SOMBRAS

  (“SCHATTEN”)

de Arthur Robison

(1923)

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Un juego impresionante de realidad y de interpretación de esa misma realidad, según la muestran las sombras reflejadas en las paredes o vistas a través de cortinajes. La trama transcurre durante unas pocas horas nocturnas en una fiesta en un castillo organizada por un barón y su bella esposa en la que un mago especialista en sombras chinescas crea un clima tal de angustia que los personajes sueñan la realización de sus deseos y sus temores y en la que el marido, hombre muy celoso comenzará a enfurecerse cuando sus invitados pretendan besar la figura de su esposa. Una obra maestra del filme onírico.

Arthur Robinson era un director norteamericano nacido en Chicago, hijo de norteamericano y alemana y residente en Alemania, cuya obra está íntimamente ligada a la gran escuela del cine expresionista. Se había iniciado en el cine como guionista en 1914 y llegó a dirigir veinte películas entre 1916 y 1935. Trabajó, igualmente en Hollywood para la M.G.M y para la famosa UFA alemana. Falleció mientras rodaba “El estudiante de Praga” en 1935.

Según Lotte H. Eisner, la principal historiadora alemana del cine expresionista, “Robinson aprovecha de forma muy personal los errores debidos a las sombras: tras las cortinas de una puerta de cristales, el marido celoso espía cómo las manos ávidas, dibujadas por sus sombras, se aproximan a la sombra de su mujer y la tocan. En otra secuencia se nos muestra el reverso de la situación: la joven vanidosa, delante del espejo, se mueve y adopta actitudes afectadas mientras detrás, a algunos pasos, sus admiradores contornean las curvas de su cuerpo en el vacío. También, en otra escena, el marido cree sorprender manos que se entrelazan mientras, en la realidad, solo se han unido por la prolongación de sus sombras.

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En “Sombras” el juego de los espejos sostiene la ilusión de los pensamientos. Robinson mueve magistralmente los reflejos de las lunas colocadas en los ángulos de un corredor tenebroso. La cámara, manejada con maestría por Fritz Arno Wagner, captala forma ondulante de la joven que se dirige a su habitación mientras en uno de los espejos se verá abrir o cerrar la puerta por donde entra o sale su amante. En ese mismo espejo el marido engañado será testigo del abrazo adúltero y, lo que es muy significativo, no lo verá en un primer momento, sino mediante la sombra proyectada detrás de la cortina de la puerta acristalada. El amante, a su vez, descubre en el espejo la presencia del marido que acecha. “Sombras” está impregnada de erotismo, pero no hay ni un atisbo de vulgaridad en la forma en que el director se sirve del halo de las bujías para explotar el efecto de transparencia de una delgada tela estilo Directorio, ni al hacer sostener el candelabro a un marido por lo común celoso y que esta vez, precisamente, nada sospecha.

Los intérpretes de “Sombras” llegaron a encarnar con una intensidad casi animal todo su cometido. La mujer, por ejemplo, en cada movimiento de caderas, en cada gesto ondulante de su brazo acogedor no fue sino tentación y promesa: Eva eterna.

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