Entrevista por correo. Estados Unidos.

Moriarty. Enero 2018.

LAUREN ELKIN

Nacida en Nueva York. Escritora, profesora de inglés, editora de la revista The White Rewiew y codirectora del Centre for New and International Writing de la universidad de Liverpool. Ha publicado diversos ensayos en The New York Times Book Review y The Times Literary Suplement. entre otras prestigiosas publicaciones. Su primera novela The floating Cities consiguió el premio de los lectores en el Festival Literario Rue des Livres.Ha residido en Nueva York, París, Londres, Venecia, Tokio y Hong Kong.

Moriarty.- El término “flâneur” aparece por vez primera a finales del siglo XVI y hace referencia a un personaje que “demabula”. Para Baudelaire significa algo así como “el que callejea sin rumbo”. Sin embargo, desde entonces y hasta bien entrado el siglo XX, la mujer quedaba excluida ya que para la mayoría, la mujer que estaba en la calle era, casi con toda probabilidad, una prostituta. Pero tú apuntas a que, en la calle, había mujeres que, evidentemente, no era prostitutas. En cualquier caso la flâneuse no disfrutaba de la misma libertad que el flâneur. ¿En aquella época ser transgresora suponía, simplemente, pasear por donde los hombres lo hacían? 

L.E.- Como mujer, ser transgresora significaba hacer lo que las mujeres no hacían, lo que en muchos casos, sí significaba caminar donde los hombres lo hacían. La pintora Marie Bashkirtseff, por ejemplo, anhelaba poder ir y venir a su antojo por la ciudad. “Sin esta libertad, escribió en su diario en enero de 1879, “uno no puede convertirse en un gran artista”. Pero ella no se atrevía a salir sola, “porque una mujer que merodea es insensata”. Bromeaba sobre comprar “ropa simple y una peluca” para hacerse “tan fea” y ser “tan libre como un hombre” pero por supuesto que no lo hacía. Su vanidad (y su miedo a la desgracia) se llevaban lo mejor de ella. Escribo en el libro sobre George Sand haciendo algo similar cuarenta años antes. Cuando se mudó a París quería caminar libremente por la ciudad de punta a punta durante todo el día, pero no podía debido a las limitaciones que le imponía su ropa de mujer, así que compró algunas botas y pantalones para jóvenes y así, vestida de joven, podía volverse invisible en la ciudad. En ese momento era ilegal que las mujeres en Francia usaran pantalones (y técnicamente aún lo es, aunque ha sido “implícitamente derogado”), tenían que solicitar un permiso especial para hacerlo, pero, por supuesto, Sand no solicitó un permiso. Así que también transgredía legalmente.

M.- La mujer, antes recluida en el hogar, empieza a ser visible gracias, entre otras cosas, al surgimiento de los Grandes Almacenes y Zola ya se ocupó de este fenómeno en su novela “El paraíso de las damas”. ¿Fue un cambio que afectó a los interiores exclusivamente y no a las calles?

L.A.- Las mujeres obtuvieron mucha más libertad en la ciudad hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y esto incluyó la libertad de poder aparecer, sin acompañantes, en las calles. Se abrieron más espacios comerciales de ocio como grandes almacenes o cines, y salones de té que atendían almuerzos de señoras; las mujeres también comenzaron a utilizar la bicicleta, lo que pronto fue sinónimo de la Nueva Mujer y su liberación.

M.- Llevándolo al plano personal, ¿convertirte en flâneuse fue, para ti, un sueño hecho realidad?

L.A.- Realmente no lo fue. Nunca había oído hablar del flâneur hasta que me mudé a París, y nunca había pensado en caminar por la ciudad sin un destino. Así que París y el tipo de paseos a los que invita, fue más un descubrimiento que algo con lo que soñé de antemano.

 M.- ¿Son el flâneur y la flâneuse, personajes esencialmente urbanos? ¿Qué los diferencia de los caminantes, de los senderistas?

L.A.- Ciertamente, el flâneur y la flâneuse son criaturas urbanas; el senderismo es algo que asocio con paseos por la naturaleza. (Supongo que hay ciudades como LA donde se puede ir de excursión, pero por “urbano” me refiero al paisaje construido.) El flâneur y la flâneuse no caminan porque estén viajando del punto A al punto B, sino porque están tomando la ciudad, teniendo algún compromiso con ella que no sea útil, sino basado en el descubrimiento.

M.- Los situacionistas inventaron el concepto de la “psicogeografía”, según el cual pasear se convierte en “ir a la deriva” y George Perec ha dicho que lo infraordinario es lo que pasa cuando no pasa nada. ¿Ya eras flâneuse” en el París de 1990 sin saber que lo eras?

L.A.- ¡Creo que lo era, sí! (hacia 1999.) Una vez que oí la palabra, la reclamé para mí misma, pero creo que lo hice antes de saber que lo estaba haciendo. Llevar un diario era gran parte de aprender a apreciar lo infraordinario: caminaba un rato y luego me instalaba en un café y escribía sobre cualquier cosa, escribía sobre lo que veía, cómo eran los cafés, cómo se veía el día. Definitivamente era un comportamiento protoperecquiano, mucho antes de que conociera su intento de “agotar un lugar” en París.

M.- En tu libro relatas tus andanzas como “flâneuse” en cinco ciudades: Nueva York, París, Londres, Venecia y Tokio, ciudades en las que residiste por diversos motivos. La primera fue Nueva York durante tu primer año en la universidad y, ya en el segundo, viviste en una residencia en la calle 121 con Amsterdam. Aquí citas a Dorothy Parker y Edith Warton. ¿Al interesarte por la ciudad empezaste a prestar mayor atención a la política, la literatura y a la historia de las mujeres?

L.A.- Sin lugar a duda. Fui criada en Estados Unidos en los años 80 y 90, una época en la que la frase “postfeminista” se popularizó; pensábamos que el feminismo había funcionado y que ya no lo necesitábamos. Mi despertar feminista ocurrió en Barnard, el colegio femenino de la Universidad de Columbia. Al mudarme a la ciudad para asistir a Barnard, adquirí el hábito de caminar. Todavía no era flânerie (o flâneuserie) porque realmente no caminaba sin un propósito, pero definitivamente fue la primera vez que comencé a caminar para llegar a algún lugar, en lugar de tomar un coche. Y fue a través de caminar que comencé a prestar atención a la forma en que se formó el mundo.

M.-. En el capítulo dedicado a Londres es Virginia Woolf quien guía tus pasos. Ella vio en Bloomsbury no solo un vecindario geográfico sino un espacio de libertad. Tú quisiste ver el Londres de Virginia Woolf y seguiste sus pasos pero te resultó casi imposible. Su propia casa en Tavistock había sido bombardeada en 1940 y en su lugar se construyó el Hotel Tavistock. En todo caso, ¿fueron las calles lo que le dieron a Virginia Woolf todo lo que necesitaba como persona (“caminar sola por Londres es el mayor descanso”) y como escritora?

L.A.- Ciertamente le proporcionaron mucho material. Todavía amaba la naturaleza y su hogar en la zona rural de Sussex, pero Londres fue al corazón de quién era ella, y cuando su casa fue destruida, creo que también fue destruida una parte de ella misma.

M.- Ella denominó  “street haunting” (merodeo callejero) la actividad de la flâneuse. Sin embargo, también Virginia Woolf en “Una habitación propia”, se refirió a la necesidad de un espacio tranquilo. ¿Hay una contradicción entre este deseo de aislamiento y la necesidad de abandonar  su entorno? También es cierto que Virginia Woolf dijo que “pocas cosas puede haber en el mundo más peligrosas que tu propia casa”.

L.A.- Wordsworth dijo que la poesía era emoción recordada en tranquilidad. Necesitas la emoción, y luego la tranquilidad. Así es como los dos ensayos encajan: vas deambulando por el mundo, y luego necesitas un lugar para volver a casa y escribir. En el mundo del siglo XIX en el que Woolf creció, la opresión podría haber sido el hogar de la mujer, ella nunca tendría la privacidad necesaria para irse y escribir lo que quisiera; tenía, como Jane Austen, que esconder su manuscrito bajo el bordado. Así que ambos ensayos, creo, se refieren a mujeres que reclaman el derecho a ocupar un espacio, tanto dentro como fuera del hogar.

M.- En París tropiezas con otras célebres mujeres: George Sand, que se vestía de hombre para pasear con libertad o Jean Rhys, la autora de “Cuarteto” y “Buenos días, medianoche”. Esta última y su protector, el también escritor Ford Madddox Ford, eran dos entusiastas de los paseos por la ciudad. ¿Es cierto que a pesar de todo, Rhys no podía evitar pensar que sus personajes femeninos, sus “flâneuses”, eran objeto de burla cuando paseaban solas?

L.A.- En sus novelas, Rhys escribe sobre mujeres que aparentemente no pueden participar en la vida, que siempre sobresalen por alguna razón. Estas son las mujeres objeto de burla porque están solas, pero también porque es obvio que están fallando. Son el blanco de los temores propios de la sociedad burguesa.

“Cleo de 5 a 7” de Agnes Varda

M.- En París también topas con Agnes Varda y, sobre todo, con su película “Cleo de cinco a siete”. Su protagonista pasea por Montparnasse a la espera del resultado de unos análisis y Varda nos traslada todo lo que ven sus ojos. Tú nos recuerdas lo que dijo Godard. “Para hacer una película basta un arma y una mujer”. Y añades: “Varda demostró que con una mujer era suficiente”. ¿Responde su personaje a tu idea de “flâneuse” (caminar sin rumbo fijo) o ese espacio de tiempo se justifica porque es lo que se tarda en conseguir el resultado de las pruebas médicas? “Hacer tiempo”, como decimos en España, es distinto a “pasear sin rumbo fijo” voluntariamente.

L.A.- Ella podría estar esperando los resultados en casa, o con amigos, o en un café; pero como sostengo en el capítulo Varda, es el momento de la crisis después de cantar “Sans toi“, y darse cuenta de que realmente no sabe quién es, cuando sale a la ciudad. Al no tener donde estar, solo camina.

M.- TOKIO parece ser la ciudad que más te defraudó en cierto sentido. ¿Es más difícil ser mujer allí que en otras ciudades occidentales?

L.A.- No pude generalizar sobre eso. Las dificultades con las que me enfrenté al caminar por la ciudad no tenían mucho que ver con ser mujer, sino con el diseño de la ciudad misma. Sin embargo fui atacada en el metro, y fue porque era mujer. Es una ciudad que tiene un problema real con frotteurs en el metro, y con los hombres que toman fotos por debajo de las faldas de las mujeres. Cuando vivía allí, tenían vagones en el metro solo para mujeres para crear “espacios seguros” y de esta manera las mujeres escapaban a este tipo de explotación.

M._Sin embargo admites que, con el tiempo, Japón llegó a fascinarte.

L.A.- Lo hizo y la manera en que se relaciona con el género es que está ligado a la dinámica de poder de las relaciones heterosexuales emocionalmente abusivas de las que yo era parte en esa época. Una vez que su dominio sobre mí disminuyó, una vez que comencé a encontrar la ciudad por mi cuenta, pude apreciarla y conectarme con ella. Aprendí que mis problemas caminando por Tokio eran precisamente eso: mis problemas. Tuve que aprender a conectarme con la ciudad en sus términos y no en los míos.

M.- Algunas de tus reflexiones finales son que nadie está protegido por un lugar, que hay que tener valor para desarraigarse. ¿Hay que desconfiar de las raíces?

L.A.- Tantas atrocidades han sido y continúan siendo, cometidas en nombre del nacionalismo, de la identidad, de la pertenencia. Entonces sí: creo que deberíamos ser escépticos ante la idea de que “pertenezcamos” a alguna parte, lo que sugiere que otras personas no. ¿Cuál es la idea de pertenecer de todos modos, y dónde trazamos la línea? Me parece innecesariamente excluyente.

M.- “Las calles son la vivienda del colectivo”, dijo Walter Benjamin, pero la mujer aún no ha conseguido ganar la calle porque, como bien dices, “desde Teherán  hasta Nueva York, pasando por Melbourne o Bombay, una mujer todavía no puede caminar por la ciudad con la misma naturalidad que un hombre”.  Esto nos lleva a la famosa foto de la mujer paseando por una calle de Florencia y que reproducimos aquí. Todo parece indicar que es acoso callejero pero la mujer en una entrevista de la NBC en 2011 dijo que no simbolizaba el acoso, sino a una mujer que lo estaba pasando “en grande”. Esta respuesta nos desconcierta ya que todo parece indicar en la foto que está sufriendo acoso. En este punto nos plantearnos otra de tus interrogantes: “¿Buscamos atraer las miradas o escapar de ellas?

The correct credit is: American Girl in Italy, Florence, 1951. Copyright 1952, 1980.

L.A.- Para mí fue importante indicar que la conversación sobre el acoso callejero no es tan simple como parece en la superficie. Las mujeres (y los hombres) deberían tener la libertad de caminar por la ciudad sin ser molestados, punto final. Pero también tenemos que escuchar las historias de las mujeres sobre lo que han experimentado en las calles, incluso cuando no estamos de acuerdo con su versión de lo sucedido. Ciertamente me parece que está siendo acosada. Pero su historia indica que no. Está lejos de nosotros  decirle lo que estaba sintiendo.

M.- Para terminar acudimos de nuevo a Virginia Woolf. En su libro “El lector común”, dirigiéndose a los lectores, dice: “Que no se dejen aconsejar, que sigan su propio instinto, que utilicen su sentido común y que lleguen a sus propias conclusiones. ¿Estás de acuerdo?

LA.- Estoy realmente interesada en la idea de lo “común”. ¿Qué es lo que creemos que compartimos? ¿Cómo se construye y mantiene el sentido común? Pero en la forma específica en que Woolf usa el término, creo que no está interesada en la pericia ni en las lecturas académicas, sino más bien en lo que el hombre o la mujer de todos los días hace de la literatura. “Que no se les aconseje”: ella quiere que piensen por sí mismos. Creo que si todos pensamos por nosotros mismos un poco más a menudo, en lugar de confiar en lo que nos dicen, o volvemos al “sentido común“, Estados Unidos tendría un presidente diferente, y el Reino Unido se quedaría en la UE…

M.- Gracias, Lauren.