“Nosotros somos leopardos y leones, quienes tomarán nuestro lugar serán hienas y chacales. Pero los leones, leopardos y ovejas seguiremos considerándonos como la sal de la tierra” (Príncipe de Salina)

Las relaciones entre cine y literatura son tan antiguas como el propio cine. Ya los pioneros del séptimo arte utilizaron como soporte de sus historias visuales pasajes o episodios de famosas obras de la literatura y obras de escritores como Julio Verne o Alphonse Daudet fueron llevadas al cine por el pionero Georges Meliès.

Pero los amantes de la lectura y del cine son bastante contundentes a la hora de valorar esta relación y en la inmensa mayoría de los casos siempre se han manifestado a favor de la novela frente a la película inspirada en ella. Y esto es así por dos razones fundamentales. La primera es que el lector imagina unos escenarios, unos intérpretes, unas situaciones de forma subjetiva y no les suele gustar la interpretación que los guionistas y directores hacen de los textos literarios. Y la segunda es que el cine debe resumir en un par de horas aproximadamente textos mucho más largos y complejos, lo cual conduce, irremisiblemente, a la expurgación de los contenidos, dejando fuera del relato cinematográfico gran parte de pasajes de la obra literaria en que se inspira y llegando, incluso, a la eliminación total de muchos personajes y situaciones.

Creo que en este punto casi todos estamos de acuerdo. Como también creo que podemos coincidir en que no siempre es así. Porque hay veces en que la obra cinematográfica no solo iguala en importancia e interés a la obra literaria, sino que, en ocasiones incluso la supera, aunque se trate de una obra literaria de relieve. Este es el caso que ahora nos ocupa: el de una película, EL GATOPARDO,  que supera a la novela en que se inspira para erigirse, además, en una de las grandes películas de la historia del cine.

El autor: GIUSEPPE TOMASI DI LAMPEDUSA

Príncipe de Salina y duque de Palma de Montechiaro, Giuseppe Tomasi di Lampedusa nació en Palermo en los años finales del siglo XIX. “El Gatopardo”, título de su novela, hace referencia al leopardo jaspeado o serval que aparece en el escudo de armas de la familia del príncipe de Salina y es la única novela escrita por su autor. Tomasi comenzó a escribirla en los cafés y en una heladería de Palermo después de un viaje y entre los años 1954 y 1957. Como suele suceder a menudo fue rechazada por las editoriales Einaudi y Mondadori, dos de las más importantes de Italia y poco después de este rechazo le fue diagnosticado a su autor un tumor pulmonar que le causó la muerte. Un año después Elena Croce, hija de Benedetto Croce envió el manuscrito al escritor Giorgio Bassani que, al cabo, consiguió publicarla en la editorial Feltrinelli. Al año siguiente consiguió el Premio Strega, el más importante de la narrativa italiana.

Tanto la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedussa como la película de Luchino Visconti se resumen en la siguiente frase:

“Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.

En síntesis, El Gatopardo está ambientada en los años anteriores a la unificación italiana cuando los camisas rojas de Garibaldi ocuparon Sicilia y llevaron el temor a las clases privilegiadas ancladas en un sueño de siglos. El príncipe Fabrizio Salina, representante de esa aristocracia caduca, comprende entonces que ha llegado el final de una época donde los miembros de su clase vivían en sus palacios rodeados de sirvientes en un sistema patriarcal y que su viejo mundo estaba empezando a ser sustituido por el irremediable ascenso de una burguesía de origen plebeyo que ya empezaba a controlar la riqueza del país. El joven sobrino de Lampedusa, Tancredi, será el instrumento del que se valdrá el príncipe de Salina para seguir manteniendo el árbol familiar por encima de las convulsiones de la época.

Así, pues, el cambio social es el punto de inflexión de esta gran película. Era, además la historia del propio destino del director –también aristócrata- y la historia de su propia clase social.

Como toda película italiana que se precie tuvo una verdadera multitud de guionistas: Susso Cechi d, Amico, Enrico Medioli, Pascuale Festa Campanile, Masssimo Franciosa y el propio Luchino Visconti. Visconti declaró en alguna ocasión que había intentado ampliar la visión del autor que había visto los acontecimientos exclusivamente desde el punto de vista del protagonista, olvidando que fue la revolución del pueblo lo que amansó a los gatopardos.

La película acabó siendo una coproducción con Estados Unidos y los norteamericanos pusieron dos condiciones: que el protagonista fuera un actor norteamericano y que la película se rodara en inglés. Visconti se opuso a esto último y al final se llegó al arreglo de rodar en inglés las escenas en las que aparecía Burt Lancaster y las restantes en italiano, siendo dobladas más tarde para el público de habla inglesa.

La preparación del rodaje fue muy minuciosa. Visconti encargó al hijo adoptivo de Lampedusa la búsqueda de los exteriores ideales para la película, mientras el duque de Verdura, íntimo amigo de Visconti le informaba detalladamente de cómo bailaba la aristocracia siciliana la contradanza, del vestuario que llevaban y de muchos otros detalles. Visconti compró una vieja y ruinosa torre al lado del mar en las afueras de Palermo y los especialistas de atrezzo y decoración compraron muebles y objetos de arte a todos los anticuarios, construyeron nuevos baños con mosaicos antiguos y rehicieron salones y habitaciones.

Un gran equipo se trasladó a Palermo y contrató a cientos de personas para convertirlos en soldados de Garibaldi, en las tropas borbónicas y piamontesas y en el pueblo rebelde. Y en la secuencia más brillante de la película, la del baile, los auténticos aristócratas se interpretaron a sí mismos bailando un vals de Verdi recientemente descubierto.

En cuanto a los principales intérpretes de la película hay que decir que Burt Lancaster no fue la primera opción de Visconti. El había pensado en Marlon Brando y, como segunda opción, en Laurence Olivier, pero ninguno de los dos fue posible. Brando estaba disponible pero los productores lo rechazaron y Olivier tenía serios problemas de salud. Al final la 20th Century Fox le proporcionó una terna compuesta por Spencer Tracy, Anthony Quinn y Burt Lancaster y Visconti se decantó por este último. Fue una sabia decisión porque el actor norteamericano hizo aquí una de sus mejores interpretaciones y se comportó de forma muy profesional durante todo el rodaje.

Alain Delon es un actor por el que Visconti tenía verdadera debilidad. Delon y su pareja –por aquel entonces Romy Schneider– rechazaron la oferta de Visconti de ir a vivir a su torre y alquilaron una villa para ellos en el otro extremo de Palermo. Además Delon fue el único actor que contaba con camerino propio, mientras que un actor de la categoría de Lancaster no hacía más que dar vueltas de un lado para otro. El resultado de “El Gatopardo” en este terreno fue que Lancaster superó con mucho las esperanzas puestas en él mientras que Delon y Claudia Cardinale nunca estuvieron demasiado convincentes en sus personajes, especialmente en las escenas de amor.

A partir de esta película Luchino Visconti empezó a ocuparse en sus películas de su propia vida convirtiendo sus raíces y motivaciones personales en su preocupación primordial.

Al margen de distintas opiniones lo cierto es que Visconti, anteriormente ligado al cine neorrealista en películas como “La tierra tiembla” (La terra trema) se decantó ya, claramente, por la calidad plástica de su cine anunciada ya en sus trabajos anteriores llegando a convertir El Gatopardo en una obra clásica y ordenada que alcanzaba casi la perfección apoyada en el valor dramático de la imagen.

Todos los elementos de la película se cuidaron al máximo, especialmente, el vestuario de Piero Tosi y su ayudante Vera Marzot y el rodaje tuvo lugar en pleno verano en Sicilia cuando la tierra es amarilla y polvorienta. Fueron cuatro meses de calor horroroso con un Visconti de permanente mal humor sentado bajo un parasol o de pie durante muchas horas aguantando el siroco.

Por lo que respecta a los escenarios hay que decir que Visconti empleó 16 días de rodaje para rodar las primeras secuencias de la película, las que luego aparecieron como fondo de los títulos de crédito y que llegó a demoler literalmente una parte de Palermo para hacerla más parecida a como era en el siglo XIX.

La película acabó ganando la Palma de Oro del Festival de Cannes, el máximo galardón del cine mundial pero los comunistas a cuyo partido pertenecía Luchino Visconti la acusaron de decadentismo, cosa que entristeció profundamente al director. Togliatti salió en defensa de Visconti publicando una carta en la que se  decía que El gatopardo era una obra maestra mejor que el libro y que su autor no debería permitir que se mutilara. Pero al final pasó lo habitual: se hizo una versión americana sin la supervisión de Visconti, fue cortada de mala manera y doblada con voces que no le iban a los personajes. Además, la película que tenía un color suave fue procesada para convertirla en una brillante obra hollywoodiense.

El Director LUCHINO VISCONTI

Con todo y con ello hoy nadie discute la gran importancia de EL GATOPARDO en la historia del cine, una película que ha  alcanzado en diversas ocasiones el primer lugar en las preferencias de críticos e historiadores del cine a la hora de elegir las mejores películas de la historia.

En mayo de 2010, con asistencia de toda una galaxia de estrellas de la pantalla, el Festival de Cannes, en una gala especial presentó una minuciosa restauración de la película llevada  a cabo por Sony, en colaboración con varias instituciones, filmotecas y empresas de todo el mundo. El director Martin Scorsese, fundador y responsable de “The Film Foundation”, que colaboró en los trabajos de restauración, señaló en la gala la necesidad de preservar el patrimonio cinematográfico, ensalzando la obra de Visconti como una de las más grandes de la historia. La película fue escaneada fotograma a fotograma para recuperar los colores y la iluminación. También ensalzó el trabajo del equipo técnico que supo retratar la belleza del paisaje y los palacios sicilianos, entre ellos el cámara Giuseppe Rotunno, el escenógrafo Mario Garbuglia, el diseñador de vestuario Piero Tosi y el gran compositor Nino Rota, autor de la excelente banda sonora de la película.