Daniel Ortega y Rosario Murillo | CCC Jairo Cajina

En el mes de noviembre de este año no solo se celebraron las elecciones presidenciales de EEUU. También hubo fiesta de la democracia en un país cuya historia reciente está marcada por una revolución -la última revolución “romántica” por así decirlo-. El país del que hablo es en efecto Nicaragua. El pasado 6 de noviembre el FSLN, el partido “heredero” de la revolución Sandinista, liderado por Daniel Ortega y esposa, Rosario Murillo, ganó las elecciones presidenciales de Nicaragua. Pero ¿la victoria de los antiguos revolucionarios supone una victoria de la clase obrera? Vamos a echar un vistazo al pasado reciente de la nación antes de responder esa pregunta.

Las primeras elecciones celebradas en el país tras la revolución fueron en 1984. Estas, al desarrollarse en plena guerra civil con la contra -recordemos, el bando financiado por el gran vecino del norte-, no tuvieron el respaldo de algunos partidos de la oposición, llegando a ser boicoteadas por estos). A pesar de todo, las elecciones tuvieron una participación del 75.4% de la población, y una aplastante victoria del FSLN, partido protagonista de la Revolución Sandinista, con un 66.97% de los votos.

Las siguientes elecciones celebradas en Nicaragua se produjeron en 1990, y estuvieron marcadas por la culminación del proceso de paz iniciado en 1988. En la fiesta de la democracia, celebrada el 25 de Febrero, terminó con la victoria de la UNO -Unión nacional de Partidos Opositores- sobre el FSLN, dejando a Violeta Chamorro -viuda de un periodista asesinado por Somoza- como presidenta del país.

Cabe destacar que la UNO, además de ser la candidatura apoyada por el gobierno de EEUU, estaba formada por una alianza de más de 14 partidos, donde estaban presentes partidos con aparentes intereses antagónicos, véanse los partidos liberales, con el partido Conservador y el Partido Comunista de Nicaragua. Sin embargo los partidos principales de la unión eran el socialdemócrata y el popular social cristiano.

Sin embargo, como consecuencia de ese gran espectro ideológico que abarcaba la UNO, una gran crisis política llegó al partido antes de que la propia Violeta Chamorro empezase oficialmente su mandato, dando pie así a la desintegración del propio partido de cara a la siguiente cita electoral.

Durante el gobierno de Chamorro es tuvo lugar el incidente de los secuestros de Calitú, donde los llamados recontra -contrarrevolucionarios que seguían armados- secuestraron a varios diputados sandinistas exigiendo como requisito para su liberación la dimisión de Hugo Ortega como jefe del ejército. Sandinistas que a su vez seguían armados, respondieron a esta acción secuestrando a varios dirigentes de la UNO, entre ellos Virgilio Godoy, vicepresidente de la república en ese momento. Finalmente el incidente se saldó de forma pacífica.

Tras el gobierno de Violeta Chamorro, en 1996 el Partido Liberal Constitucionalista venció nuevamente al FSLN, alzándose como presidente Arnoldo Alemán, hijo de antiguos funcionarios somocistas, como nuevo presidente de Nicaragua. La legislatura de Alemán estuvo marcada por la corrupción ejercida por el gobierno. Se calcula que Alemán se embolsó 25 millones de dólares durante su mandato, además de ser declarado por Transparencia Internacional como uno de los 10 gobernantes más corruptos del mundo entre 1982 y 2002.

Las siguientes elecciones, celebradas en el 2002, dejaron como nuevo presidente a Enrique Bolaños, quien sucedió a Arnoldo Alemán dentro del Partido Liberal Constitucionalista. Nada más comenzar la legislatura, se hizo notar el distanciamiento entre Bolaños y Alemán, llegando el punto de máxima tensión cuando el por entonces presidente comunicó su intención de revisar la constitución, con el fin de terminar con el reparto de cargos en los poderes del estado.

La legislatura de Bolaños pasó sin pena ni gloria, llegando a 2006 a unas elecciones donde los liberales se presentaban por separado -entre independientes y Constitucionalistas- y donde aparecía el MRS -Movimiento renovador Sandinista- como nueva esperanza de la izquierda de Nicaragua. Finalmente, tras las elecciones, el FSLN y Daniel Ortega volvían al poder, 20 años después del triunfo de la Revolución Sandinista.

10 años después, podemos hacer balance de las dos legislaturas que ha estado Ortega en el poder. Nicaragua, lejos de volver a ser el país que fue durante la Revolución Sandinista, gracias a las cruzadas de la educación o a las mejoras del sistema sanitario, durante el segundo mandato de Daniel Ortega ha vivido un proceso de retroceso social, dando continuidad a las políticas opositoras y convirtiéndose en un chiste de lo que fue en los 80.

Aunque en materia educativa poco se le pude reprochar a Ortega y al FSLN -cada vez son más numerosos los alumnos universitarios criados en entornos de pobreza-, si hay mucho que echar en cara en lo que se refiere a sanidad, medio ambiente, y libertad democrática. Sin ir más lejos, según los informes de la ONU, ha habido irregularidades en tanto en las elecciones de 2012 como en las del pasado 6 de noviembre.

El sistema de pensiones, así como el sanitario, también han vivido malos momentos en los últimos mandatos de Ortega. El mejor ejemplo de la decadencia por la que están pasando tanto la sanidad como las pensiones estuvo en la bajada de las pensiones que movilizó a todas las personas del país, llegando a producirse multitudinarias manifestaciones frente al Instituto Nacional de Seguridad Social.

Pero sin duda el mayor chasco que me llevé con Ortega fue el canal de Nicaragua, para el cual se iban a vender a China terrenos naturales de gran valor ambiental, suponiendo un destrozo para los ecosistemas del país.

Para finalizar el artículo, me gustaría pedir perdón por no haber entrado en suficientes matices históricos, o por no haber sido lo suficientemente crítico con la aberrante oposición existente en Nicaragua. No me he podido extender tanto como me hubiera gustado por cuestiones de espacio. Sin embargo, como ya dijera Orwell de la URSS, mi intención es quitar de la mente de la gente que Nicaragua con Ortega es un paraíso obrero. Si es necesario, se acudirá a defenderla, pero no es lo que creemos. Hoy en día Nicaragua tiene una clase obrera sin representación en los órganos de gobierno, ya que el único partido que parecía defender los intereses de la clase proletaria -el MRS- se acerca más a las formas de la oposición que a las de un partido obrero -cabe destacar que en las últimas elecciones se sumó a la coalición opositora, donde se encontraban otros partidos, como puedan ser el liberal independiente-.