LOS PROFESIONALES, LOS MEDIOS y EL PÚBLICO

Es muy probable que en ningún otro ámbito laboral se oiga hablar con más frecuencia de “lo profesional”, que en el mundo del espectáculo. Tanto en el cine, como en el teatro o en la televisión, actores, directores o productores hablan continuamente de su “profesionalidad”, sin caer en la cuenta de que, en demasiadas ocasiones, lo que ellos consideran, de tanto repetirlo, como una gran virtud, acaba manifestándose, casi siempre como una auténtica carencia. Y esto es así, sobre todo, en el caso español. Voy, por tanto, a contar dos casos vividos por mí, en dos festivales de cine, Valladolid y Venecia y que tienen como protagonistas a dos destacadas figuras del cine norteamericano: STANLEY DONEN y ROBERT ALTMAN. Creo que ambos casos servirán  para entender lo que yo considero un “profesional” o, mejor aún “un gran profesional”.

                                                      La SEMINCI y STANLEY DONEN.

Stanley Donen bailando claqué en la Seminci

En el año 1989, en la 34 edición de la Semana Internacional de cine de Valladolid, Fernando Lara, director del certamen, decidió dedicar un homenaje al gran director norteamericano Stanley Donen, porque era de absoluta justicia que el director de películas como “Cantando bajo la lluvia”, “Siete novias para siete hermanos”, “Siempre hace buen tiempo”, “Página en blanco” o “Dos en la carretera”, tuviera, por fin, un homenaje en un festival de cierta importancia, algo que, por descuido o por supina ignorancia le había sido escamoteado hasta ese año. Maestro del cine musical y autor de la que es, seguramente, la obra maestra del género, “Singuing in the rain”, Donen podría haber ocupado igualmente el lugar que hoy ocupa en la historia del cine por una sola de las películas que anteriormente hemos citado.

Debbie Reynolds, O, Connor y Kelly en “Cantando bajo la lluvia”

Recuerdo la primera aparición de Stanley Donen en el Teatro Calderón de Valladolid, en la sesión inaugural de la 34 edición. Donen, con su aspecto de director de una entidad bancaria, hizo las delicias del público, contando anécdotas de su trabajo para acabar metiéndoselo literalmente en los bolsillos después de bailar claqué en el escenario. Pero no es esto lo que quería señalar de aquella edición sino el hecho de que, desde el día siguiente y hasta el final del festival Stanley Donen no dejó en ningún momento de conceder entrevistas a todos los medios de comunicación: nacionales y extranjeros, grandes y pequeños. Sin pausas y sin prisas, hasta llegar a convertirse en alguien tan habitual de ver en el hall de un hotel como los recepcionistas, el barman o el portero. A todas horas se le veía siendo entrevistado por una TV local, nacional o autonómica, una emisora de radio, un periódico o una revista especializada. Pero he dicho “a lo largo de toda la semana” y debo rectificar: menos la última tarde del certamen, cuando el festival estaba, prácticamente, acabado. Más tarde me enteré que Stanley Donen había pedido, para la última tarde un coche de producción con chófer para ir a visitar un monasterio de la provincia de Valladolid que le habían recomendado efusivamente.

Eran las cuatro de la tarde y allí estaba yo a punto de salir del hotel para asistir a una de las sesiones para la prensa. Esperando en la puerta del hotel había un coche con el motor en marcha esperando, también, al director norteamericano. Donen salió delante de mí para dirigirse al coche y, en ese mismo momento dos jóvenes de no más de 15 años le abordaron y le solicitaron una entrevista. Donen les miró un instante y, sin pensárselo dos veces se acercó al coche, habló con el conductor, el coche arrancó y Stanley Donen volvió al hotel acompañado por los dos chicos. Miré hacia atrás y vi como los tres se sentaban en uno de los sofás y comenzaban a hablar. Cuando volví, al cabo de dos horas, después de ver mi película en el Teatro Calderón, allí seguían, conversando, en el mismo lugar donde les había dejado. La misma noche una persona del equipo de dirección del festival me dio más detalles: Stanley Donen había pedido la tarde libre y el coche de producción desde el mismo día de su  llegada porque estaba realmente interesado en la visita al monasterio, pero no dudó ni un instante en conceder la entrevista a los dos jóvenes estudiantes. ¿De qué medio eran?, se preguntará alguien: preparaban una revista del Instituto donde estudiaban y querían incluir en ella una entrevista con Stanley Donen.  Eso también me lo contó la persona del equipo de dirección de la Seminci.

En esa misma edición del certamen vallisoletano fui testigo de otro caso diametralmente opuesto. Una compañera mía de RNE se acercó a un actor español de segunda fila para pedirle acudir en directo al programa que se estaba realizando desde el hall del Hotel Olid Meliá. Se trataba de participar en un coloquio de unos diez minutos de duración sobre la película en la que participaba el actor y que se había presentado por la mañana en el Teatro Calderón dentro de la sección oficial. El actor, cuyo nombre me callo, dijo que no podía participar en el coloquio porque había quedado para comer con unos amigos. Cuando acabó el programa de radio, el actor español continuaba charlando sobre el tiempo con otra persona a la puerta del hotel.

                                                          ROBERT ALTMAN EN VENECIA

El otro caso lo protagonizó el también director de cine norteamericano ROBERT ALTMAN. Fue en el marco del Festival de Venecia de 1982, del cual hice la cobertura informativa para RNE.

Robert Altman

Prototipo del cineasta independiente para unos, independiente “malgré lui”, para quienes piensan que el realizador adoptó  este papel tras el fracaso de películas como “Búfalo Bill” o “Popeye”, Robert Altman es, en todo caso, el perfecto ejemplo de la supervivencia dentro del sistema, el auténtico paradigma del camaleón de Hollywood. Capaz de llegar a enormes masas de espectadores en películas como “M.A.S.H.”, de manejar grandes presupuestos o de seguir las huellas a veinticuatro personajes en la Meca del “country”, Altman ha sabido, cuando la ocasión lo requería, situarse en el extremo opuesto: hacer cine de raquítico presupuesto, películas de un solo personaje, como “Secret Honor” o pequeños filmes experimentales. Su carrera en el mundo del espectáculo abarca una variadísima gama de canales expresivos, del cine al teatro, de la televisión a la ópera, de la producción al teatro filmado, constituyendo sus obras auténticos desafíos creativos que el paso del tiempo ha convertido en verdaderas piezas de antología.

Tal vez una buena forma de entender la actitud de Altman ante el cine sea recordando una experiencia personal en la “Mostra” de Venecia de 1982. En una pequeña sala del Casino veneciano Altman presentaba un interesantísimo ejercicio de estilo y de interpretación coral titulado “Come Back to the Five and Time Jimmy Dean, Jimmy Dean”, la primera película en la que Cher hacía una papel de cierta importancia. A la sesión apenas acudimos siete u ocho personas, pero nuestra sorpresa fue grande al encontrar al propio Altman en el minúsculo “hall” de la minúscula sala repartiendo sonrisas y folletos con el mismo entusiasmo con que, más tarde, alumbraría con su linterna a dos espectadores que llegaron con retraso a la proyección. Altman tenía entonces 57 años, había ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes, el “Emmy” televisivo y los más importantes premios de la crítica norteamericana. Y allí estaba, con un enorme paquete de “press-books” en sus manos, defendiendo su película como si de un joven debutante se tratara. Nada más opuesto al “show” con que algunos directores –norteamericanos o no- adornan su presencia en los distintos escaparates festivaleros.

¿Qué os parecen estos ejemplos de profesionalidad? No estamos hablando de dos jóvenes que empiezan y presentan un cortometraje en el marco de un festival de cine, sino de dos auténticos gigantes de la historia del cine. Dos grandísimos profesionales y dos excelentes personas.

En el extremo opuesto se sitúan todos aquellos que presumen de “profesionalidad” y que al acabar un rodaje o al finalizar una campaña de promoción de su película o su libro, se olvidan por completo del asunto ignorando que las obras de creación permanecen en el tiempo y que nunca, nunca, se acaba el compromiso del artista con su obra por pequeña que sea su participación en la misma. Al cabo de muchos años de periodismo y como profesional del cine y de otros medios he podido comprobar algo que desgraciadamente se da con mucha frecuencia: cuanto mayor es el prestigio y el talento del personaje, mayor es su humildad y más grande es la atención que dispensan a los medios de comunicación. Los buenos profesionales saben (y no es una frase cualquiera) que “se deben a su público”, cualquiera sea el lugar, el momento o la importancia del medio.         

Antonio Gregori    

P.D. En la foto de presentación de este artículo Stanley Donen baila claqué bajo la atenta y sonriente mirada de Sofía Loren en la “Mostra” de Venecia. Donen falleció en Manhattan, (Nueva York) en febrero de este año 2019, a la avanzada edad de 94 años. Desde aquí quiero dedicar un emocionado recuerdo a la obra de este gran director, coreógrafo y bailarín y, sobre todo, a la memoria de una gran persona, a su cordialidad y exquisita educación. Y otro tanto para Robert Altman, fallecido en noviembre de 2006. Ya quedan pocos profesionales como ellos.

                                                                

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