entre la dureza del tema y el entorno físico?

SDM.- La visión que da el narrador de Zaragoza es la de alguien que nunca se ha adaptado a sus calles ni se ha sentido zaragozano.

M.- ¿Se puede llegar a envidiar la muerte, o una muerte en concreto?

SDM.- De muchas formas y muchas muertes, claro que se puede. Sucede a diario. ¿Nadie ha conocido la agonía de alguien que ha deseado con fiereza estar muerto? Yo puedo nombrar un puñado de casos que me afectan directamente. Seguro que cualquier adulto puede enumerar los suyos, porque una consecuencia de cumplir años es que ves morir a gente. En ese sentido, yo quiero tener una muerte envidiada. Y llorada. Quiero que mis amigos me lloren para no tener que llorar yo por ellos. Y quiero morir limpia e indoloramente, para que me echen de menos y no suspiren de alivio tras una agonía interminable.

M.- Siempre nos han querido convencer que el suicida es un cobarde que pone fin a su vida porque no la puede soportar. Otros pensamos que también es una consecuencia, o que es un acto heroico o que, en cualquier caso, es una forma de burlarse del destino.

SDM.- Cada suicida tiene sus razones o su desesperación. No creo que una cuestión tan compleja (el único problema filosófico de verdad, según Camus) pueda reducirse a un cliché. Cada suicidio es un misterio incomprensible en términos absolutos. Y hay suicidios oscuros y suicidios, digamos, felices, plácidos, que responden a un paradójico amor por la vida.

M.- Tú has afrontado el dolor en tu obra. Uno de tus libros tiene que ver con el dolor, con el dolor más profundo. Y también este refleja ese dolor por la ausencia de los otros. ¿Escribir es un conjuro contra el dolor?

SDM.- Es todo lo contrario. Quien indaga en el dolor, medita, escribe y reescribe, sólo consigue agrandarlo, infectarlo y hacerlo sangrar. La posibilidad curativa del relato es una de las muchas creencias supersticiosas que el psicoanálisis hizo pasar por evidencias con peso científico. Esta es particularmente terrible, pues es, como se dice hoy, contraintuitiva: el sentido común te dice que cuanto más escarbes en tu propia herida, más te dolerá. Quien quiera conjurar el dolor tiene a su disposición mil mecanismos de silencio y olvido muy eficaces. ¿Por qué algunos los eludimos y nos concentramos en mantener vivo ese dolor? No por masoquismo, ciertamente. Nos gusta sufrir tan poco como al resto de los humanos, y eludimos el sufrimiento del mismo modo. Pero sentimos que el dolor es el único amarre que nos queda con quienes sólo son ya un recuerdo. Cultivar el recuerdo es doloroso, pero preferimos el dolor a su ausencia, si su ausencia implica renunciar al recuerdo.

M.- Hay muchos defensores de las tradiciones, de los doce de octubre en Zaragoza, por ejemplo. Unas son barridas por el paso del tiempo, pero hay otras que parecen indestructibles. ¿Por qué las seguimos al pie de la letra?

SDM.- Las tradiciones, en general, son invenciones bastante menos antiguas de lo que proclaman ellas mismas. La liturgia del doce de octubre en Zaragoza tal y como la vemos hoy tiene poco más de medio siglo. Muchas tradiciones son demostraciones de poder público, como la Semana Santa, o formas de reforzar una identidad débil que se siente amenazada por la modernidad o los extranjeros o qué sé yo. Son ritos tribales que, en una sociedad abierta, compleja, plural y democrática, tienen mucho de misterio teológico. No tengo claro por qué se refuerzan algunas costumbres claramente antimodernas y agresivas, pero intuyo que tiene que ver con un repliegue defensivo y paranoico. Mi individualismo hace que todas me resulten muy antipáticas, y las sociedades que las promueven, asfixiantes.

M.- Muchas gracias, Sergio.