Decidí escribir “Malfollado y sin amigos. El antihéroe que la Policía necesitaba” la cuarta o quinta vez que, prestando servicio uniformado, un individuo al que no conocía de nada se me acercaba y sin mediar saludo ni presentación me espetaba: “Con Franco sí que estábamos bien”. No alcanzaba a entender por qué tanta gente da por sentado que todos los policías somos unos fachas.

Así que me retrotraje a los tiempos en que preparé la oposición, tiempos en los que yo mismo estaba convencido de que el Cuerpo Nacional de Policía era una institución conservadora si no retrógrada que pedía a gritos un activista de izquierdas como yo que la cambiara desde dentro. Al igual que aquellos individuos que daban por sentado que en tanto que policía yo era un fascista, me equivocaba en prácticamente todo.

Cuando ingresé en la Academia de Policía me sorprendió gratamente que la deontología policial fuera una de las asignaturas con mayor carga lectiva y que en general el profesorado repitiera constantemente el mismo mantra: debíamos enfocar nuestro trabajo como el de una empresa privada cuyo objetivo principal es satisfacer a la clientela que, en nuestro caso, es la ciudadanía. La Policía no era esa fábrica de individuos violentos que yo pensaba, el que estaba encabronado ya venía encabronado de casa.

En cuanto al alumnado de la academia, distaba mucho de ser la panda de jóvenes filofascistas que mis prejuicios me hacían imaginar, aquello se parecía mucho más a un grupo de Boyscouts y Girlscouts pletóricos de ilusión por haber ingresado en una Institución que satisfaría su vocación de servir y proteger. ¿Que si no había gilipollas racistas, machistas y/o retrógados? Claro que los había, como en todos lados, pero no encontraron en aquella academia un ambiente propicio para hacer propaganda ideológica.

Conforme fueron pasando los años y fui cumpliendo trienios, conforme fui compartiendo horas de patrulla con otros y otras policías, conforme arriesgamos juntos nuestra integridad por ayudar a otras personas, conforme les vi ayudar a los más débiles independientemente de su raza, sexo, género o religión se fue disipando ese prejuicio con el que entré en el Cuerpo, la premisa “todos los policías son unos fachas” era una leyenda urbana, un convencionalismo basado en idea errónea de que nuestra Policía sigue siendo aquella policía gris de los tiempos del Franquismo y de la Transición.

A nadie se le escapa que la Policía Nacional no es precisamente un círculo de Podemos pero, a falta de estadísticas al respecto, me atrevería a aventurar que probablemente alrededor del 30 por ciento de policías pasa de política y no vota, seguramente la mayoría de los que votan lo hagan al PP o a Ciudadanos y el porcentaje que vota al PSOE sorprendería a más de uno. En cuanto a policías votantes de izquierda, haberlos haylos.

En todo caso, a qué partido voten los y las policías carece de importancia para defender mi tesis, demostrada durante casi veinte años de experiencia empírica: Un activista social de izquierdas puede desarrollar su vocación de servicio público dentro de la Policía e incluso hacer carrera dentro de ella, estar integrado socialmente en el entorno policial, ser valorado por sus superiores y respetado por los/las policías a su cargo. Y más allá de todo eso, un policía altersistema como yo puede hacer buenas amistades dentro de la Policía con otros compañeros y compañeras que son de derechas y que, lejos de lo que algunos prejuicios nos pudieran llevar a pensar, son acérrimos defensores de las libertades individuales y de los derechos humanos.

No voy a negar que mi condición de izquierdoso recalcitrante me ha hecho merecedor de alguna que otra maldición y hasta de algún mal de ojo. Como aquella vez que mi participación en el 15M enervó tanto a uno de mis superiores que intentó expedientarme por “falta grave o muy grave”, tentativa de defenestración de la que conseguí salir airoso. O como cuando la perpetración de un documental sobre vendedores ambulantes en el que se denunciaban abusos policiales me supuso la apertura de un expediente que también se archivó. Pero, como dijo Bertolt Brecht “Si no estás en la lucha, estás en la derrota”.

Ángel Tiolino en la mani policial del 17 de Noviembre de 2012.
Ángel Tiolino en la mani policial del 17 de Noviembre de 2012.

Tanto derecho a opositar a la Policía tiene un individuo de extrema derecha (el mando que intentó expedientarme, por ejemplo) como cualquier ciudadano/a español/a mayor de dieciocho años cuyos principios sean la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el respeto a las minorías y la no discriminación por razón se sexo, raza, género o religión. La diferencia radica en que mientras el policía racista tiene que recurrir al callejón oscuro y alejado de cámaras para dejarse llevar por su instinto más básico, el segundo será merecedor del respeto de la ciudadanía, de la superioridad y de sus compañeros por poner en práctica en el servicio los valores que defiende.

Sin ánimo de hacer propaganda aunque sí tal vez proselitismo, he de reseñar que la Institución que mejor ha recorrido la Transición de la dictadura a la democracia en España ha sido la Policía Nacional. A finales de los años setenta del siglo pasado un grupo de policías progresistas creó en la clandestinidad el Sindicato Unificado de Policía. Estos policías se jugaron (y muchos perdieron) infinitos arrestos y expulsiones del Cuerpo por reivindicar “Una Policía civil y democrática al servicio del Pueblo”. Las acciones clandestinas de los compañeros del SUP lograron finalmente hacer entender al Gobierno la imperiosa necesidad de que la Policía dejara de ser la fuerza militar represora del franquismo para convertirse en un servicio público[1]. Estos políticos se esforzaron al máximo (aunque nunca lo suficiente) para ir renovando la Institución hasta alcanzar una transformación que paradójicamente renunciaron a llevar a cabo en sus propios partidos, que aún a día de hoy no se han desembarazado del amiguismo, del clientelismo ni de la corruptela.

La juventud altersistema debería romper con el prejuicio antipolicial que lleva tan arraigado y empezar a plantearse las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad como una opción profesional de futuro. Proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades de la ciudadanía, perseguir la corrupción, acudir al auxilio de quién necesita ayuda urgente y no tiene o no sabe a quién recurrir, velar por la integridad de los delincuentes comunes detenidos que en muchas ocasiones no se dedicarían a la delincuencia si no fueran toxicómanos o si hubieran recibido otra educación, evitar tensiones entre internos y policías en el CIE mientras estas vergonzosas cárceles sigan existiendo, velar por la protección de la naturaleza, tener como inseparable compañero de trabajo a un perro o a un caballo, proteger a víctimas de violencia machista y detener a sus agresores, desactivar explosivos, desempeñar investigaciones científicas, perseguir e investigar el blanqueo de dinero, las agresiones sexuales o los delitos violentos racistas u homófonos…. Y sobre todo, ejercer con responsabilidad una autoridad que alguien ha de ejercer porque nada apunta a que la Policía vaya a desparecer a corto-medio plazo. Cada plaza en la policía que ocupe un/a activista por los Derechos Humanos será una plaza que no quedará libre para un violento.

Pero no sólo la juventud de izquierdas está desaprovechando todas las opciones laborales que he citado. La Policía y, sobre todo, la ciudadanía está perdiendo la posibilidad de contar con jóvenes que serían excelentes trabajadoras sociales, enfermeros, veterinarias, periodistas, psicólogos o personal de alguna ONG pero que también serían excelentes policías. Está claro que esa aversión a la Policía se ve fuertemente reforzada por los abusos de autoridad de algunos de mis compañeros (menos de los que muchas veces se piensa) y ahí es donde más necesitamos refuerzos: de luchadores y luchadoras por los derechos humanos. De policías armados de tal integridad que, de darse el caso, puedan decirle a su compañero: “baja la mano porque en mi presencia no vas a manchar el nombre de la Institución a la que pertenezco con tu violencia desproporcionada”. Por que un policía violento jamás cometerá excesos en presencia de otro policía si sabe que en éste prima su sentimiento de respeto a la justicia por encima de un corporativismo mal entendido. Para empezar, ese sentimiento es contagioso y para continuar, el agresor se lo pensaría mucho antes de cometer en presencia de un testigo íntegro una acción que podría suponerle la pérdida temporal o incluso definitiva de su empleo.

Ingresé en el Cuerpo Nacional de Policía movido por la necesidad de encontrar un puesto de trabajo fijo y dignamente remunerado pero sobre todo por mi vocación de servicio público, buscando mi propia realización personal en la asistencia a quienes más lo necesitan, con ciertas reticencias promovidas en gran parte por mis propios prejuicios pero también convencido de que el Sistema se cambia desde dentro. Esta institución a la que abiertamente puedo reconocer que amo, ha satisfecho sin ningún género de dudas todas las expectativas que había depositado en ella.

[1] “Memoria de una lucha clandestina” de José Tejero Díaz, editado por Fesypol.

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Miembro en activo del Cuerpo Nacional de Policía, al que accedí con la firme convicción de que si hay alguna forma de cambiar el Sistema es desde dentro. Personaje literario de ficción. Un Subinspector de policía malfollado y sin amigos.

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