Alberto Di Lolli 02/06/14, Madrid, Comunidad de Madrid. Abdicacion del Rey Juan Carlos. Manifestacion en favor de uin referendum y por la tercera republica que se ha producido hoy en la Puerta del Sol tras el anuncio de el Rey de abdicar en su hijo Felipe.

Vivimos en lugares brutalmente corrosivos donde cualquier tipo de significación cultural propia cede en favor de una utópica, y en supuesta construcción, cultura universal. Es irremediable acudir al argumento clásico, y de poca vigencia para construir un relato contra-hegemónico, como es el del imperialismo. La globalización, en el plano de la reproducción cultural, tiende a mercantilizar cualquier caracterización, distinguible del resto, para convertirla así en un objeto de consumo que elimine el valor intrínseco de la cultura popular. Esta misma es absorbida por, la misma matriz que define el capitalismo de nuestros días, el consumo de masas.

Por ello, la construcción de una cultura popular en sociedades posmodernas, resulta el verdadero hándicap de la izquierda actual. Poder construir un relato propio subalterno que tenga la posibilidad de ganar la batalla ideológica, constituyéndose como sujeto hegemónico en dicha disputa, conquistando, en última instancia, el sentido común de la gente para poder lograr su emancipación última.

Acudiendo al ejemplo de la sociedad española, el sentimiento popular, durante el franquismo, se encontraba secuestrado, durante la tan elocuente democracia, se encuentra vacío. Aquí antaña el primer sentido de este artículo, relatar el vacío sentimental que reside en la izquierda española.

Hay libros que vuelven del pasado, con un sugerente aire pronosticador, para golpearnos con brutalidad a través de sus paralelismos con la realidad actual. No me refiero al tan repetido caso de “1984” ni de “Eso no puede pasar aquí” del poco popular Sinclair Lewis. Me refiero a Pío Baroja y sus continuos reproches a los padres de la patria en “El árbol de la ciencia”. La izquierda española parece melancólica, con un recuerdo póstumo, de un tiempo atrás y pesimista por no poder volver a los mismos momentos que tanto extraña. En la izquierda seguimos gobernados por el recuerdo de nuestros propios padres de la patria. Eso no significa que no ha de tenerse en cuenta, sino que su pérdida de vigencia lastra el futuro que tendremos que vivir.

En un artículo brillante de Saila Marcos para TintaLibre llamado “Una segunda transición sin banda sonora”, se relata, con la delicadeza del bisturí que maneja un periodista cirujano, cómo los artistas actuales han rechazado el papel del activismo a diferencia de sus predecesores durante la Transición. En mi opinión, todo ello en sintomático de un mal general que responde a una izquierda vacía, un ideario colectivo hasta ahora un tanto inocuo. Una desfachatez protagonizada por todos los actores que conforman el entramado cultural del país. Desde las figuras artísticas, seducidas por un burdo modernismo que aboca al nihilismo y hedonismo continuo, a las más consagradas figuras intelectuales, irresponsables con su labor histórica hacia el compromiso social. Todo ello, en una suma ecléctica, hacen que la izquierda se agarre a cualquier cosa lo más mínimamente semejable a ella. Al conformismo cultural se le añade un conformismo en los propios partidos políticos. Por eso se dice, con una risa nerviosa y vergonzante, que Pedro Sánchez es el Lenin español, o que Podemos puede construir un cambio real desde una socialdemocracia reforzada, o que Vetusta Morla está integrado por unos trasgresores inconformistas…

Para algunos la izquierda española quedó huérfana con la muerte de Manuel Vázquez Montalbán. Ahora parece no haber ninguna figura intelectual a la cual acogerse. El ejemplo más visible y paradigmático, es el de El País. Un periódico que formó parte de una de las referencias de la memoria colectiva, pero que hoy se convierte en un portal donde cada escritor, a cada cual más conservador, a través de sus columnas, hace gala de su mediocre rigurosidad intelectual. Por eso hay un desentendimiento entre los jóvenes y los melancólicos adultos de la izquierda, porque eso es lo que nos separa, el recuerdo vivido.

Se ha generado un vertiginoso distanciamiento entre las distintas generaciones. Los jóvenes más inconformistas, entusiastas y actualizados, por ejemplo, prefieren informarse por medios alternativos a los clásicos. Los diferentes códigos de información y de referencias generan amplias diferencias entre los distintos grupos reconocidos en la izquierda política.

Por ello es necesario que se genere un relato propio y común que abarque a toda la cultura de la izquierda española. Porque necesitamos gente que lidere un cambio, canciones que les animen a conseguirlo, libros que les inspiren a cometerlo, figuras que aconsejen en su propio camino y medios que relaten los objetivos que consiguieron.

Hasta que volvamos a vernos, hasta que queramos cambiar el mundo y no nos ciegue el sentimiento por querer hacerlo.

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