UMBERTO D.

de Vittorio de Sica

1952

En los años finales de la II Guerra mundial tiene lugar en Italia el nacimiento y desarrollo de un movimiento cinematográfico conocido con  el nombre de “Neorrealismo italiano”. Su origen está en la película de Roberto Rossellini, “Roma, ciudad abierta”, aunque existía ya el claro precedente de la película de Luchino Visconti, “Ossessione”. El neorrealismo integra en sus películas los dos grandes caminos por los que el cine discurre desde su nacimiento: el cine documental, cuyo precedente son las “escenas naturales” de los Hermanos Lumière y los documentales de Robert Flaherty y el cine de ficción cuyo principal representante es el pionero Georges Meliès.

El cine neorrealista alumbró grandes películas. Además de las citadas habría que señalar otros títulos como “Paisá”, “Stromboli” o “El general de la Róvere” del propio Rosellini o “La terra trema” de Luchino Visconti. Pero el cine neorrealista incluye en su  antología otras películas inmortales que hoy se consideran como algunas de las mejores de la historia. Varias de ellas fueron realizadas por la pareja Vittorio de Sica, como director y Cesare Zavattini, como guionista y en este sentido hay que señalar algunas obras maestras como “Ladrón de bicicletas” o “Milagro en Milán”. Pero hay una película que resume en mi opinión con gran maestría la quintaesencia del cine neorrealista, UMBERTO D.

Durante años Hollywood había ofrecido al público una realidad falsificada. Y el público la aceptaba porque, en general, veía en el cine un simple medio de diversión. Estrellas rutilantes, sentido del espectáculo, efectos especiales, finales felices…son elementos que el cine norteamericano utiliza para que el invento funcione y deje buenos rendimientos en taquilla.

Pero este feliz panorama cambia cuando se produce un hecho que conmocionó el mundo: la II Guerra Mundial. Los espectadores empiezan a ver películas precedidas de noticieros sobre el desarrollo de la guerra y el contraste entre el mundo real y el mundo imaginario del cine se hace cada vez más evidente. Así que los espectadores comienzan a pedir más realismo a las películas y la gran maquinaria del cine mundial empieza a dárselo de dos maneras: una de ellas procurando una mayor verosimilitud de personajes, escenarios y situaciones y la otra, como en el caso de la película más innovadora de la época, “Ciudadano Kane” de Orson Welles, integrando los diversos planos en uno solo llamado plano secuencia con profundidad de campo. El plano secuencia devolvía una característica fundamental de la realidad: la continuidad. Las cosas suceden de forma continua y no fragmentada como en el montaje cinematográfico.

El cine neorrealista, por tanto, para hacer más reales sus historias  prescinde de todo artificio: decorados, maquillaje y llevado a sus últimas consecuencias prescinde hasta de los actores profesionales. El protagonista masculino de “Ladrón de bicicletas” Lamberto Maggioranni no se había colocado jamás delante de una cámara y Carlo Battisti, el jubilado protagonista  de Umberto D, Domenico Ferrari, era un profesor de historia de 70 años de edad que tampoco había trabajado antes como actor.

En “Umberto D” De Sica y Zavattini cuentan la historia de un jubilado que lucha para evitar caer en la vergüenza de la pobreza. Y lo hacen sin sentimentalismos de ningún tipo. Tanto en las escenas donde interviene el perrito del protagonista o cuando Umberto llama a una ambulancia o cuando considera el suicidio, lo hace siempre de forma calmada, sin dramatismos. Umberto se enfrenta a los problemas con sentido práctico, de forma valiente. Según cuenta el propio De Sica “Hasta que no encuentro al hombre, la mujer o el niño que encaja con la figura que puedo ver con el ojo de la mente, no puedo comenzar”. De Sica buscó en Roma, en Nápoles y en otras ciudades italianas a la persona que pudiera interpretar la clase de “pensionista anciano que sería el héroe de su película” y, al final, encontró al perfecto intérprete que pudiera expresar, con absoluta convicción, la atribulada dignidad del personaje.

 Vittorio de Sica

“Umberto D” pertenece al neorrealismo tardío. Se realizó en 1952 y no tuvo demasiado éxito de público. Los espectadores habían olvidado ya los rigores de la guerra y exigían un cine más alegre y, sobre todo, más en consonancia con los tiempos. Pero “Umberto D” demostró, como ya lo hizo anteriormente el propio De Sica con “Ladrón de bicicletas”, que, a veces, no es necesario mostrar grandes tragedias colectivas para hacer despertar nuestra conciencia social. En algunas ocasiones, la historia de un drama minúsculo, el del hombre al que han robado su bicicleta, que es su forma de vida, o la del jubilado empobrecido que busca desesperadamente evitar el desalojo de su humilde habitación y a alguien que se ocupe de su perro, antes de morir, hacen despertar nuestra solidaridad, con mayor eficacia.

De Sica dedicó esta película a su padre, empleado de un banco y con un pequeño sueldo que apenas valía para ocultar dignamente su miseria, un caballero pobre y distinguido como muchos de los personajes que encarnó él mismo en su carrera como actor. Más de un centenar de películas que le hicieron convertirse en uno de los rostros más populares del cine italiano. Su cine como director es inseparable del gran guionista Cesare Zavattini con el que dirigió algunas memorables películas, verdaderos documentos de nuestra época. “Umberto D” ocupa, entre ellas, uno de los lugares más altos en la carrera de estos dos grandes cineastas.

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Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas. Periodista con amplia experiencia en todos los medios de comunicación. Cineasta. Escritor. Ferviente defensor de la cultura, la libertad y la justicia social. Fanático de los malvados de ficción: desde Fú Manchú a Mabuse pasando por el propio Moriarty. Porque los auténticos malvados visten de Armani y reparten sonrisas desde la alfombra roja de los telediarios.