Entrevista por correo. España.

Abril de 2018.

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Nacido en Pamplona, en 1950. Es autor de una ingente obra como novelista, articulista, crítico de arte y literatura, dietarista, poeta y autor de libros de viajes.

Ganador de varios premios, entre ellos el Premio Herralde de Novela por su novela “La gran ilusión”, el Premio Nacional de la Crítica por “No existe tal lugar” o el Príncipe de Viana de Cultura.

Bolivia se ha convertido en una verdadera pasión para Miguel Sánchez-Ostiz, ya que ha dedicado a este país varios libros: “Cuaderno boliviano” (2008), “Chuquiago. Deriva de La Paz” y muy pronto “Cirobayesca boliviana”

Moriarty.- Parece bastante claro que Bolivia en general y su capital La Paz, en particular son algo especial para ti y ya, Pedro Cieza de León (y lo recoges en tu libro) había dicho “Esta tierra es buena para pasar la vida humana”. Centrándonos en La Paz nos gustaría empezar con la misma pregunta que te hizo el poeta Ricardo García Camacho: ¿Qué te gusta de La Paz? 

MIguel Sánchez-Ostiz.- La calle, sus cielos, el laberinto, los mercados, las cocanis, el lechón callejero de los sábados en la Gonzales, al lado de las floristas, los callejones, los decires, la arquitectura que Ramón Gómez de la Serna diría sin duda que es cataclismática, las entrañas coloniales que todavía queden detrás de las fachadas republicanas (los «maestros fachadistas» acabaron con las fachadas coloniales)… y mis amigos y amigas, su acogida año tras año.

M.- Tu libro no es un catálogo de lugares que todo turista debe visitar. Muy al contrario, tú hablas de tu propia experiencia con la ciudad, sin ocultar el lado oscuro, que lo tiene, como todos los lugares. Y lo haces con una prosa que te atrapa pasando revista a  personas, caminos, olores y  sensaciones. Tú mismo dices que tu visión es la del “cazador de momentos vividos”. ¿Crees que antes de escribir sobre algo hay que vivirlo?

 MSO.- Desde luego eso es lo que yo hago… aunque también escriba de lo que no he vivido, pero me hubiese gustado vivir, saudades. Lo decía Thomas Bernhard: escribo de donde sé algo. No podría escribir de ciudades en las que nunca he estado. Con los viajes pasa lo mismo.

M.- No es lo mismo ser “flâneur” en París que serlo en La Paz. ¿Qué significa ser “flâneur” en la capital boliviana?

MSO.Bueno, eso que digo es una enormidad literaria con poco fundamento. París también te puede dar sorpresas y sustos morrocotudos. Todo depende de por dónde te metas, pero el callejeo paceño, fuera de las rutas turísticas, te asoma por fuerza a lo insólito, al circo hilarante, a la paradoja  y a lo tenebroso… Mi difunto amigo, el arquitecto Juan Carlos Calderón, el mejor arquitecto que ha tenido Bolivia, me decía: «Aquí, la gente sale a la calle con intención de molestarse». Y nos reíamos mucho porque el caminar por la ciudad te obliga a un zigzagueo que pone a prueba tu destreza y capacidad de aguantar al género humano, tú mismo para otro, claro.

M.- Hablas de sus narradores y sus poetas, de sus cineastas, de sus cárceles y cementerios, de sus cafés, de su vida política, del soroche (mal de altura) o de las propiedades de las hojas de coca, entre otros muchos temas. Nos gustaría pasar revista a algunos de estos temas y uno de los primeros pensamientos que me viene a la cabeza cuando se habla de La Paz es el de su gran altitud. ¿Cómo se combate el “soroche”?

 MSO.- Yo con hoja de coca, acullicada, porque digan lo que digan la infusión, que es muy digestiva, para ese asunto no sirve. Tiene poca gracia andar con soroche y sobre todo si te da de noche. Y luego hay días que por muy buena coca que tengas, solo te salva la paciencia y el esperar que amanezca.

M.- Como gran parte de las ciudades, siempre encontramos, al menos, dos ciudades: la ciudad pobre y la de la gente rica. Tú hablas de las dos, pero, especialmente de la primera, de la vida cotidiana. ¿Crees -utilizando tus propias palabras- que “todo forma parte de un fresco que nunca acabas de componer”? 

MSO.- Es que la Zona Sur me pilla lejos y solo voy cuando no queda más remedio. Y luego la «gente rica», pero chola, tiene sus comercios fabulosos en el barullo, pero se va comprando al contado las casas de los blancos ricos en un movimiento imparable. En ese sentido la película Zona Sur, de Valdivia, de invención no tiene nada.

M.- Hablemos de la coca. Y recordemos, una vez más, que la hoja de coca no es la cocaína aunque todavía hay quien las confunde. ¿La hoja de coca tiene propiedades medicinales o es un instrumento de dominación del indio?

MSO.Por supuesto que tiene propiedades medicinales, al margen de las digestivas, probadas, basta consultar cualquier estudio solvente sobre el particular. Lo segundo que me apuntas es más conflictivo. Una cosa es en tiempos de la colonia o de la república, hasta la revolución de 1952, y otra cosa en la actualidad. El pensador indígena Fausto Reinaga era un enemigo acérrimo del consumo de hoja porque según él idiotiza y eso te hace manipulable, y a él le siguen originarios de hoy día. Bien es verdad que ha servido para aguantar unas condiciones de vida realmente duras. Lo suelo pensar cuando veo cómo la consumen los ancianos.

M.- ¿Qué supone la hoja de coca en la vida cotidiana de la ciudad? ¿Cuál ha sido tu experiencia en este aspecto?

 MSO.- Primero, el comercio de las y los cocanis, sobre todo las, esto es los vendedores callejeros de hoja de coca, es una estampa habitual de las calles de La Paz o de El Alto, antiguos barrios indígenas sobre todo, de la plaza de San Francisco para arriba. Mi experiencia es la de consumidor habitual, me gusta y me ha ayudado a superar momentos malos. En las reuniones de amigos no falta y es un buen engrudo social, y eso que hay gente que la detesta. El k’ara, esto es el blanco, la consume a escondidas porque está mal visto hacerlo en público.

M.- ¿Cuál es la postura del gobierno y en especial la de su presidente Evo Morales sobre el consumo de la hoja de coca?

MSO.- La de batallar por su legalización o cuando menos por su no persecución sistemática. La no erradicación de los cultivos fuera de control, digan lo que digan, es otro problema, como lo es la elaboración artesanal de pasta base, tanto en los Yungas como en el Chapare cocalero. Lo que un columnista de prestigio, Ramón Rocha Monroy, llama la “democratización” del narcotráfico que excede a los grupos mafiosos tal como los conocemos (cartel) y se extiende al pequeño agricultor o al que no tiene mejor cosa que hacer y saber hacer uso de una bañera.

M.- ¿Es verdad que su consumo está tan extendido en la vida cotidiana que prohibirlo sería impensable?

MSO.- Me temo que sí. Hace unos años asistí al día nacional de la coca en la plaza Villarroel y aquellos miles de personas de varias regiones reunidas en la plaza, con sus tambores de coca, su charangas y pancartas te hacían pensar que, de erradicación, nada. Hay que aceptar que los cocaleros del Chapare, de donde viene el presidente Morales, tienen un peso político indudable.

M.- En tu libro dedicas varios capítulos a los cementerios de La Paz. El dedicado al cementerio de La Llamita es, sencillamente, escalofriante. Y también, aunque en menor medida, el cementerio general. Al primero acudiste llevado por tu interés de narrador a la busca de pistas sobre un joven español que fue asesinado junto a otros dos jóvenes austríacos, mientas que tu visita al segundo tiene más que ver con el repaso a la historia de las ciudades que en gran parte se encuentra impreso en las lápidas de los cementerios. En todo caso ¿cómo ven los bolivianos el tema de la muerte?

MSO.- Bueno, hay que distinguir por regiones y no es lo mismo la población blanca que la indígena originaria y tampoco es lo mismo el Altiplano que la Amazonía o el Beni. Entre los originarios y cholos, la muerte, el fallecido, al menos durante un tiempo, forma parte de sus vidas. Cabe hablar de un culto a lo muertos muy extendido. Se trata de una relación compleja con las almas de los fallecidos (intermediarias con el más allá)  y con sus cuerpos, como explico con detalle en una novela boliviana que saldrá en breve, Diablada, tanto en España como en Bolivia. Ahí está la ceremonia tradicional de las ñatitas, las calaveras protectoras, que se celebra el 8 de noviembre, el tener algunos restos humanos debajo de la cama o la más escalofriante ceremonia del Rincón de las almas perdidas, del cementerio general de Cochabamba. Digamos, que los muertos pasan un tiempo entre dos mundos hasta que encuentran sosiego. Hay un antropólogo español buenísimo, al que se cita menos de lo que se debiera y  que ha estudiado este asunto a fondo: Gerardo Fernández Juárez.

M.- A lo largo de tu libro hablas de varias películas bolivianas, entre ellas “El cementerio de los elefantes” de Tonchy Antizana o “Zona Sur” de Juan Carlos Valdivia. Soy un viejo cinéfilo y del cine boliviano recuerdo las excelentes “El coraje del pueblo”, “Fuera de aquí”, “La sangre del cóndor” o “La nación clandestina” de Jorge Sanjinés y  algunas de Antonio Eguino, pero el reciente cine boliviano es poco conocido fuera de sus fronteras a causa de la dificultad por abrirse camino en un mercado dominado casi desde el nacimiento de la industria por el coloso del norte. Sin embargo, tenemos internet y las posibilidades de acceso a estas cinematografías son casi ilimitadas. He mirado en youtube y allí se encuentran algunas de las películas citadas por ti. ¿Cuál de ellas recomendarías?

“La sangre del cóndor” de Jorge Sanjinés

MSO.- Las primeras, obviamente, todas las de Sanjinés, luego Chuquiago, de Eguino, una gran película en mi opinión en la que la ciudad es la protagonista, porque además en esta intervino Lucho Espinal, el jesuita asesinado en 1980, impulsor de la cinefilia boliviana, American Visa, El cementerio de los elefantes, Zona Sur, Los Andes no creen en Dios, El atraco, Cuestión de fe, de Marcos Loayza, en la que hay imágenes de los katos de coca de Yungas .. Ah, ¡Y que no se me olvide, ¿Quién mató a la llamita blanca?!, que es un despiporre corrosivo, como de un Berlanga andino…

M.- ¿De dónde viene esa aversión a la fotografía que tienen los bolivianos, especialmente en mercados y  lugares públicos? ¿Hay que volver –como señalas-  a lo que decía John Le Carré: “hay que anotar, nada suple a las anotaciones”?

MSO.- Pues se dice que si es de que creen que les arrebatan el alma, no, eso es una simpleza de etnografía de barbecho. Lo que están es hasta los mismísimos de que los utilicen «para calendarios», es decir, de ser objeto de caza fotográfica con fines comerciales, de sacar dinero con sus rostros y vidas… en mi opinión y experiencia. Tal vez por eso he visto fotógrafos gringos con guardaespaldas… Algún problema sí he tenido, la verdad, por andar con una cámara en la mano. Y tiene razón Le Carré porque esos miles de imágenes que conservo, de diez viajes, porque las del primero se perdieron, no me sirven de gran cosa.

M.- Algo parecido a lo que pasa con el cine sucede con la pintura y la literatura del país.  Arturo Borda, pintor del cuadro “Filicidio”, también fue autor de un libro inacabable y casi imposible de encontrar, “El loco”. Igualmente citas a los escritores Jaime Saenz, autor de “Felipe Delgado”, o Víctor Hugo Viscarra. Y aquí en este mismo medio hemos entrevistado a Edmundo Paz Soldán, pero quien lea “Chuquiago” comprobará que también la literatura del país es casi desconocida. ¿Por qué no se incluyó a Bolivia en el boom?

 MSO.- Lo ignoro. Bolivia es la gran desconocida en todos los sentidos y el literario no es el menor. José Miguel Ullán publicó la obra poética de Jaime Saenz hace ya unos cuantos años y más recientemente una editorial de Sevilla ha hecho lo propio con el ya mítico Borracho estaba pero me acuerdo, del Victor Hugo Viscarra, pero hay poetas y narradores excelentes, como Claudio Ferrufino-Coqueugniot, que ya tiene dos títulos publicados en España, René Bascopé, el Adolfo Cárdenas, Ramón Rocha Monroy, poetas excelentes como Humberto Quino,  es verdad que estos eran muy jóvenes cuando el booom que ignoró a Cerruto y a Céspedes… y entre los más jóvenes hay unos cuantos que van a hacerse notar –Urquiola, Piñeiro, Urrelo…–  pero es raro que les acepten ser publicados en España.

M.- Otro lugar al que dedicas tu atención en “Chuquiago” es la cárcel de San Pedro a la denominas “la cárcel más loca del mundo”. ¿Cómo conseguiste visitarla y qué encontraste en su interior?

La cárcel de San Pedro

MSO.- La denominación no es mía, sino de una guía gringa que sigue lo dicho en un reportaje que hizo época. Me metieron a visitar a Leopoldo Fernández, gobernador de Pando, acusado del genocidio de Porvenir, «disfrazado» de sobrino de un maderero gallego, socio del político en la Amazonía… Lo que encontré dentro de la cárcel fue un «desdiós». Leopoldo Fernández vivía con su esposa en un apartamento, cutre, pero apartamento que te hacía pensar en cómo serían las zahúrdas de los que no tenían dinero, y comía en familia, como otros presos menos afortunados, vi la entrada de niños que regresaban del colegio a su casa familiar, la cárcel, conversé, con algún preso español por narco, saludé a un corrupto desvergonzado, vi tiendas y el conjunto era como un hormiguero con unas actividades comerciales imparables… y dicho sea de paso, lo que han hecho con Leopoldo Fernández pone en tela de juicio el propio estado de derecho y hace pensar en auténtica indefensión frente al poder ejecutivo.

M.- También dices que esta cárcel es el centro del mercado de la pichicata de calidad. ¿Es verdad que allí se elabora la mejor de Bolivia?

MSO.- Eso dicen… la cárcel está rodeada de leyendas. El difunto Filemón Escóbar, líder minero, en sus memorias cuenta que los mangutas salían de noche a dar palos y regresaban con el botín de amanecida. Algo pasa, eso es cierto, y es mejor no acercarse a los paquetes que salen volando nocturnos por encima de los muros que dan a la calle Gonzales. Leyendas urbanas, claro, claro…

M.- Volviendo al cine, Diego Mondaca realizó en 2008 la película “La Chiroca” sobre la vida en la cárcel de Pedro Cajías de la Vega. ¿Quién fue este personaje?

MSO.- ¡Uuuuh…, Pedro! No estuve con él más que una vez, en la calle, cuando se acercó a vendernos la película de Mondaca. Ya falleció. Era miembro de una familia, los Cajías, de gente de prestigio, valiosa, cada cual en lo suyo, Fernando, historiador y diplomático,  Lupe, escritora y columnista de prensa muy combativa,  Pancho, fotógrafo, escritor, poeta, ya fallecido… Y lamento que mi acompañante aquel día no quería que nos vieran con Pedro, no por ser ex guerrillero, sino porque mi acompañante era un pasmao y temía comprometerse si nos veían en compañía de aquel «maldito» que tenía mucho que contar.

M.- También te ocupas en tu libro de los tres escritores españoles que escribieron sobre Bolivia: Eugenio Noel, Ciro Bayo y Ernesto Giménez- Caballero. 

MSO.- Sí, Noel estuvo en Bolivia en varias ocasiones. La que más me interesa es la de 1930, cuando participó en «la revolución de los Estudiantes», en Oruro, donde también estaba Ernst Rhom, el jefe de las SA nazis, como profesor de la Academia de Suboficiales. Ciro Bayo estuvo cuatro años en Bolivia, entre Sucre y Riberalta-Madre de Dios, de 1893 a 1897, no más, como se dice, y a su estancia y andanzas he dedicado un libro que aparecerá en breve, Cirobayesca boliviana… Creo que Bayo salió espantado de lo que vio y de lo mucho que silenció en la Amazonía cauchera. Giménez Caballero hizo un viaje a Bolivia, después de la Revolución del 52, desde Paraguay, donde estaba de Agregado cultural, y escribió un estupendo libro, Maravillosa Bolivia –al margen de las inevitables pero muy ilustrativas «cosas de Gecé».

M.- En tu libro te acercas a muchos más lugares y personajes, como la plaza de toros “Olympic”, la más alta del mundo, los mercados “Rodríguez” y “Uruguay”, los lustrabotas, la calle Los Andes…en fin tu mirada es como una larga panorámica sobre la ciudad. A veces pones el foco en temas, lugares o personajes que no aparecen en los libros de viajes convencionales, lo que demuestra tu especial vinculación con La Paz. ¿Volverás a vivir su encrucijada?

MSO.- En cuanto pueda, ya mismo a ser posible y ojalá así sea. La echo mucho de menos o a los amigos que allí tengo.

M.- Acostumbramos acabar estas entrevistas con un tema musical. En este caso parece bastante claro que el broche final ha de ponerlo los Kjarkas con “Chuquiago Marka”. ¿Estás de acuerdo?

MSO.- Sí, pero no de noche y en la habitación encima de tu cuarto… debería haber subido, menuda farra se corrieron ni el gallo les redujo, qué temple…

M.- Muchas gracias.