FICCIÓN Y REALIDAD

En una de las ediciones de la Seminci, concretamente la de 1997, el director austríaco Michel Haneke presentó, dentro de la Sección Oficial, su película “Funny Games”, una terrible historia que cuenta con todo detalle un juego cruel en el que dos jóvenes inician en casa de unos vecinos un macabro juego que acabará de forma extremadamente violenta. Una película dura y cruel como pocas en la línea de otros trabajos anteriores del director austríaco, como “El video de Benny”, “71 fragmentos de una cronología del azar”  o “Caché” y que dejó al público del festival vallisoletano absolutamente conmocionado. Quienes conozcan la película sabrán de qué hablo. Y a quienes no la han visto sólo les digo que, tratándose de una obra maestra, con varios premios internacionales en su haber, está situada en Filmaffinity en el puesto nº 11 entre las películas más desagradables que se han podido ver en las pantallas de todo el mundo. Una de esas películas que son como un mazazo propinado al espectador y cuyo recuerdo se mantiene vivo durante mucho tiempo. Recuerdo haber salido del cine dando traspiés, como uno de los zombis de George A. Romero en “La noche de los muertos vivientes”, pero, como la vida sigue, me encaminé hacia un restaurante de la ciudad para cenar antes de la sesión de noche.

Estudié la carta distraídamente durante un buen rato ligeramente molesto por el ruido que generaban en una mesa próxima unos diez o doce comensales que estaban dándose un auténtico festín. Al final levanté la mirada y….¡aún no me lo puedo creer! Allí estaban Michael Haneke, Susanne Lothar, Ulrich Mühe, Amo Frisch….todo el elenco –víctimas y asesinos– celebrando el éxito de su película (si por éxito entendemos, en este caso, el silencio absoluto, cortante, con que el público acogió el final de la proyección).

Es difícil transmitir las sensaciones vividas a quien no haya visto la película y, sobre todo, a quien no la tenga fresca en la memoria, pero la situación vivida me hizo recordar un suceso similar –salvando todas las distancias- que viví en mi infancia en tiempos de la posguerra española. En aquellos grises años, había muy pocas distracciones además del cine. Una de ellas, circunscrita a los veranos y a los lugares cálidos eran las veladas de boxeo o de lucha libre que tenían lugar en horario nocturno, preferentemente en las plazas de toros. Y a una de las últimas, en Alicante, me llevó un familiar. Era, naturalmente, un espectáculo propio del subdesarrollo pero no dejaba de tener cierto encanto, sobre todo para un niño abierto a cualquier cosa que no fuera el colegio, las procesiones religiosas o las manifestaciones patrióticas. Los primeros combates fueron una sana demostración de peleas limpias, casi de ejercicios gimnásticos que finalizaban en la mayoría de los casos con una puesta de espaldas y el saludo de los contrincantes al final. Pero el combate de fondo, entre Tupac-Amaru (“el indio de los dedos magnéticos”) y el español Ochoa (¡varias veces campeón del mundo!), adquirió tonalidades de tragedia. Los golpes eran brutales, las caídas en la lona tan aparatosas que uno no esperaba que nadie se levantara con vida. Al final hubo más sangre que en “Reservoir dogs” (años después me enteré que los luchadores llevaban pequeñas ampollas con líquido rojo que hacían estallar en el momento oportuno). Bueno, el caso es que la cosa acabó con el público puesto en pie aplaudiendo frenéticamente a los luchadores y yo con un pequeño trauma que, afortunadamente, solo me duró unas pocas horas, ya que, al día siguiente, domingo, mis padres me llevaron a la playa y, al poco tiempo, aparecieron Ochoa, Tupac Amaru, sus respectivas mujeres y varios niños – se supone que hijos de los luchadores- que enseguida empezaron a practicar una serie de llaves en la arena, entre bromas y risas.

P.D. A veces la memoria juega malas pasadas. Y hasta es probable que los hechos que uno relata, como el de la lucha libre americana, en razón de los muchos años transcurridos, le parezca a uno simple fruto de la imaginación. Pero, para eso está Internet. Al terminar de escribir esto tecleé en mi ordenador Tupac Amaru, sin la menor esperanza de encontrar nada, pero mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que todo es verdad: que ese luchador existió realmente, que era conocido como “el indio de los dedos magnéticos” y que disputó combates en España a mediados de los años 50. Hasta pude rescatar alguna foto, como ésta -de pésima calidad- que añado al pie de página.


EL VIEJO CASERÓN DEL TERROR

Me habían hablado muy bien del Viejo Caserón del Terror, del Parque de Atracciones de Madrid. Por lo visto habían contratado a un excelente grupo de actores que representaban en el interior escenas de películas de terror o de grandes obras del género: los inevitables homenajes a los clásicos de la Universal: Drácula, Frankenstein, La Momia etc.,  además de puntuales homenajes a las nuevas tendencias representadas, especialmente, por dos películas: “La noche de los muertos vivientes” de George A. Romero y “La matanza de Texas” de Tobe Hooper. Y una advertencia: muy pocas personas eran capaces de aguantar el trayecto por el interior del caserón hasta el final. Pero existía una posibilidad: escapar de ese ambiente de pesadilla por algunas puertas colocadas estratégicamente. (Eso no hizo más que acrecentar mi curiosidad y no por ser especialmente valiente, ni mucho menos, sino porque tengo muy clara la diferencia entre realidad y ficción. He pasado mucho tiempo detrás de la cámara o entre bambalinas, para saber de lo que hablo). Así que me decido a entrar con los dos hijos de unos amigos, que se pegan a mí como lapas temblorosas.

Comienza la historia.

¡SILENCIO! ¡MOTOR! ¡ACCIÓN!

Exterior- Día.

Parque de Atracciones de Madrid. El Viejo Caserón.

SECUENCIA 1

Una larga cola de personas intentando acceder al Viejo Caserón.

Cada cierto tiempo se da paso a un grupo encabezado por una persona elegida al azar. La mayoría son padres con hijos de la mano. Rostros asustados (los padres más que los hijos). El azar hace que me toque ser cabeza de grupo. Detrás de mí, una larga cola de niños y adultos. ¡Increíble el espectáculo de sus caras!

El caserón está cerrado a cal y canto. Para entrar hay que golpear una aldaba y a mí, como cabeza de grupo, me toca llamar. El juego consiste en que todo lo que nos espera adentro: decorados, actores, luminotecnia, sonidos…solo persigue una cosa: acojonar al visitante. Así que decido cambiar los papeles y lo primero que se me ocurre es llamar a la puerta con todas mis fuerzas, como si estuviera muy cabreado. Tomo aire y golpeo insistentemente durante bastante tiempo, hasta que la puerta, lentamente, se abre.

SECUENCIA 2. Interior noche.

Los goznes chirrían y advierto que el jorobado que me abre el enorme portón, es incapaz de controlar el temblor de sus manos. Las llamas de las velas se agitan, como impulsadas por el último estertor de un moribundo.

Dentro todo está muy oscuro, se escuchan lejanos lamentos, como de almas en pena…Sigo la marcha y a los pocos metros, apartando vampiros, fantasmas, hombres lobo y toda clase de sabandijas, me abro paso hasta un recinto misterioso. Cuando vuelvo la vista atrás observo, estupefacto, que solo quedamos un reducidísimo grupo de 6 ó 7 personas, de los 40 que éramos al principio. Las puertas de emergencia están colapsadas. Continúo mi marcha. Uno de los hijos de mis amigos se aferra a mi brazo con los ojos cerrados. Ya tengo varios arañazos y el olor de la sangre despierta el interés de algunos vampiros. El otro me agarra de una pierna y  apenas me permite caminar.

SECUENCIA 3. Interior Noche.

Dormitorio de Regan (Linda Blair) de “El exorcista”

Una copia exacta del dormitorio de la niña poseída, Regan, nos mira como si fuera el mismísimo Satanás mientras da brincos y grititos encima de la cama al tiempo que intenta, sin conseguirlo, hacer girar su cabeza 180º. Ya nadie nos sigue, una pareja y los dos hijos de mis amigos porque no les queda más remedio.

Caminamos escoltados por varios zombis.

Al final, después de otro largo trayecto, se vislumbra la salida, pero un gigante de casi dos metros armado con una sierra mecánica (“La matanza de Texas”), nos corta el paso. Entonces, acuciado por los niños, le digo que se aparte o aviso a la policía. Mansamente, se aparta, pero el chirriante sonido de la sierra nos hiere los oídos.

LA REALIDAD.

Meses después hablaba de esta experiencia con unos amigos cuando uno de ellos me dijo: “¿No sabes lo que pasó con la chica que hacía el papel de la niña de “El exorcista” en el Viejo Caserón?

No, contesté.

Pues que fue violada por un grupo de tres o cuatro individuos.

P.D. Otra vez he vuelto a dudar de esta historia y otra vez he consultado en internet. Hay quien dice que se trata de una leyenda urbana. Otros, callan.

Otra leyenda urbana, esta no de carácter sobrenatural, apunta a que la actriz que interpreta a la niña poseída fue violada durante un pase. Esta leyenda ha sido desmentida en diversas ocasiones por el parque.2(Wikipedia)

El interrogante sigue: ¿La realidad supera a la ficción o la ficción supera a la realidad?

                                      Antonio Gregori

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