El dichoso fantasma de la división parece haber esperado, cautelosamente, para volver a manifestarse en el momento más oportuno. Espera en la sombra hasta poder sumergirse de lleno en su rival más débil. La derecha siempre está exenta a este suceso, su pragmatismo no se lo permite y, por ello, suele salir intacta de las etapas de Congresos (sí, con mayúscula). Puede parecer imposible presumir de idealismo en unos tiempos tan corrosivos como los nuestros, pero, aunque gran parte de ellos huyan de aquel sobrenombre tan elocuente, la izquierda vuelve a dividirse. Dichosos los chistes que nos restriegan el amargo sabor de la realidad ante nuestros ojos, doloroso que sea ese el mismo motivo de nuestra pérdida de vigencia, de la decadencia moral de la izquierda en el mundo actual.

En tiempos de Congreso, caven trincheras, agarren sus fusiles y esperen el primer ruido de disparos. En ese mismo instante, de manera peculiar y desconocida, surgirá un conservador para sorprenderlo. Como un pequeño brote en el acné de un adolescente, surgen estos mismos intrusos en las filas de los partidos.

Permítaseme construir una metáfora narrativa con cierta perversión. Los partidos de la izquierda, y excluyo a los liberal-progresistas, que se autodenominan socialdemócratas por todo el ancho y largo de Europa, ya que no caben en dicho seudónimo por cuestión de naturaleza, siguen el proceso vital de los rasgos faciales en el transcurso de nuestras vidas. Los partidos nacen con un acné impecable, su piel se luce sedosa y al pasar nuestros dedos, con suavidad, por sus facciones, denotamos un tacto exquisito. Todo son proclamas y celebraciones. Júbilo, deseo y descubrimiento.

En el preciso momento del nacimiento, por regla general, son pocos los que han acudido a dicho acto, sólo aquellos fervientes defensores que hicieron todo ello posible. Pero ya saben, es cuestión de días que todos sepan de nuestra existencia. El boca a boca nos hace divagar, como protagonista único, entre todos los rincones de la palabra. Incluso nuestro padre o nuestra madre se encarga de preparar un difundido listo para salir a imprenta. El sonido de las teclas se asemeja al de las rotativas, al de los titulares incrustados en el impertérrito papel blanco, a las cabezas de periódico, a aquel dichoso ruido que abre los titulares. Todos, cuanto pueden, acuden a vernos, nosotros, inauditos, reaccionamos con llantos o risas, indistintamente, con una arbitrariedad sin patrón alguno al cual responder por nuestros actos.

De el mundo, de las primeras letras del abecedario y del sentido de la razón no nos queda más que llorar. A continuación, nos anuncian, sin que todavía lleguemos a comprenderlo, que somos el sexto hijo de, cómo no podía ser de otra manera, cinco hermanos. De nuestros hermanos no nos esperamos nada, pero, a medida que pasa el tiempo, tampoco lo hacemos de nosotros mismos. Desconfiamos de nuestra propia existencia, y como toda duda es una buena premisa para hacerlo, lloramos. Más tarde, con una sonrisa pícara, nos dicen que nuestra familia se extiende más allá de las fronteras de el país. Todavía desconocemos a esas personas, pero lo que parecía desconfianza no tarda en convertirse, de nuevo, en llanto. El tiempo avanza y nos sentimos ajenos a la realidad, desviamos la mirada a nuestros más cercanos mientras pensamos en la posibilidad de haber nacido en otro planeta.

Nuestro pulcro rostro permanece intacto, pero, de repente, y sin estar preparados para ello, aparece, como un intruso vaticinio, una espinilla. Dichosa sepultura y misterioso motivo por el que quiso aparecer en nuestro rostro. Malditas espinillas, malditos conservadores, que aparecen sin previo aviso para destrozar nuestra imagen. Parecían esperar, agazapados, escondidos bajo los rasgos que dibujan nuestra cara sobre el lienzo, al momento oportuno. La juventud, como los Congresos, son sus momentos más esperados. La efervescencia corre por los discursos y nuestras hormonas se revolucionan (qué curioso que a los partidos les pase lo contrario). Su deseo consiste en perturbar a los presentes. Imagínese a esos conservadores afilando sus espadas, en la sombra, esperando al pistoletazo de salida para hacer de aquella batalla todo sangre. Es cierto que la analogía requiere imaginación y puede resultar desagradable, pero es real como la vida misma, igual de cruel.

Dependiendo de la naturaleza y la genética que hayamos heredado, esas incómodas espinillas tenderán a desaparecer o a reproducirse. Este proceso, por regla general, sólo le sucede con fuerte intensidad a la izquierda. La derecha no se mira al espejo, prefiere desestimar todo juicio de moral. La izquierda siempre, y si no lo hace puede caer en la trampa de perder su propia condición, debe mirarse al espejo. Siempre ha de buscar la integridad en el reflejo de sus ojos. En este caso, Podemos, no sé si ha sido capaz de hacerlo, pero desde luego que esas espinillas, esos ambivalentes y tercos conservadores, le han salido por toda la cara. Por lo tanto, ahora sólo caben dos opciones: que esas dichosas espinillas les causen cicatrices tales que nos cause pavor mirarles o que sólo sean ligeras extrañezas casi imperceptibles.

Creo que hay algo que sí que tengo claro, los partidos de izquierdas, como las caras, no pueden aprender unas de otras. Todo depende de la naturaleza del propio partido, pero, algunos, quizá ya, tras tanto paso del tiempo, se han convertido en ásperos rostros envueltos en las arrugas de la vejez. Quizá parezcan ya muertos o a punto de reencarnarse en ese rostro tan adolescente del cual salió con sus magulladas renuncias bajo el brazo. La tan evocada Constitución, monarquía y bandera.

Hasta que volvamos a vernos, hasta otra vida en la que no existan esas espinillas ansiosas por su plato de victoria. Hasta que no pensemos en llegar, sino en el verdadero sentido por el que iniciamos nuestro camino.

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