Mitin de Unidos Podemos | @LaVerdad

El tiempo corre con estupor, la realidad avanza a un ritmo frenético y parece no haber tiempo para una reflexión sosegada. Tras formarse gobierno, el panorama político se encuentra lleno de grises, queda poco claro si tantos pasos sirvieron para hacer camino o si los horizontes avistables eran los correctos.

La izquierda parlamentaria asumió y se designó a sí misma como la única herramienta viable para la transformación social, las demás estructuras parecieron esperar, cautelosamente, a los resultados adquiridos por la misma. Quizá el entusiasmo, sucumbido tras la derrota electoral, fue nuestro peor aliado, uno más de nuestros propios enemigos. Parece que Unidos Podemos todavía no es capaz de aglutinar la suficiente mayoría para encabezar un proyecto de país real. El sentimentalismo no multiplica el valor del voto, a veces incluso, resta el de posibles adheridos. Por ello es necesario plantearse el porqué de lo ocurrido y sobretodo qué respuesta se quiere dar desde estos mismos momentos.

Uno experimenta abatimiento y frustración cuando desde los medios de comunicación se simplifican los términos políticos, el más tergiversado y manoseado por la derecha política y mediática es el redundante populismo. El populismo, salvando las distancias con el simplismo argumental, no es más que una construcción política, no necesariamente en forma de partido, que busca adherir sensibilidades personales o colectivas con patrones distintos a un proyecto político común. Es decir, todo partido político intenta digerir una serie de referencias evidentes reproducidas en la sociedad, para poder instrumentalizarlas en un aparato que sirva de proyección para sus votantes. Cualquier partido evoca a una serie de referencias o principios, más o menos representativos del conjunto de la sociedad. El meollo de la cuestión elude a que cualquier alternativa política en forma de partido, se dota de un mensaje populista para poder sacar un rédito electoral.

Llegados a este punto, alguien podría indignarse y, por consiguiente, decir que estamos equivocados, que gran parte de los ciudadanos votan objetivamente castigando y premiando la gestión que hace un gobierno durante su mandato. Algo que deben dejar claro las ciencias sociales, y en mayor medida la política, es que no existen verdades inamovibles y universales. Todo término o argumento está sujeto a connotaciones subjetivas, por ello se encuentra en permanente disputa por una hegemonía ideológica que da forma a su significante (que no significado). Incluso algo tan supuestamente objetivo como la gestión por parte de un gobierno.

Lo que quiero decir, lo cual resulta verdaderamente subrayable, es que todo partido político depende de una construcción política populista. Por lo tanto, la analogía recientemente asimilada, y poco digerida, entre populismo y conservadurismo, forma parte de una derivación simplista más. Un partido puede evocar a la transversalidad con un proyecto rupturista, la construcción política generada no tiene una relación directa con la materialidad de la propia gestión.

Por lo tanto, lo que origina el enfado, es la poca corresponsabilidad entre el ideario académico (con tintes elitistas) y la realidad construida por Podemos (que no Unidos Podemos). Desde el nacimiento del partido pudimos escuchar reticentes argumentos en favor de una nueva retórica, “los de abajo contra los de arriba”. De acuerdo, es perfectamente asumible, pero los grandes líderes, con ciertos aires de soberbia y triunfalismo, achacaban a la vieja izquierda el discurso llevado hasta el momento. Intentaban posicionarse como los vencedores frente a un relato carpetovetónico e ineficiente. Para la cimentación de nuevas retóricas es necesario establecer una transición junto a las antiguas. Lo importante es entender que obviar y discriminar una serie de referencias pretéritas, no excluye que cierta gente siga respondiendo a las mismas. Gran parte de la población sigue respondiendo a la diferenciación entre izquierda-derecha, por ello es comprensible que gran parte de ellos rechacen claudicar en las urnas mientras se desprestigia a sus antiguos partidos de referencia. El futuro es cambiable desde el presente, pero todos somos memoria.

En la lucha por la hegemonía cultural no siempre un actor político puede configurar las realidades en disputa, puede alterarlas en mayor o menor medida, pero dista mucho de poder llegar a codificar un espacio, más aún cuando no se genera una correlación de fuerzas suficiente. Un actor político juega un papel dentro de unos límites, pero no siempre puede dibujar las fronteras del espacio. Todo ello guarda relación con que Unidos Podemos, todavía, no se ha consagrado como un fenómeno histórico. Un fenómeno histórico no se define únicamente por establecerse como alternativa electoral, sino por un conglomerado de elementos que, en una suma ecléctica, articulan un movimiento político. La diferenciación entre un partido político y un movimiento político puede darnos claves sobre qué posible futuro le espera a Unidos Podemos.

En este país es evidente, aunque pueda llegar a disgustarnos, que la Transición no fue sólo un relato construido por los partidos, sino que lo definían, en gran medida, el conjunto de la sociedad española. Desde los sindicatos a los medios de comunicación, desde los partidos hasta sus líderes, desde las figuras artísticas a los programas de televisión…todos ellos conformaron un cuadro general de época. Los aparatos de poder hicieron su parte, los medios coercitivos se encargaron de dar también un sentido a todo aquello. Por ello, relegar el poder únicamente a la vía parlamentaria es realmente pernicioso. Unidos Podemos debe madurar como alternativa política (algo que no significa caminar al conservadurismo, es más, justo lo contrario) y generar el suficiente tejido social para poder llegar a todos los espectros de la sociedad. Desde la prensa hasta a los ambientes literarios, desde las instituciones hasta a las calles, desde el ámbito personal hasta al laboral, desde jóvenes hasta a ancianos. Dar garantías y referencias a las cuales atenerse. Afortunadamente todo ello compete a la sociedad civil, incluso a los “viejos cascarrabias de la izquierda” que han sido tan demonizados y atacados desde el surgimiento de Podemos hasta los últimos momentos antes de la coalición electoral con esos “viejos cascarrabias de la izquierda”.

Lo verdaderamente fundamental es plantear qué sociedad estamos dispuestos a construir y sobre que ejes se va a articular dicho cambio. Conviene andarse con pies de plomo con la tan proclamada transversalidad, Unidos Podemos debe descartar parecerse tanto a la sociedad lo suficiente para no poder llegar a cambiarla. Si entramos en dicho proceso, llegará un momento en el cual no sabremos reconocernos a nosotros mismos, no sabremos quién es el que nos mira al espejo. Conviene ser críticos para no volver a un desencanto y desarraigo, todo ello sería un verdadero infortunio, más si cabe reconociendo que nosotros mismos somos los artífices de todo ello.

Hasta que volvamos a vernos, o hasta que podamos mirarnos al espejo y lo que veamos no sean sombras, sino a nosotros mismos.

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