LOS CABALLEROS LAS PREFIEREN RUBIAS de Howard Hawks

NACE UNA SUPERESTRELLA: MARILYN MONROE

Para muchos jóvenes y adolescentes, Marilyn es un bello rostro impreso en una camiseta con lentejuelas de colores bordeando una cabellera rubia platino, una pegatina en la mochila del colegio, una figurita de mujer que intenta, inútilmente, con la sonrisa en los labios, detener el vuelo de su blanco vestido agitado por corrientes de aire, un viejo póster amarillento encontrado entre las pertenencias del abuelo. M.M. forma parte del merchandising heredado del siglo XX que utilizó con fines mercantilistas a algunos seres legendarios. Pertenece al mismo inventario icónico que Mohamed Alí noqueando a Foreman en el estadio Maipara de Kinshasa, de Angela Davis manifestándose a favor de los Soledad Brothers, del “Che” Guevara fumando un Cohibas en los tiempos heroicos de la Revolución, del Mao-Tsé-Tung pintado por Warhol o del reverendo Martin Luther King, encabezando la marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad. En una palabra, Marilyn Monroe es un icono del siglo XX que todavía se sigue asomando con fuerza en los albores del XXI. Las nuevas generaciones la reconocen, pero resulta difícil que estén al tanto de su filmografía, de la misma manera que reconocen a Mao sin  leer el libro rojo o a Mohamed Alí (antes Cassius Clay) sin visionar sus célebres combates en Youtube. Para quienes  sí vivimos en paralelo con  ella, vimos sus películas una y mil veces y la acompañamos desde la butaca de un cine viéndola crecer hasta convertirse en la quintaesencia misma del glamour de Hollywood, Marilyn es  mucho más que un icono imprescindible de nuestra era. Por decirlo en pocas palabras,  Marilyn fue la mujer que, con su aparición en las pantallas de todo el mundo, puso el punto final al eterno interrogante sobre el sexo de los ángeles. Ella nos enseñó, simplemente, que el ángel era mujer o, por decirlo en palabras de su biógrafo, Norman Mailer, “el dulce ángel del sexo”, “la mujer que nos demostró que el sexo podía ser difícil y peligroso con las demás, pero una golosina con ella”. MM jamás llegó, ni de lejos, al atrevimiento, casi fronterizo con la grosería -aunque redimido por el humor- de bombas sexuales como Mae West (“las chicas buenas van al cielo, las chicas malas van a cualquier parte”) o Tallula Bankhead (“Si  volviera a nacer cometería los mismos fallos, solo que antes”), porque Marilyn nunca fue vulgar, jamás dio la sensación de ser consciente de su enorme sex appel, siendo la ingenuidad su principal atractivo. Porque Marilyn, siempre fue auténtica.

Pero hay algo más, mucho más en esta legendaria actriz hija de un padre que se fue a comprar tabaco y jamás volvió, que abandonó a su madre antes de saber que estaba embarazada, de una madre desquiciada que acabó en un manicomio, de una adolescente adoptada y violada en varias ocasiones y que logró abrirse camino hacia la fama a base de tesón y belleza. De una mujer que se convirtió en esposa de un vecino policía, que después se volvió a casar con el deportista más grande vivo en el centenario del béisbol y que volvió a reincidir contrayendo matrimonio con uno de los intelectuales más respetados de su país, para acabar convertida en amante del presidente con más glamour de la historia de América, un JFK deslumbrado ante la aparición de Marilyn de su gigantesca tarta de cumpleaños -como Venus surgida de las aguas- y que, cuando olfateó el peligro, se la acabó “pasando” a su hermano Bobby.  Y ese “algo más” es, justamente, lo que la hace inmortal, porque  MM, fue, también insegura, solitaria, terrenal. Y eso hace que, en última instancia,  Marilyn sea yo y tú y él y nosotros y vosotros y ellos, porque la MM pública es nuestro sueño inalcanzado de hombres y mujeres y la MM privada, la de la mujer que, en los últimos años de su vida, estaba deseosa de dejarlo todo, irse a casa, lanzar al aire los zapatos de tacón, hundir los pies en las zapatillas rosadas, tumbarse en un sofá y escuchar, relajada, el canto de tres octavas de Lady Ella, la reina del jazz. Pero le fue imposible porque la presión a que se vio sometida acabó en la tragedia del Nembutal o, para los amantes de lo  conspiranoico, en las sombrías cloacas del FBI. El casi imposible equilibrio entre vida pública y privada dio como resultado el dramático desenlace porque, como dice Woody Allen, “somos una especie trágica” y nuestro mayor fracaso es la muerte.

“Gentlemen Prefer Blondes” (“Los caballeros las prefieren rubias”) parte de un texto de Anita Loos, cuyo precedente fueron los cuentos de Lorelei publicados en Harper,s Bazaars, no llega al lugar de honor de la inigualable “Con faldas y a lo loco” o de “Vidas rebeldes”, donde el poeta de los perdedores, John Huston, hacía el amargo retrato en blanco y negro, -con excelente guion de Arthur Miller- de tres estrellas al final de sus carreras. Pero la más que notable película de Howard Hawks, otro de los grandes directores del cine norteamericano, es la que mejor imagen ofrece de esta diosa irrepetible de la pantalla. Con esta película, junto a la también inolvidable Jane Russell, Marilyn fue catapultada a la fama y a la eternidad, así que la película “hizo” historia. Dice Fernando Savater que el cielo es un lugar donde se proyecta “El hombre tranquilo” de John Ford. Yo progamaría, en la mejor tradición de los años 50, una sesión doble, “El hombre tranquilo” y “Los caballeros las prefieren rubias”, un lugar, también, donde el icono más bello del siglo XX, Marilyn Monroe, en la plenitud de su carrera, embutida en el vestido rosa de Travilla, (el más importante atuendo subastado) canta “Diamonds are a girl best Friends”, “Los diamantes son los mejores amigos de una mujer”.

Soy español y, por tanto, perfectamente consciente de lo difícil que resulta alcanzar consensos, ni siquiera en algo tan evidente como MM, pero, si todo lo anterior te resulta ajeno, si crees que hay exageración en el retrato, haz un sencillo ejercicio: borra de tu memoria el rostro de MM, sus rojos labios, su blanquísima piel, su alegre sonrisa, su preciosa mirada miope y las peligrosas curvas de su cuerpo. Hazla desaparecer. ¿Ya está? Ahora, responde. Rápido, porque si dudas, has perdido. ¿Quién rellenaría su vacío? ¿Quién ocuparía su lugar en lo más alto? Dicen que no hace mucho nació una estrella ¿A quién pondrías en el pedestal del glamour…? ¿A Lady Gaga?

ANTONIO GREGORI FERNANDEZ. 1 de enero de 2020

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