De repente, en mitad de la noche, un ruido. Era de madrugada, el frío recorría los dedos de mis pies, no obstante, las mantas lograban mantener caliente el resto de mi cuerpo. Mi mujer seguía dormida, intenté dormir, pero me encontraba perturbado, inquieto por aquel ruido. Lo malo del silencio es que cuando uno deja de oír las voces de fuera, comienza a escuchar a las de sus adentros y, siendo realistas, resultan mucho más inquietantes y perturbadoras.

Seguí con mi apoteósica búsqueda por conciliar el sueño. Algo que me tranquiliza o, más bien, me aleja de las voces interiores es escuchar las de los demás. Mi compañera seguía durmiendo y no era de menester despertarla, para así, poder conversar. Por lo tanto, intenté encender la radio con el volumen suficiente para no interrumpir sus sueños. Pero oí otro ruido más sórdido y a la vez inquietante que el anterior. El primero de ellos podía sucederse por una pequeña casualidad, pero, este último confirmaba lo acontecido, demostrando así que no era fruto de mi demencia.

No pude resistirme a ir hacia aquel ruido, buscar o, más bien, encontrar de donde venía. Intuí que procedía de mi despacho. Abrí la puerta con la mirada pusilánime. No quise asomar la cabeza, asumí que, si esa voz lograba observarme, parecería un verdadero cobarde si lo hacía de tal modo. Por consiguiente, si aquella voz era la de un asesino, no debía adentrarme con cobardía sino más bien con cierta dignidad. Pero todo ello, realmente, era prosa. Introduje mi cabeza por el hueco suficiente generado entre la puerta y el marco de la misma. Miré a los lados, no avisté ningún tipo de anomalía.

Superpuse mis pasos hasta llegar a mi encimera, allí me esperaba una página llena de sobrias letras negras y con cierto aire de intromisión. Nada más ver dicho papel, me di la vuelta inmediatamente, una sombra pareció alejarse. Su contorno se dibujaba sobre el techo de la habitación. Quiso escapar, supongo. Quién era yo para decirle que no lo hiciese. Todo ello me devolvió a la infancia, a cuando la ingenuidad convertía todo en magia, en patria. Un intruso volvía a dejar sus obsequios en mi casa. Pero esta vez no era un niño inocente sino, más bien, un adulto culpable.

Sobre mi encimera, como decía, estaba el susodicho papel. Era el mismo que está siendo leído ahora mismo. Continuaba con el prefacio a una conversación y el consiguiente desarrollo de la misma. Eran las 5:30 de la madrugada del 6 enero, las 7:30 de la madrugada en Uganda, las 6:30 en Sudáfrica, las 5:30 en la República Democrática del Congo, las 6:30 en Siria, las 7:30 en Arabia Saudí, las 10:30 en Bangladesh, las 4:30 en Burkina Faso, las 5:30 en el Congo, las 7:30 en Yemen, las 4:30 en Ghana, las 23:30 en Cuba, las 6:30 en Palestina…Creo que el mundo seguía vivo y yo con él. En el fragmento había un diálogo, una conversación que yo mismo redactaba mientras iba escuchando esa voz tan funesta. Al principio, he de admitir que no escuchaba nada, pero, poco a poco, supe escucharla, escucharme. A medida que pasaba el tiempo únicamente me debía a transcribir la conversación.

-Acaban de bombardear el edificio de enfrente- me dijo.

-Corre, huye de ahí.

-No puedo, podrían matarme. Los escombros de la carretera esconden las minas.

-Refúgiate, escóndete. Ve con tus padres.

-Mi madre está de camino, hay una puerta trasera en la que puede acceder al hospital, me dijo que volvería. De mi padre hace tiempo que no sé nada de él.

Yo, temeroso, intenté prestarle mi ayuda, pero, escuchar y no poder verla suponía un gran obstáculo. Quise serle útil, pero sabía que, realmente, podía suponer un verdadero peligro para su vida.

-Date prisa, no tengo mucho tiempo, debo de poner a salvo a mis hermanos.

Su grito de socorro, me hizo estremecer, habría estremecido a cualquier ser terrenal. Parecía un grito en el silencio, un sórdido alegato a la vida.

– ¿Dónde estás? – pregunté rápidamente, intentando mostrarle algún tipo de seguridad inexistente en mí.

-No lo sé, pero venid pronto.

-Bien, ¿no puedes describirme nada del lugar?

-Al edificio sólo le rodean ruinas, de izquierda a derecha sólo hay escombros. Aquí dentro sólo oigo gritos, afuera se disimulan con el ruido de los disparos…Date prisa, tengo hambre y sed. Te necesito.

Sus últimas palabras acabaron retorciendo mi pecho, necesitaba mi ayuda y yo no podía dársela.

– ¿En qué planta del hospital estás? – intenté socavar el escollo, aunque nunca fui bueno eludiendo determinadas situaciones.

-No lo sé, creo que no hay plantas, pero desde aquí veo un sótano algo recogido.

-Baja, busca víveres, ponte a salvo y espera a tu madre.

-He de buscar a mis hermanos.

-Cierto, – a quién se le podría haber olvidado aquello, qué tipo de ser era olvidándome de la vida de sus hermanos, pensé- entonces intenta aguantar los dolores del estómago hasta que el ruido acabe.

-Aquí el ruido de balas es la paz, tras el silencio sólo hay edificios envueltos en llamas.

-Aquí a quien quiere acabar con las guerras en el mundo, le llamamos utópico.

-Me gustaría conocer a ese tal Utópico – respondió entre risas.

-No querrás conocer al llamado Pragmático.

– Por cierto, ¿de dónde eres? – quiso cambiar de tema, pensaba que le estaba tomando el pelo, aunque en cierta medida lo hiciera.

-No lo sé, no quiero saberlo.

– ¿Puedes describirme algo del lugar?

-Aquí es de noche, la gente descansa en sus casas, sólo hay algún tímido coche por las calles.

-Aquí hay hambre, sólo el miedo consuela el dolor.

-Aquí, llamamos demagogia cuando alguien dice que hay que acabar con la pobreza en el mundo.

-Aquí sólo hay hambre y guerra amigo. Me tengo que ir a por mis hermanos, no pierdas el contacto con Demagogia. Adiós.

Después sólo hubo silencio. Sus últimas frases parecían entablar un juego que ella misma acabó en ese preciso momento. Supongo que los dos vivíamos en el mundo, aunque en lugares completamente distintos. Quise recordar su mirada, sus inquietantes ojos verdes. Nada supe más de ella, ni siquiera su nombre.

Tras todo ello desperté, eran las 9:30 de la mañana del 7 de enero en Madrid. Mi novia se levantó y compró el periódico de ese mismo día, en la contraportada aparecía una crónica titulada La demagogia del silencio que comenzaba con un: De repente, en mitad de la noche, un ruido…Y acababa con no me acuerdo muy bien qué.

No hay comentarios