Entrevista por correo. España

Moriarty. Noviembre 2017

 

SERGI BELLVER    

Nacido en Barcelona, en 1971. Es autor del libro de relatos Agua dura (Ediciones del Viento, 2013) y del cuaderno de viajes Variaciones sobre Budapest (La Línea del Horizonte, 2017). Sus cuentos han aparecido en una decena de antologías en España y Latinoamérica. Ha escrito crítica literaria para medios como el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia o la revista Qué Leer, y ha trabajado como editor, profesor de narrativa, periodista cultural, guionista y librero. Editó los libros colectivos Chéjov comentado (2010), Mi madre es un pez (2011; con Juan Soto Ivars) y Madrid, Nebraska (2014); y ha prologado nuevas traducciones de El jugador, de Dostoievski, y, en catalán, de La metamorfoside Kafka. Colabora como editor en la revista mexicana Avispero.

 

                            VARIACIONES SOBRE BUDAPEST             

  

M.- ¿Se viaja para escribir o se escribe para viajar?

S.B.- En mi caso particular, escritura y viaje son desde hace tiempo inseparables y forman parte a diario de mi modo de vida.

M.-La literatura de viajes tiene una magnífica tradición: Stendhal, Chateaubriand, Sterne, Henry James, Evelyn Waugh, etc., pero a la hora de acercarte a una ciudad tan fascinante como Budapest, eliges el modelo de Claudio Magris en El Danubio. ¿Escribes como dijo el maestro, “sobre la civilización danubiana, pero también sobre el ojo que la contempla”?

S. B.- Además de los clásicos que mencionas, de todos esos grandes escritores que viajaron —como Stevenson y muchos otros—, desde muy joven leí también a otros grandes viajeros que escribieron, como Chatwin, Bowles, Leigh Fermor, Kapuściński, Thubron, Bouvier, Schwarzenbach, Maillart o Byron, por ejemplo. Como lector, y más allá de la crónica explícita, hay dos corrientes en la literatura de viajes contemporánea que me interesan. Por un lado, aquella en la que el viajero casi desaparece del texto y se convierte en una suerte de narrador-cámara. Y por otro, la más subjetiva, donde priman la mirada y la voz del escritor sobre lo literal del viaje en sí. En este sentido, Variaciones sobre Budapest es un libro híbrido y tiene más que ver con esa deriva personal del “ojo que (la) contempla” que con el riguroso escrutinio de una supuesta realidad objetiva. El Danubio del maestro Magris fue un punto de partida en mi tratamiento literario de la ciudad, y por eso la cita que abre mi libro, a modo de clave para interpretarlo.

M.- ¿En qué medida has seguido los consejos de otro ilustre escritor-viajero, Paul Theroux, cuando dijo: “Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Ve por tierra. Escribe un diario…”?

S.B.- Pues sin tener al autor de El Tao del viajero en mente parece que los he seguido a rajatabla, porque hace años que llevo una vida nómada, no tengo casa ni domicilio fijo, viajo en solitario, llevo la misma discreta mochila a todas partes así me vaya por un mes o para seis, evito los aviones siempre que puedo y el primer día de este año empecé unos diarios que comparto desde entonces con un puñado de lectores. De hecho, haberme decidido a escribir ese Cuaderno de dunas tuvo mucho que ver con que terminara publicando este libro.

M.- ¿Es verdad que todo viaje comienza antes de llegar a nuestro destino? ¿Antes están los preparativos, los sueños?

Ahora no recuerdo si fue Javier Reverte, Manu Leguineche u otro viajero español quien dijo o citó aquello de que el viaje se disfruta tres veces, al planearlo, al realizarlo y al rememorarlo, pero estoy de acuerdo, aunque a veces es el camino el que te sorprende con un viaje que no esperabas.

S.B.- Parece que Budapest no fue un destino buscado por ti. ¿Viajaste allí por casualidad? 

M.- Así es. Después de un verano de escritura entre Holanda y Alemania decidí acercarme unos días a Praga y visitar después a dos amigos en Viena y en Budapest. Llegué a la capital de Hungría para una semana y acabé quedándome mes y medio. Allí empecé a escribir una novela y regresé al cabo de cinco estaciones para otro mes y medio de trabajo y de experiencias.

M.- Así como en Praga es Kafka quien nos viene a la memoria, en Budapest —para ti— es Dino Buzzati quien lo hace. Hay bastantes similitudes entre ambas ciudades, como las hay entre Kafka y El desierto de los tártaros, ¿no te parece? ¿Otro escritor podría ser Joseph Roth?

S.B.- Bueno, lo cierto es que El desierto de los tártaros es una de mis novelas favoritas y no pude evitar pensar en ella mientras contemplaba el panorama hacia la llanura húngara desde el Bastión de los Pescadores o la Ciudadela, pero más que Buzzati, quien como bien sugieres tiene mucho de kafkiano pero poca relación con Budapest, o el mismo Joseph Roth, muy presente en mi libro y otro maestro esencial para mí, las voces que acabaron resonando en mi cabeza durante mis dos viajes fueron las de los grandísimos narradores húngaros que fui descubriendo poco a poco en mis lecturas, sobre todo los de la segunda mitad del siglo XX.

M.- Pero de todas las formas de expresión que pueden acompañarnos en nuestra visita a Budapest tú eliges la música. ¿Por qué, concretamente, la de Liszt?

S.B.- Mi fascinación por la música tiene que ver con cierta vocación frustrada por mera falta de talento. Como digo en un pasaje de mi libro, y como sugiere el juego de su título, igual que en nuestro imaginario colectivo París es indisociable de la pintura o Nueva York del cine, Budapest posee un legado musical que lo impregna todo. Y Liszt, con permiso de Bartók, fue el compositor e intérprete más grande entre los húngaros. Durante mi estancia en la ciudad revisé casi toda su obra y no pude evitar que, como una banda sonora mental, me acompañara a menudo en mis paseos.

S.B.- ¿El verdadero viaje tiene que ver más con la vivencia que con la peripecia?

S.B.- Se ha teorizado mucho sobre todo eso, pero yo sólo puedo dar testimonio de mi experiencia, como viajero y como escritor. Y, para mí, siento que estoy viajando de veras cuando esa experiencia opera algún tipo de cambio o de evolución en mí. Por pura etimología, el turista sería quien describe un círculo, un tour, para quedarse más o menos como estaba. El viajero nunca regresa siendo del todo el mismo que partió. Ya sé que se ha dicho esto mil veces, pero es que hay cosas tan obvias cuando las vives que no hay que buscarles más vueltas.

M.- Hablas de la voluntad de la “lentitud” para conseguir la rutina y hasta el tedio. ¿Se consigue así encontrar el verdadero sentido del viaje?

S.B.- Al hilo de lo anterior, y siempre hablando en clave personal y sin pontificar, pues cada viajero y cada escritor han de encontrar su propio medio y su lenguaje, mi intención es que la escritura y el viaje me lleven más allá de una realidad ya bastante opaca y conocida. En otras palabras, viajo y escribo en parte para “ser otro”, y en esa búsqueda de sentido la lentitud permite conocer un lugar y, acaso, percibir su esencia, de un modo que nunca sería posible en uno de esos circuitos apresurados en los que hay que ir tachando objetivos cumplidos de la lista. No viajo para acumular destinos ni sellos en el pasaporte, sino para ensanchar y matizar mi experiencia del mundo y de la condición humana.

M.- ¿Lo que entiendes por “renuncia” es lo que distingue al turista del viajero?

S.B.- No necesariamente, pero sí al menos en mi caso: para conseguir esa lentitud de la que estamos hablando, es decir, para poder profundizar un poco en la experiencia, es inevitable tener que renunciar a ciertas cosas. A pocos turistas se les ocurriría volver de París sin haber subido a la torre Eiffel o ir a Budapest y no entrar en el Parlamento. Un viajero, o al menos este humilde nómada, conservaría de un modo más vívido y genuino en su memoria un afortunado e inesperado extravío por algún barrio de la periferia que esa predecible visita a la atracción principal de todas las guías. Y no hay nada de excéntrico en esto, es sólo mero afán de descubrimiento y poca afición a hacer colas para todo.

M.- A pesar de tu aversión a los baños termales de Budapest, al final de tu libro recomiendas, sin embargo, los de Veli Bej. ¿Qué tienen de especial?

S.B.- Los excelentes baños termales de Budapest no tienen la culpa de mi estúpida manía de no mezclarme con desconocidos en ciertas circunstancias, del mismo modo que adoro pasear por la playa en invierno pero huyo de las hordas de bañistas en verano. Es así y no lo puedo evitar. Vestido y en seco, visité las instalaciones de algunos de esos baños, y los Veli Bej albergan también una hermosa cúpula otomana original, pero están mucho menos concurridos que los Rudas o menos obsoletos que los Király, por ejemplo.

M.- Solo mencionas de pasada la Casa del Terror de la avenida Andrássy. Su nombre llama a engaño ya que lo que parece una atracción turística es algo, por desgracia, muy real.

S.B.- Ese lugar, sin faltar a la verdad, se ha convertido en un pequeño parque temático que, a  mi modo de ver, corre el peligro de adulterar lo que pretende mostrar, sobre todo porque lo instrumentaliza al servicio de un discurso oficial exculpatorio, ya que fueron sobre todo húngaros quienes torturaron a otros húngaros en aquellas instalaciones, y no sólo los invasores alemanes o rusos. Por otra parte, no resulta difícil rastrear por otros enclaves de la ciudad las huellas de todas las calamidades que vivieron el pueblo y sus diversas minorías —los judíos húngaros, sobre todo— a lo largo del pasado siglo. Sólo hay que tomarse su tiempo, estar atento y dejar que las cicatrices hablen.

M.- También se puede conocer el verdadero espíritu de la ciudad sin alzar la vista del suelo, en los patios de Budapest. ¿Es verdad que en los patios de las entradas, en los pasajes o en las porterías podemos encontrar ese espíritu mejor que en lo alto de un autobús descubierto?

S.B.- Me permito esa licencia plástica y casi lírica en mi texto, pero no es gratuita, porque tiene que ver con todo lo que estamos comentando en torno a la lentitud, la renuncia, el sentido del viaje y la experiencia: por esos patios y esos espacios íntimos discurre la auténtica vida de los húngaros, mientras que desde lo alto de ese autobús turístico sólo vamos a ver pasar de largo una postal tras otra.

M.- Otro atractivo de Budapest son los cafés. Tu favorito es el Művész, cerca de la Ópera. También el Central. ¿Son los cafés —como en Praga o Viena— uno de los grandes encantos de la ciudad?

Művész, Budapest.

S.B.- Desde luego. Uno de mis mayores placeres en Budapest, como también cada vez que he visitado Praga o Viena, era dejar pasar las horas con un cuaderno o un libro sobre la mesa, el sabor del café en el paladar frente a una taza ya vacía y la mirada revoloteando de mesa en mesa y de rostro en rostro, como una abeja en busca del polen de las historias. En toda Europa Central la cultura de los cafés es apasionante, y en Budapest los hay que conservan o, mejor dicho, han recuperado el boato imperial de antaño, como el Gerbeaud o el New York, aunque hayan pagado y cobrado el peaje de la popularidad. En el Művész, y sobre todo en otros cafés no tan conocidos, encuentra uno menos gente de paso y se refugia en la calma de los clientes habituales, la prosodia de las conversaciones en húngaro y cierto simulacro de autenticidad.

M.- Otra forma de acercarse a Budapest, y a Hungría en general, es a través de sus escritores. Además de Márai o Kertész, ¿qué autores, de los traducidos en España, recomendarías?

S.B.- Como te comentaba antes a cuento de Joseph Roth —otro abejorro habitual de los cafés de Viena y de Budapest en su época, por cierto—, poco a poco y gracias a la biblioteca del Instituto Cervantes de la ciudad, fui descubriendo una cantidad increíble de magníficos narradores húngaros contemporáneos. Le dedico unas cuantas páginas al asunto en mi libro y, por no extenderme ahora demasiado, mencionaré sólo a los tres que más me impactaron: Ádám Bodor, Szilárd Borbély y László Krasznahorkai, pero la lista es extensa y apabullante. La literatura húngara es un verdadero filón que merece la pena explorar.

M.- En los años 60 y 70 el cine húngaro (Jancsó, Szabó…) fue habitual en la programación de cine-clubs y salas de arte y ensayo, junto con otras cinematografías del Este. Desde hace años, sin embargo, ha desaparecido del panorama (a excepción de algunos talentos como Béla Tarr o Indikó Enyedi). ¿Qué opinas de esta situación? ¿Que el cine húngaro ha sido fagocitado por el cine norteamericano? ¿Que sus cineastas se han refugiado en el porno? Contrasta esta situación con la de otros países del Este, como Rumanía.

S.B.- Por mi vocación y mi oficio, y aunque soy bastante cinéfilo, estoy más al día de la literatura húngara reciente que de su cinematografía —primera noticia de un “porno (austro)húngaro”, francamente, lo que me hace pensar de repente en las gamberradas del gran Berlanga—. Conozco y aprecio las películas de Béla Tarr o István Szabó, pero no puedo responder con solvencia a tu pregunta, más allá de constatar un hecho incuestionable, como es la colonización cultural anglosajona a todos los niveles en Europa. Y no me refiero sólo al cine, la televisión o incluso la música, sino también a la literatura actual. Basta con fijarse un poco en los suplementos culturales españoles, en cómo atienden a todo lo que viene traducido del inglés, por mediocre que sea, pero pasa un poco de largo por las literaturas de Europa con menos músculo editorial pero de una gran potencia artística, con excepciones como la de Mircea Cărtărescu (1956), ya que mencionas a Rumanía. Bodor (1936), Krasznahorkai (1954) o el desaparecido Borbély (1964-2014) están a su altura y, sin embargo, apenas son conocidos por el lector español medio.

M.- Ya para terminar, dices en tu libro que eras uno antes de Budapest y otro a la vuelta. ¿Todo viaje es iniciático o solo algunos lugares se quedan con nosotros?

S.B.- Del mismo modo que no todas las personas, ni todos los amigos o todos los amores nos dejan la misma huella, así los lugares y los viajes: unos nos decepcionan, otros cumplen con lo que prometían y algunos, de vez en cuando, nos dan mucho más de lo que esperábamos. En mi caso, Budapest supuso un antes y un después en mi camino como viajero y como escritor.

M.- Muchas gracias, Sergi.