Entrevista por correo. Argentina/España

Moriarty. Julio de 2017

MARCELO LUJÁN

Nació en Buenos Aires, Argentina en junio de 1973.

Es periodista y narrador. Reside en Madrid  desde 2001. Desde entonces trabaja como coordinador de actividades culturales y talleres literarios.

Es autor de los libros de cuentos “Flores para Irene”, “En algún cielo” y “El desvío“, de las novelas “La mala espera”, “Moravia” y  “Subsuelo” y de los libros de prosa poética “Arder en el invierno” y “Pequeños pies ingleses“.

Está en posesión de diversos premios, entre ellos el Santa Cruz de Tenerife y el Ciudad de Alcalá a la mejor colección de relatos, el Kutxa Ciudad de San Sebastián, el Ciudad de Getafe de novela negra o el Dashiell Hammett.

Parte de su obra ha sido seleccionada en campañas para el fomento de la lectura.

ENTREVISTA A MARCELO LUJÁN

               

M.- En la obra teatral “La visita de la vieja dama”, de Dürrenmatt, una mujer multimillonaria vuelve a su pueblo después de muchos años. Sus habitantes han empobrecido y ofrece mil millones a cambio de la muerte del hombre que la sedujo y la abandonó. En “El regreso de Edelmiro” de Ramón J. Sender, un indiano también volvía a su pueblo para gastar su dinero con sus paisanos. Son algunos ejemplos de obras literarias en los que se produce un viaje a los orígenes con intención, en cierto modo, de resarcirse. Tu modelo, sin embargo es un fragmento de “El extranjero” cuya idea desarrollaría después Albert Camus en “El malentendido” y donde las coincidencias con “Moravia” son mucho mayores. ¿Por qué elegiste el modelo de Camus?

M.L.- Leí por  primera  vez  ese  párrafo  cuando  tenía dieciocho o  diecinueve años.  Y  fue como  una  revelación.  Lo  subrayé,  lo  pinté  con  fluo, hasta  lo  copié  a  mano  en  un block. Volví a releerlo en incontables ocasiones, no sabría decirte cuántas. Imaginé la  historia  de  muchas  maneras  pero  siempre  supe  que tenía que desarrollarla: crearle un marco propicio, aprovecharla e implantarla dentro de ese marco. Alguna vez pensé en escribir un cuento  pero  enseguida  descubrí  que  el  género  le quedaría pequeño, al menos para lo que yo quería contar. Muchos años después, cuando ya tenía los primeros borradores  de  lo  que  hoy  es “Moravia”, Ana  María Shua  me  dijo  que la  anécdota se  trataba  de  un cuento  popular  euroasiático. Antiquísimo. Una  leyenda  urbana, digamos: esas  historias  impactantes  que  se alimentan de la tradición oral. “El desvío” (2007), que lo escribí casi sin detenerme, también parte de una leyenda urbana.

M.- Camus llevaba a cabo una reflexión sobre los peligros que entrañan los juegos de las apariencias y sobre la capacidad destructiva del ser humano. En su obra y en la tuya también, se perciben los ecos de la tragedia griega.

M.L.- Sí. “Moravia” es una tragedia en el sentido más estricto de la acepción. Una tragedia con un héroe que hace oídos sordos a su inexorable y fatídico destino. Procuré trabajar mucho la figura de su esposa porque es ella quien mejor le advierte que no vaya por aquél camino. La esposa hace las veces de oráculo, aun sin saber la desgracia que se avecinaba.

M.- ¿Qué es lo que empuja a Juan Kosic a volver a Colonia Buen Respiro, ese pequeño y olvidado pueblecito de la Pampa argentina? ¿Sólo el deseo de echar en cara su madre su incomprensión y su ceguera?

 M.L.- No, no es sólo ese deseo. Las claves están en el propio Juan Kosic. Es en el interior del personaje donde el lector debe buscar estas respuestas. Desde mi punto de vista, intenté construir un personaje cercano y algo aniñado, un poco chulo y otro poco nostálgico, un padre de familia y un tipo que se ganó a pulso la cumbre artística, el dinero y la fama. Intenté desarrollar este perfil porque necesitaba contraponerlo con el de su madre: una señora de escasos recursos, inmigrante en el sentido más cruel de la acepción, que se pasó la vida trabajando como una burra en un pueblo perdido en medio de la Pampa Argentina. Eran  estas  dos  construcciones,  tan  antagónicas,  lo  que  me  permitiría,  luego, verosimilitud en el momento más álgido de  la novela. Burlarse del prójimo ―con el atenuante  de  la  planificación― basando  esa  burla  en las  carencias  del  otro,  me resulta una actitud despreciable, vil y miserable. Pagar con la vida siempre será un precio  demasiado  alto,  estamos  de  acuerdo. Aunque  coincidirás  conmigo en que no es la muerte de Juan Kosic lo que genera el golpe sino que quien lo mata es su propia  madre,  con  la  complicidad  de  su  propia  hermana y que  éstas  ignoran  a quién  están  matando.  Luego  el  modo  es  bastante  propio  de  un  personaje  como Anna Matriková (lo mismo que su propio final). Tal vez si me pusiera en el lugar del lector, yo también creería  que el bandoneonista no se merecía semejante desenlace

M.- Naciste en Buenos Aires, pero resides en Madrid desde 2001. ¿Qué te impulsó a abandonar tu país y venir a España?

M.L.- En aquellos años era joven y, por tanto, valiente. Y sentí la necesidad de vivir en otro país, por varias razones (todas voluntarias). La razón principal era querer escribir desde fuera, con una nueva óptica e incorporando nuevos conceptos macroliterarios. Por otra parte, Madrid es una muy buena ciudad para los que escribimos ficción.

M.- Has trabajado como periodista y coordinador de talleres literarios, además de escribir relatos y novelas. ¿Se puede enseñar a escribir? Suponemos que solo se puede enseñar la técnica, inculcar el amor a la escritura y dar buenos consejos, ya que el talento no se enseña. La pregunta es: ¿Con estos conocimientos que se adquieren en los talleres basta para adentrarse en el difícil camino de la carrera de escritor?

M.L.- Sí, por supuesto. Pero hay otro elemento fundamental: la voluntad. Me refiero a las ganas de contar historias. Los talleres son útiles en tanto que promueven la ejercitación y permiten incorporar técnicas de trabajo. Creo firmemente en que cualquier persona —con voluntad— puede escribir textos de ficción (cuentos y novelas, por centralizar la ficción en sus dos géneros más populares). Ahora bien, la buena literatura, la literatura de calidad, no se consigue de un día para el otro y mucho menos en las primeras incursiones. Para lograr un texto sólido (sobre todo en ficción) es indispensable la lectura, la reescritura, y el manejo preciso de todos los recursos narrativos (quiero decir saber ponerlos al servicio de la historia). Aprender a escribir es aprender a reescribir, a saber leer nuestros propios textos y, fundamentalmente, aprender a tomar decisiones (qué quiero contar, cómo lo voy a contar, etc.). Todas estas cuestiones, teóricas y prácticas, son absolutamente trasmitibles.

M.- Eres autor de varios volúmenes de cuentos y de tres novelas, “La mala espera”, “Moravia”, de la que hemos hablado y “Subsuelo”, una novela negra escrita en 2015 que consiguió el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra editada en español. El premio está considerado como el Nobel de la Serie Negra. ¿Qué opinas de los premios en general y de la serie negra en particular. ¿A qué atribuyes el auge de la serie negra sobre en los países del norte de Europa?

M.L.- No sé qué ha ocurrido con la literatura nórdica. Supongo que todo corresponde a una necesidad social y a una aceptación. En cualquier caso, creo que deberíamos empezar a diferenciar el nuevo género negro del policial clásico. A mí, personalmente, la investigación policial no me interesa. Me interesa el mal y la crueldad y el daño que hacemos al prójimo más allá de la visión detectivesca. “Moravia” podría funcionar como una tragedia griega (con el héroe yendo hacia su inexorable y fatídico destino, aun con su oráculo advirtiéndole). Yo no escribo pensando en géneros ni en colores ni en etiquetas, simplemente cuento historias. Y son cada una de esas historias las que determinarán, llegado el caso, un género.

M.- ¿Qué opinas del fenómeno según el cual muchos grandes escritores se están decantando cada vez en mayor medida por la serie negra. Ahí están los casos de John Banville y de Pierre Lemaitre. ¿Es un motivo comercial (se vende más) o un motivo, llamémosle “laboral” (cuesta menos, es más sencillo)?

M.L.- Entiendo que cada autor tendrá sus motivos para acercarse al género. Aunque desconfío un poco de los que ponen por delante de la historia un color, porque lo más importante debe ser la historia que contamos, y no el género al que pertenece. Personalmente, me tiene sin cuidado ese aspecto. Seguiré tomando las decisiones estilísticas que considere oportunas para cada historia. A lo mejor el año que viene escribo una novela de monjas perdidas en medio del Serengueti, y a lo mejor allí no muere nadie, y a lo mejor la historia está llena de maldad y traición, de individualismo, miserias y angurria. No lo sé. Lo que sí sé es que lo primero, lo más importante, será la historia, lo que tengo para contar, lo que quiero contar y cómo quiero hacerlo. En definitiva, intento que la etiqueta sea algo que suceda por fuera de Marcelo Luján. “Moravia” me parece muy negra y “Subsuelo” me parece muy negra. Pero mi concepto de negrura va más por el lado de la oscuridad, del mal, quiero decir de la maldad innata e inherente al ser humano.

M.- También se ha señalado que en tu novela “Subsuelo” aparecen ya frases y palabras más “españolas” que “argentinas”. ¿Cómo interpreta esto un autor nacido en un país y residente en otro desde hace años? ¿Qué supone esto para él? ¿Le enriquece o, por el contrario, le empobrece?

M.L.- En materia de lenguaje hay planteado un debate muy interesante para los latinoamericanos ―hispanoparlantes― que vivimos en España. ¿Desde dónde contamos?, es la pregunta. Existe una suerte de metamorfosis lingüística que nos va atrapando según pasan los años. Nuestro castellano (en mi caso, rioplatense) se ve trastocado, se contamina, y ya es muy complicado sostenerlo discursivamente en la ficción. Es un proceso natural y nada tiene que ver con aspectos editoriales. Después de más de quince años viviendo en Madrid, para escribir una novela en castellano rioplatense ―sin fisuras y tanto discurso directo, por ejemplo― tendría que volver a Buenos Aires al menos un año. Sin embargo, esta suerte de hibridez genera nuevas voces narrativas. Y eso es bueno.

M.- Acostumbramos acabar las entrevistas con una composición musical. ¿Te parece bien el tango “Volver” o nos sugieres otro? Si aceptas el primero, ¿qué versión nos recomiendas?

M.L.- “Volver” es el tango ideal para acompañar este libro (cualquier versión), aunque me gustaría recomendar otro: “Pucherito de gallina”, interpretado por el gran Edmundo Rivero. Los lectores de “Moravia” encontrarán en esa letra el espíritu aventurero y romántico de varios personajes.

M.- Muchas gracias, Marcelo.

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