Ojalá, evoco en una inocente tentativa, no escribiera este artículo. Ojalá ustedes no hubieran tenido que leerlo nunca. Pero, de este mismo deseo, se desgrana, como resulta inevitable, una hipocresía moral asfixiante. Por ello, en menor medida, este artículo intenta responder a los no escritos que deberían haber existido. El dolor, en esta sociedad tan ególatra de sí misma, tan egoísta con las tragedias ajenas, tan envuelta en las máscaras icónicas, se acentúa cuando se trata de nuestros semejantes, más aún si cabe, cuando el terror se sucede dentro de nuestras vergonzosas fronteras. Parece que sólo al ver la sangre frente a nuestros ojos somos capaces de sentir la compasión por las víctimas y el odio a los verdugos. Cabía pensar que ocurriría, el problema es que cuando se sucede, de una forma inequívoca, la ilusoria esperanza que guardábamos porque así no fuera, nos quiebra la conciencia. Pero el sentido dolor no nos salva del reproche, no nos exime de esta realidad que ahora nos desborda.

Lo primero a lo que haré alusión es a la hipocresía de las instituciones y de parte de la sociedad en cuanto a su actividad cívica o, más bien, incívica. Lamento decirlo, me gustaría no hacerlo, créanme, pero parte de la ciudadanía tiene una responsabilidad sobre los atentados terroristas producidos en Barcelona. Primeramente en desestimar y justificar, a través del voto, la política exterior de los gobiernos occidentales en Oriente Medio con las sucesivas invasiones, desestabilizaciones, bombardeos y provisión armamentística, al igual que la financiación de determinados grupos, en estos territorios. Del primero se deriva una segunda responsabilidad, el no dotarse de información sobre dichas actuaciones. Ya que el deber de todo ciudadano, también radica en mantener un espíritu crítico sobre el sistema que le rodea en pos de una mejora del mismo y, a pesar de que la alienación y sus mecanismos de reproducción sean cada vez más violentos a través de bombardeo y desinformación de los medios de comunicación, no podemos mirar hacia otro lado, más que nada porque creo que si conociésemos la barbarie y tiranía de los ejércitos occidentales y sus consecuencias sobre determinados países, nadie sería capaz de justificarlos. Y la tercera alude a esa caverna mediática, política y religiosa que habita en este país y que protagoniza actos tan pueriles y demenciales como las declaraciones del párroco de Cuatro Caminos en Madrid, el propósito de los medios de comunicación por esquivar la atención sobre la vinculación obvia de la monarquía española con la saudita o las distintas agresiones islamófobas y xenófobas de grupos de extrema derecha.

A colación, y como mero ápice, de estas tres responsabilidades, la segunda quizá escapando de lo políticamente correcto, y, por tanto, adquiere matices no contemplados en un artículo, se ha de señalar un elemento absolutamente trascendental. Basta ya de que exijamos a la comunidad musulmana una sobrescenificación de su rechazo ante los atentados que no tienen nada que ver con la libertad de culto que ejercen profesando su religión. Las principales víctimas son las personas que integran dicha comunidad. Aún así, personalmente, celebro las reacciones que se han producido en la sociedad catalana y española, en las cuales se ha expresado, reiteradamente y sin dar posibilidad a la duda, su auténtica repudia y solidaridad, desde colectivos distintos, por el dolor compartido.

Una vez expuestas las responsabilidades, quizá reproches, sólo un modo que se presenta como mecanismo reactivo, cabe señalar las posibles vías de resistencia ante el terrorismo yihadista. Desde el punto de vista institucional, no existe otra salida que cortar la financiación del Daesh a través de Arabia Saudí que tanto han denunciado el gobierno iraquí y sirio, ambos aliados y protagonistas en la lucha por acabar con los territorios del ISIS (autoproclamado Estado Islámico). Y es importante subrayar algo que, puede, inhibe el discurso planteado contra la monarquía en España estos días. Los actos realizados por la monarquía española, incluidos los excesos con la monarquía saudita, son refrendados, es decir aprobados, por el Presidente del Gobierno y su Consejo de Ministros. La monarquía es una institución decimonónica, ilegítima e indigna, claro está, pero también hay que incidir sobre la responsabilidad del bipartidismo sobre dichas cuestiones, algo que simboliza perfectamente el llamado “régimen del 78”. La monarquía es la escenificación de la hipocresía, pero resulta mucho más rupturista señalar a todo un entramado político, económico e informativo que lo sustenta. He aquí la hipocresía, de nuevo, de nuestras instituciones y el cobijo informativo por parte de los medios de comunicación sensacionalistas. Otro frente de acción es acabar con la compra de petróleo por parte de Turquía al Daesh, financiándolo de ese modo, aprovechando la extensa frontera con Siria. También, algo que parece ya perdido, el compromiso de la modélica Unión Europea que ha dejado a millones de personas en sus fronteras, en un acto sin precedentes y digno de las mayores vergüenzas de la historia.

Desde el punto vista social y cultural, comenzar a diseñar un modelo de interculturalismo en favor de una integración real de todos los colectivos, que aúne así a todo el conglomerado de culturas pero respondiendo a un mismo tejido social compartido. En resumen, un modelo cultural que entienda las relaciones sociales desde una perspectiva heterogénea. El multiculturalismo, en determinadas comunidades, existe, es decir, el respeto por culturales ajenas, pero es importante avistar más allá, comprender y tejer lazos entre culturas provenientes de realidades distintas. Lo que no entienden las instituciones es que el problema no reside en las primeras generaciones, sino en unas segundas y terceras que no se sienten partícipes de la sociedad que le rodea. Y ese no es un problema en concreto de la comunidad musulmana, sino también del conjunto de la sociedad que interacciona en un mundo globalizado pero que no se siente representada en espacios de poder local y estatal. Un conjunto que no se siente representado en las estructuras del Estado y, en el cual, se percibe una desprotección absoluta respecto a sus necesidades más urgentes. La integración es una herramienta que, a lo sumo, vacuna de un posible discurso del “ellos-nosotros” y supone una deconstrucción en el relato del rechazo ejercido por parte de Occidente a las demás culturales, incluida, claro está, la musulmana. Por último, es importante que la izquierda reconsidere el laicismo como elemento fundacional de su propia ideología, se aleje del paternalismo religioso e incluya, de nuevo, ya que parecía olvidado, la modelación de un Estado y sociedad laica dentro de su proyecto político, económico, cultural, ético, moral e institucional.

El trabajo se presenta costoso, más aún con la sistemática desprotección de las instituciones, pero, el cariz de una sociedad lo representa su ciudadanía. Por eso era justo y digno que la manifestación del sábado en Barcelona debía ser encabezada por sus ciudadanas y ciudadanos, porque ese abrazo fraternal que encabeza este artículo, con el cual nos hemos emocionado tanto, es el perfecto reflejo de que hay una sociedad abierta y solidaria que está por delante de los partidos políticos y sus pretenciosidades. Es el momento de adelantarnos e implicarnos en la integración como sujeto activo y buscar una sociedad heterogénea, diversa y justa que nos salve ante la barbarie.

Porque nos negamos a la resignación, perquè no tenim por, gritemos, como dice la canción: ¡La solidaridad es la receta!

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