Una, Grande y Libre. Estas tres proclamas que nos retrotraen a tiempos oscuros son, en esencia, los pilares fundamentales de la derecha española. Una derecha española que sin duda alguna es variopinta, sí, pero que se encuentra unida por estas tres ideas, por su incapacidad (en términos generales) de desligarse completamente de actitudes de la dictadura y por la imperiosa necesidad de hacer lo que haga falta con tal de que la izquierda nunca gobierne España. Una como una imposición cuasi-divina justificada en discutibles visiones históricas que no entiende de comprender la pluralidad del país; Grande como una especie de sueño húmedo colectivo que consiste en imaginarse una España con presencia en la esfera internacional utilizando unos medios inútiles mientras maltrata a su propio pueblo; y Libre, sí, pero libre de aquellos que no piensan como ellos, es decir, de “rojos y separatistas”.

Se hace evidente que en estas últimas semanas hemos tenido una defensa férrea de uno de estos tres conceptos, el de Una, y, para defenderlo, no solo hemos asistido al cierre de filas de la derecha sino a la complicidad -cuando no gustoso contubernio- del siempre traidor PSOE. Y esto no solo se ha visto en la escena parlamentaria sino en la propia calle, en la cual seguimos viendo banderas que, lejos de simbolizar la idea de unidad y fraternidad que se les presupone, son puestas en los balcones en señal de opresión frente a otro pueblo, el catalán.

Los métodos para hacer valer la idea de Una están siendo variados, si bien prevalece la vía de escudarse en la legalidad como única actuación política. Aquí, podemos encontrarnos desde un Pablo Casado pidiendo ilegalizar partidos de corte independentista hasta un “pusilánime” Mariano Rajoy que, seamos francos, de tonto no tiene un pelo. De hecho, tendríamos que asumir que está ganando la batalla y que no existe fuerza en términos cualitativos (si acaso la pasión por la independencia de medio pueblo catalán) que se le pueda enfrentar. Rajoy ha jugado sus cartas y ha tanteado el terreno siempre pensando en su electorado y no en España, dedicándose a proyectar una imagen de “blando” a la espera de, como siempre hace, un fallo del adversario. Ante esa imagen de “inacción” (e incluso “traición” para algunos elementos neofascistas) nos hemos encontrado una derecha en la calle que pedía “mano dura” en términos generales y que, incluso, podía llegar a excitarse con la idea de ver catalanes apaleados, excitación que pudo culminarse el día 1 de octubre, día a partir del cual los independentistas pensaban que empezarían a ganar terreno internacional y donde la izquierda representada en Unidos Podemos veía una oportunidad para que el país viera la inaceptable y antidemocrática actitud del Gobierno. Lo que finalmente ocurrió es claro: al PP “le obligaron a hacer lo que no quería hacer” y ganó la partida a independentistas y defensores de la plurinacionalidad.

¿Cómo es posible que haya ocurrido esto? Bueno, además de tener en cuenta la habilidad de Rajoy -el cual, como me dijo un compañero hace poco, está pareciendo afrontar esto con la misma intranquilidad que le provoca decidir el desayuno de cada mañana- y demás factores bien conocidos, hay que decir que porque el pueblo así lo quiere. Sí, es la triste realidad. No nos referimos solo a los votos, que también, sino a la actitud de la mayoría del pueblo español ante este crucial dilema que está sacando a relucir las esencias de las diferentes personas que componen nuestra maltratada tierra. Por mucho que podamos entender, como diría aquel polémico y culto académico de la RAE tan prolífico por Twitter, que España “es de trinchera” y que se tiende a caer en el “o conmigo o contra mí” con extrema facilidad; hay una importante parte de España (la mayoría, sobre todo si no tenemos en cuenta a las naciones históricas) que quiere lo que está pasando y que incluso quiere más de una manera muy preocupante. La derecha está claramente envalentonada y la izquierda plurinacional sin apoyos suficientes, desolada e incluso desorientada, aunque tampoco podemos pedirle que haga mucho más.

Esto se pudo comprobar de una manera totalmente clara el domingo 22 de octubre en el programa de El Objetivo, programa en el que se debatió sobre la cuestión catalana y la aplicación del 155 con los portavoces del Congreso de PdeCat, ERC, PSOE, PP, UP y Ciudadanos. En este programa, en el cual vimos a una Ana Pastor que hizo de todo menos moderar, pudimos encontrarnos una perfecta representación de lo que está pasando en España: los de ERC y PdeCat intentando defenderse con esperanza pese a sus propias contradicciones y evidentes miedos; la del PSOE hipócrita hasta términos vergonzosos al poner una vela a Dios y 40 al diablo; los de PP y Ciudadanos irrespetuosos, soberbios, condescendientes y con una clara convicción en lo que hacían, y la de UP intentando como podía defender el sentido común mientras sorteaba una maraña de mentiras y de constantes interrupciones especialmente venidas de su lado derecho llamado Rafael Hernando, el cual no entendía de turnos de palabra y de respeto entre personas. ¿Lo peor de todo? Que la gente en sus casas, lejos de indignarse con la denigrante actitud de PP y Ciudadanos en dicho debate, se estaba identificando con ellos. ¿Por qué? Porque muchos son como ellos. No todos, claro está que siempre hay justos en Sodoma, pero sí la mayoría.

Otros, por el otro lado, también nos estábamos sintiendo muy identificados por con una de los tertulianas, concretamente con Irene Montero. Hay una España que está sufriendo por esta situación y que busca una solución que pase por pensar en frío y hacia el futuro sin necesidad de pegar palos, encarcelar personas y enfrentar a ciudadanos y ciudadanas. Esa España estaba en ese debate y era ninguneada, interrumpida, pisoteada y humillada por otra España mayoritaria que está llena de fe (esto es fundamental) contra el separatista y, por descontado, contra “su supuesto aliado” el “rojo”. Esa España valiente pero incapaz no sabe qué hacer. Quizás no sea culpa suya y esté contemplando, no sin sorpresa, las verdaderas pulsiones de una importante parte de su propio pueblo, pulsiones que sí conocía pero quizás no con tanta virulencia y cantidad. Quizás se esté enfrentando ante una pasión que esa España que ahora actúa con desfachatez tiene demasiado interiorizada como para poder enfrentarla con igual convicción y fe. Y es que a día de hoy esa España se siente Grande al luchar por ser Una, y más si puede ser Libre del “rojo y del separatista”. Por eso ganan, porque además de tener los aparatos del Estado, unos medios de comunicación detrás y una Historia de España construida por ellos (que no es moco de pavo), poseen una fe tremenda en lo que están defendiendo aunque esto les pueda costar, a largo plazo, la marcha de Cataluña de España.

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