El arte es una deformación de la realidad que padece hipertrofias según los prismas que la constituyen. Su apariencia caleidoscópica encarna la mayor expresión de belleza en la condición humana. Quien niega a las condiciones materiales el sustrato de su obra, no sólo evidencia su necedad, sino que afirma aquello que pretendía negar. Ni la más preciada ciencia ficción en sus más sublimes formes, huye, tan siquiera se ausenta, del mundo.

Las sociedades progresan de forma circular, no lineal, aunque caminen todas ellas al final de la Historia, para adelante y para atrás, repitiendo las tragedias del pasado. La manera en la cambian es determinante, pero la única verdad que existe es su movimiento. Este mismo cambio, o movimiento, rompe con los cánones pretéritos para instaurar unos nuevos – por eso es tan absurdo que se pregone sobre qué debería ser (un ejercicio de charlatanería), por ejemplo, la literatura y cuales son sus enemigos, en una deriva reaccionaria. Son estos últimos, quienes sentencian sus cánones, despreciando lo ajeno, sus verdaderos antagonistas.

Disociar el arte de la política, como si ambas no fuesen el mismo vértice sobre el que gravita la sociedad, sería como un cuerpo humano sin vida: dejaría de tener sentido, sólo sería materia muerta. La posmodernidad, con su individualización del significante artístico y su proyección en las masas, ha despreciado el arte que busca romper o cambiar la realidad. La muerte de figuras como Picasso o Stravinski precipitó el ocaso del arte de vanguardia, motor de la transformación social como sujeto artístico, ante el subjetivismo que negaba el racionalismo de la modernidad. El neoliberalismo no sólo es un fenómeno de calibre político, sino que se reproduce y estructura en todas las dimensiones sociales, incluso la cultural: la mercantilización del arte es uno de sus más preciados éxitos.

Este preámbulo dice mucho de uno de los grandes fracasos de la cultura de este país en demolición, su cine – con disimilitudes en otras artes. Polemizar no exime de la denuncia de sus carencias estructurales, como el insultante IVA cultural o la exigua dotación cuantitativa y cualitativa de los presupuestos para las películas, entre otras; al contrario, legitima su cuestionamiento con un juicio en positivo.

En la última gala de los premios Feroz, el humorista manchego Julián López, con un chiste genial – de un brillante, como incómodo para el público, monólogo – que provocó el perturbador silencio entre las butacas, apenas una leve carcajada – casi impúdica –, dijo: “Cuantas menos películas hacemos sobre la guerra civil, más cerca estamos de que estalle otra”. Los humoristas son los cronistas de nuestro tiempo cuando la credibilidad del periodismo resulta graciosa – “País” que dirigía Forges. El presente evidencia que no se han hecho suficientes películas, pues todavía quedan algo más que vestigios del pasado, su impunidad, su presente. Si comparamos, obviando las profundas desavenencias posibles, la bibliografía española frente a la estadounidense de sus correspondientes guerras civiles e hitos históricos (análisis extrapolable al resto del cine europeo), las diferencias sonrojan. La hegemonía cultural consiste en asumir la Historia y transformarla en el relato de la ideología dominante.

Estados Unidos ha convertido su historia en patrimonio histórico. Temas como el racismo, la guerra del Vietnam, el caso Watergate e, incluso, el narcotráfico en la propia Nueva York, han recorrido los pasajes del séptimo arte con enorme profundidad. El cine español – que ha necesitado de décadas, con pleitos judiciales incluidos, para hacer una serie sobre el narcotráfico gallego – padece enormes dioptrías y pudores para conseguir hacer una crónica de su país: dioptrías porque sólo a través de la comedia – y sus caricaturizaciones excesivas, que lejos de deconstruir a la sociedad reafirma sus estereotipos – aborda nuestro tiempo; y con pudor, porque teme a los odios que ellas mismas perpetúan al obviarlos.

Tras la Transición y la entrada en la Comunidad Económica Europea, con la tradición del gran cine costumbrista del éxodo rural – películas de Paco Martínez Soria, a quien sustituyó Fernando Fernán Gómez o el irreductible Buñuel – en la literatura y cinematografía emergió la melancolía rural, con obras literarias como El jinete polaco, o películas como Amanece que no es poco, entre las más destacadas. La novela española, en la actualidad, vuelve al pasado para desenmascarar los olvidos de la República, la guerra civil, la Transición e, incluso, se enfrenta al pasado más reciente, y por tanto peligroso, con obras como Patria y la novela del conflicto vasco.

El cine de nuestra época, sin embargo, se abastece del pasado remoto o de la atemporalidad; algo que no es pernicioso en sí mismo siempre que no esconda su relato, su honestidad de mirarse a los ojos. Películas tan desvergonzadas y agudas como Estiu 1993 – además de rodarse en catalán, no en un español chapurreado con gallego impostado – simbolizan la esperanza de un cine justo con su sociedad, con aquello que la define. El séptimo arte en este país camina, desconociendo el rumbo, por calles deshojadas sin nombre. El pasado da sentido al presente, el futuro es inexplicable sin el ayer.

FurorTV no se hace responsable de las opiniones vertidas por sus colaboradores.