Entrevista por correo. España

Moriarty. Abril de 2017

ENTREVISTA A JAVIER ALONSO GARCÍA-POZUELO

Javier Alonso García-Pozuelo es licenciado en medicina y cirugía, y diplomado en cooperación internacional. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica.

 

M.- La suya es una novela policíaca centrada en un periodo histórico muy concreto, el gobierno de la Unión Liberal del general O’Donnell. Hemos dicho novela policíaca, pero ¿deberíamos decir novela histórica con una trama policial? Hace tiempo que se rompieron las barreras que delimitaban los géneros y ya debemos hablar de narraciones que participan de elementos propios de otros géneros, ¿no cree? En todo caso, ¿cómo la encuadraría usted?

J.A.G.P.- Es cierto que “La cajita de rapé” contiene elementos de ambos géneros, aunque tal vez encaje más con el esquema de una novela policíaca que con el de una histórica. Al escribirla, me tomé con bastante laxitud las convenciones del género negro, y presté mucha, muchísima importancia a la dimensión histórica, pero el eje de la novela es un crimen y su protagonista un investigador. Yo he trabajado con tanto rigor la ambientación de época y el contexto político como la trama y la documentación de las actuaciones policiales, por lo que, etiquetas aparte, me gustaría pensar que ni los lectores de novela histórica ni los aficionados a la novela policíaca van a ver defraudadas sus expectativas al leerla. Ojalá la mayoría de los lectores estén de acuerdo conmigo.

M.- Usted ambienta “La cajita de rapé” en el año 1861, durante el reinado de Isabel II y el gobierno de la Unión Liberal. Precisamente en el epílogo de su libro hace referencia a su interés por el siglo XIX español, en busca tal vez de las causas que determinaron la guerra civil española de 1936-39. ¿Está en la guerra de la Independencia el origen de “las dos Españas”?

J.A.G.P.- En toda la Europa del XIX, no solo en España, hubo un sector de la sociedad que se opuso a la disolución del Antiguo Regimen. El caso de España es peculiar tanto por el preponderante papel de la religión en nuestro país como porque la invasión napoleónica obligó a los liberales españoles a elegir entre libertad (aunque eso conllevase un cambio de la dinastía en el trono) o defensa de la patria contra el Invasor (aunque se estuviese de acuerdo con la mayoría de las ideas reformistas que traía). Restituido Fernando VII en el trono, ya se encargó el Borbón de hacer tabla rasa: a fin de cuentas para el rey Felón -quien nada más restaurado en el trono derogó de un plumazo toda la labor legislativa de las Cortes de Cádiz-, tan enemigos eran los afrancesados como algunos de los patriotas que firmaron la Pepa.

Las guerras carlistas añaden un nuevo matiz a la confrontación entre españoles. Tras la muerte de Fernando VII, su viuda, la regente María Cristina, nada liberal ella, hubo de buscar apoyos entre los liberales para defender el trono de su hija frente a las aspiraciones de Carlos María Isidro, hermano de su difunto marido. El pretendiente carlista, adalid de la sociedad tradicional y de la religión, se erigió también como defensor de las reivindicaciones fueristas, lo que añadió un componente geográfico al enfrentamiento entre partidarios de la revolución liberal y contrarrevolucionarios.

Por si la guerra de la Independencia y la sangrienta I Guerra Carlista no constituyeron ya de por sí suficiente lastre para el desarrollo económico e industrial de España, en la “familia liberal” pronto empezaron a configurarse dos grandes bloques antagónicos (moderados y progresistas) que en demasiadas ocasiones trataron de imponer su programa a golpe de pronunciamiento.

Hablar de “dos Españas” tal vez sea algo reduccionista. Lo que nos enseña la historia es que en nuestro país, con demasiada frecuencia, se enfrentan dos facciones cuyo objetivo último no es llegar a un entendimiento con la otra parte sino imponer su criterio mediante las armas. La guerra de la Independencia más que el origen, es una de las primeras manifestaciones de ese cainismo nuestro.

M.- Analizamos, si le parece el periodo histórico en el que contextualiza la acción de su novela. ¿Cuándo y por qué comenzó su interés por este período histórico?

J.A.G.P.- Un otoño, a principios de los 90, visité La Solana, el pueblo manchego del que procede mi familia materna, y allí un familiar me contó historias locales sobre la II República y la Guerra Civil. Historias desgarradoras, de vidas truncadas, que no olvidaré jamás y que, en cierto modo, explican por qué mi primera novela es una novela histórica con un alto contenido político. El protagonista de una de esas historias fue mi bisabuelo, un herrero más o menos acomodado que sin haber metido nunca el hocico en políticas, lo perdió todo en aquellos años. Lo perdió todo por culpa de la política. Las historias que oí entonces no son muy distintas a las que muchos de nuestros mayores han vivido y que yo conocía por el cine y la literatura, pero fue entonces cuando tomé conciencia de lo bárbaros que podían ser mis compatriotas, de la crueldad con que habían actuado ambos bandos, de lo infames que podíamos llegar a ser los españoles cuando estaba en juego el pan de nuestros hijos. O la defensa de una idea que Dios sabe quién nos metió en la cabeza. De vuelta a Madrid, tomé la decisión de no conformarme con lo que ya sabía sobre la Guerra Civil. Decidí escarbar un poco en el pasado, en la historia de mi país, en las páginas que me explicasen cómo habíamos podido llegar a perder la cabeza del modo que lo hicimos. Cogí un tratado de Historia de España y me remonté de manera intuitiva a donde yo creía que habían empezado las disputas entre las dos formas irreconciliables de concebir España: los comienzos del siglo XIX. Y hasta hoy sigo con esa manía de tratar de comprender mejor a mi país.

M.- Hace años, en una entrevista que le hice a Arturo Pérez Reverte, me comentaba que solía emplear unos dos años en la documentación de una novela y otros dos en escribirla. Su novela está plagada de apuntes sobre la vida política, social etc. de la época. Hay todo un ejercicio de documentación sobre el habla de los personajes, su vestimenta, su vida social: los cafés, las fiestas, los restaurantes, los teatros, los medios de locomoción o el urbanismo de la ciudad. ¿Se ha documentado usted consultando su extensa biblioteca del siglo XIX español o acude a Internet buscando documentación?

J.A.G.P.- Por más extensa que sea la biblioteca de un escritor, sería un desperdicio limitar la documentación de una novela histórica a los libros que contenga, sobre todo si hay disponibles en bibliotecas públicas o en la Red tantos documentos, literatura y prensa de la época. Es indudable que Internet facilita muchísimo la labor de documentación. Al menos en mi caso, así ha sido.

M.- Hay, por ejemplo, algunos episodios históricos a los que presta especial atención: de un lado la llamada “revolución del pan y del queso” (los sucesos de Loja) y, de otra, el acuerdo entre el príncipe Muley el- Abbas, embajador del reino de Marruecos y el gobierno español que culminó con el Tratado de Wad-Ras y la evacuación de Tetuán. ¿Cuáles fueron las consecuencias de este acuerdo?

J.A.G.P.- Pese a que en un comienzo la Guerra de África de 1859-1860 despertase el sentimiento de unidad nacional frente a la ofensa marroquí, con el paso del tiempo buena parte del pueblo español comprendió que aquella intervención no tuvo como primer objetivo devolver a España su prestigio e influencia internacional sino tratar de apuntalar el proyecto centrista de la Unión Liberal. Mediante esta maniobra de distracción patriotera, el general O’Donnell puso freno, al menos temporalmente, a las primeras disidencias aparecidas en su partido y a las intrigas de la camarilla ultramontana de la Corte.

Con el Tratado de Wad-Ras se puso fin a una intervención militar de honor (el propio O’Donnell manifestó en el Congreso que se emprendía la contienda para pedir la satisfacción de los agravios hechos a nuestro Pabellón” por las cabilas rifeñas a las obras de fortificación en Ceuta), que muy poco prestigio hizo ganar a España y que tuvo un elevadísimo coste material y en vidas humanas.

M.- También se refiere a la inauguración del Canal de Isabel II en 1858 ¿Qué significó esta importante obra?

J.A.G.P.- La traída de las aguas del Lozoya a Madrid palió en buena parte la carestía secular en los meses de sequía y fue uno de las mayores exponentes de ese periodo al que Pedro Antonio de Alarcón bautizó como la «Edad de Oro de las Obras Públicas». Es una obra colosal a la que ha quedado unido para la posteridad el nombre de Isabel II, aunque no debemos olvidar que si se llevo a cabo, a pesar de los innumerables detractores que tuvo en un principio, fue por el empeño de Juan Bravo Murillo. Este político extremeño es una de las figuras más destacadas del reinado de Isabel II y, a pesar de sus luces y sus sombras, su enorme labor como presidente del consejo de ministros es indudable. Fue un político de hechos al que no le gustaban nada las discusiones bizantinas en el Congreso ni el componente de espectáculo de los debates parlamentarios. No tuvo muchos apoyos, ni siquiera entre los miembros de su propio partido, pero todos estuvieron de acuerdo en que fue uno de los políticos más honrados de su época. Sólo por eso, por su honradez, merece ser recordado más a menudo. Al menos cuando se habla del Canal de Isabel II (y Bravo Murillo, lo rebautizaría yo).

M.- ¿Fue, en líneas generales, el reinado de Isabel II, un periodo de grandes avances materiales?

J.A.G.P.- Si nos fijamos en algunos hitos de su reinado (el alumbrado de gas, el ferrocarril o la telegrafía eléctrica) es indudable que se produjeron grandes progresos materiales. Sin embargo, cuando ahondamos en estos avances lo primero que observamos es que su distribución no fue igual en toda nuestra geografía y que, incluso dentro de una misma ciudad, hubo grandes desfases dependiendo de las zonas. Por poner un ejemplo, aunque en 1832 ya se había hecho una prueba de alumbrado con gas en el Palacio Real y en un puñado de calles principales, fue a partir del año 1847 cuando comienza a extenderse el alumbrado de gas por las calles de Madrid. Sin embargo en 1861 -año en que está ambientada “La cajita de rapé”-, su extensión todavía es mínima, limitándose a las calles más céntricas, y en la mayor parte del distrito de La Latina las farolas siguen siendo de aceite. Algo parecido se podría decir de las fuentes de iluminación de los hogares. Mientras en algunos hogares burgueses de 1861 se iluminan con modernas lámparas de gas o con los más sofisticados quinqués de aceite, en la mayoría de los cuartos de la clase obrera la reina de la iluminación sigue siendo la vela de sebo. Nada de esperma de ballena o velas esteáricas, vela de sebo animal, como sus bisabuelos, que la economía no estaba para dispendios.

M.- Otros aspectos reflejados por usted en su novela son, por ejemplo, la situación de la prensa en este periodo. Las Cortes de Cádiz consagraron la libertad de imprenta pero el ejercicio del periodismo sufrió en muchas ocasiones los efectos de la censura, sobre todo por parte del Ministerio de la Gobernación. Al mismo tiempo, alrededor de esos años, nace en España el periodismo informativo y el acceso a la prensa escrita de la clase obrera. ¿Cuál era la situación de la prensa escrita? Había, por supuesto, periódicos adictos al gobierno, pero ¿existía algo parecido a la prensa libre?

J.A.G.P.- En 1861 hay libertad de prensa entre comillas, es decir, no existe censura previa y el editor de un periódico es libre de publicar lo que considere oportuno. Pero eso no quita que nada más salir un periódico a la calle, por orden del gobernador civil, la edición puede ser secuestrada. Entonces el editor se encuentra con el dilema de que para librarse de la denuncia y evitar la elevada multa que podría corresponderle tras el procedimiento judicial, ha de aceptar la recogida definitiva de ese número, con el enorme perjuicio económico que eso conlleva.

Esta cuestión, la de la libertad de prensa, es uno de los puntos que más daño está causando al gobierno de la Unión Liberal, ya que muchos de los diputados que apoyan al gobierno le exigen que modifique la ley de imprenta vigente en un sentido más liberal, aunque el gabinete del general O’Donnell se muestra reacio.

M.- También describe con cierto detalle la geografía urbana de Madrid en este momento histórico: el Madrid castizo, la Puerta del Sol, la calle Mayor, la Cava Alta, la calle del Pez… el ambiente de la Plaza de la Cebada, el barrio de la Latina… Suponemos que también aquí hay un intenso trabajo de documentación, ¿no?

J.A.G.P.- En una novela histórica hay mucho margen para ficcionar, sobre todo en el argumento y los personajes, pero en la descripción del Madrid de la época he tratado de ser todo lo fiel que he podido a cómo era ese Madrid. Por ejemplo, cuando digo que en la calle de la Ventosa hay una fábrica de cuerdas para guitarra, una trapería, un prostíbulo y una tienda de aves y huevos, es porque en esa zona de La Latina existían este tipo de establecimientos. Mi aportación como novelista está en la creación del personaje de la huevera y de su importancia en la trama.

M.- Otro aspecto destacado es su atención a algunos de los centros de reunión más conocidos de la época, sobre todo los cafés: el Suizo, el Café Iris, el Universal… ¿eran lugares concurridos por quienes buscaban algo más que un simple momento de ocio?  

J.A.G.P.- En la sociedad española del XIX, tanto para conseguir un empleo público como para entrar en una empresa privada, se dependía mucho de las buenas relaciones que uno tuviera (buenas aldabas, se decía entonces). Los cafés, además de un lugar de ocio, eran uno de los lugares donde más se labraban estas relaciones de las que en un momento dado podía depender la fortuna de una familia de clase media.

M.- También da entrada a diversos personajes para ofrecer un panorama de multitud de oficios hoy desaparecidos: descripciones de los lavaderos del Manzanares que fueron llevados al lienzo por Casimiro Sainz y el propio Goya. Un oficio, el de las lavanderas, que fue glosado por poetas, novelistas y dramaturgos, entre ellos Arturo Barea, Pío Baroja o Ignacio Aldecoa. Usted hace cantar unas coplillas a las lavanderas donde asoma la crítica social y política. ¿Lo hace para distinguir el complaciente retrato costumbrista del análisis crítico más propio del realismo decimonónico?

J.A.G.P.- A través de la conversación de las lavanderas trato de reflejar la enorme desigualdad de aquella sociedad, en la que cuando venían mal dadas siempre pagaban el pato los mismos. En las coplillas que cantan las lavanderas, con cierta alegría a pesar de lo duro de su trabajo, toco otro de los temas que más me interesan: el de esa costumbre tan nuestra de aparentar más de lo que se tiene. En el fondo, de lo que habla toda la escena es de uno de los grandes temas la literatura decimonónica: el dinero.

M.- Y, también, como decíamos toda una galería de profesionales de oficios hoy desaparecidos o en vías de extinción: horchateros, buñoleros, aguadores, barquilleros, rabaneras, mozos de cordel….

J.A.G.P.- Sí, es cierto. Además, alguno de estos oficios, como el de mozo de cordel, tiene un peso muy importante en la trama. Y si el mozo de cordel al que se busca en la novela era asturiano no es una decisión arbitraria, es porque entre los de su oficio había muchos jóvenes que procedían de Asturias.

M.- Hay muchas referencias bibliográficas en su novela. Habla, por ejemplo, de libros como “Reseña de doctrinas sociales” de Narciso Monturiol, “La cuestión social” de Sixto Cámara, etc., pero también, de las Memorias de Vidocq, de “El hombre de mundo” de Ventura de la Vega (Teatro), etc. Incluso convierte en poeta a uno de los personajes principales de su novela, Juan Miguel de Monasterio. Nos interesa, sobre todo, el personaje de Eugéne-Francois Vidocq, primer director de la Sureté Nationale y uno de los primeros investigadores privados y  cuya figura inspiró a Víctor Hugo, Poe y Balzac. ¿Qué papel desempeña en su novela?

J.A.G.P.- La biografía de Eugéne-Francois Vidocq es fascinante y su importancia en el desarrollo de la investigación criminal del siglo XIX es crucial. Su inmensa figura, como bien comentáis, influyó en muchísimos escritores decimonónicos y se podría decir que es el policía de carne y hueso que sirvió de inspiración para el nacimiento del genero policíaco. Sólo por eso se merecía un hueco en una novela policíaca ambientada tan solo unos años después de su muerte.

El que el inspector Benítez pretenda traducir sus memorias al castellano refleja una constante de la época: la omnipresencia de lo francés en la sociedad española. En la edición de libros, por ejemplo, la profusión de traducciones del francés era ingente. Además, encerrarle en su biblioteca enfrascado en un proyecto que no avanza y que tal vez, como tantas veces en su vida, quede en agua de borrajas, me pareció una forma muy eficaz de recalcar algunos rasgos de su personalidad y de enfrentar al personaje con los claroscuros de su propia biografía.

M.- Pero “La cajita de rapé” es, igualmente, una novela policial. En la literatura española, sin embargo, no hay tradición de novela policial a excepción, tal vez de Pedro Antonio de Alarcón con “El clavo” y sus “Narraciones inverosímiles” que sí se inspiran en el modelo de Poe. Se ha señalado que España no sigue el canon europeo: Poe- Conan Doyle- Agatha Christie, sino, mucho más tarde que en otros países europeos, el modelo de los escritores norteamericanos de la serie negra, como Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

J.A.G.P.- A lo largo de los últimos dos siglos, los españoles hemos llegado tarde a casi todo, incluidos los movimientos literarios y artísticos. Baste citar como ejemplo el movimiento romántico o la novela policíaca. Doctores tiene la Iglesia para afirmar que en España los grandes autores de novela negra desde los 70 hasta aquí han tomado como modelo más a Hammett y Chandler que a Conan Doyle y Agatha Christie. Yo sólo puedo decir, que de todos ellos he mamado, aunque posiblemente el modelo de la novela negra americana es el que más me ha influido.

M.- Lo que está claro es que la investigación policial estaba en mantillas en aquellos años. Faltaba toda apoyatura científica y  los investigadores en la línea de José María Benítez y sus ayudantes debían seguir su instinto. ¿El método debía suplir a la falta de instrumentos científicos?

J.A.G.P.- En 1893 el juez austriaco Hans Gross publicó Manual del Juez como Sistema de Criminalística, un libro que contenía todos los conocimientos científicos y técnicos que se aplicaban entonces a la investigación criminal. En la España del inspector Benítez aún falta mucho que andar en este terreno, pero en los tratados de procedimientos judiciales españoles de la época ya se aconsejaba que todas las pruebas materiales encontradas en la investigación de un crimen debían ser descritas en el proceso y, en caso de ser posible, puestas a disposición del tribunal. El problema radicaba en que la policía unas veces no estaba adiestrada y otras no disponía de medios para preservar estas pruebas. Las investigaciones policiales de mediados del siglo XIX se apoyan en algunos dictámenes periciales (médicos forenses, químicos, maestros armeros, cerrajeros, etc.), pero para ello era crucial que la policía no hubiese pasado por alto, o incluso alterado, alguna prueba material. De ahí la importancia del método. Método, instinto y perseverancia.

M.- Hay varios temas que aborda: la corrupción, la compra de votos, la redención del servicio militar por dinero… muchos de estos vicios siguen estando presentes en la vida política española…   

J.A.G.P.- La corrupción era y es un mal endémico de nuestro país. Ojalá algún día, los políticos investigados por casos de corrupción sean tan minoritarios que podamos hablar de excepciones. O ranas, si se prefiere la expresión.

La compra de votos no es tan descarada como en la España de Isabel II y en la de la Restauración, pero siguen existiendo vergonzosas redes clientelares en ayuntamientos, diputaciones, etc.

Hoy, por fortuna, el dinero no permite que haya quien pueda eximirse de cumplir el servicio militar, pero grandes desigualdades, por ejemplo, al enfrentarse a un procedimiento judicial, sí las hay.

M.- Usted es Licenciado en Medicina y Cirugía y con esta novela se une usted a la ya importante tradición de médicos-escritores que se da en todo el mundo. En el caso español está, por ejemplo, el caso de Pío Baroja ¿Cree que hay una relación especial entre estas dos profesiones?

J.A.G.P.- Buena parte de las personas que estudian medicina son ante todo personas inquietas, curiosas, deseosas de saber. Escribir una novela es una forma de conocer más en profundidad la dimensión psicosocial del ser humano. Supongo que si no hay más médicos novelistas es porque el ejercicio de la Medicina es muy sacrificado y no es fácil encontrar el tiempo para escribir una novela.

M.- ¿Qué opina sobre el desarrollo de la novela policíaca en España y en todo el mundo? ¿Quiénes son sus autores favoritos?

J.A.G.P.- Creo que el actual éxito de la novela policiaca y de la novela histórica tiene una sencilla explicación: a la gente le gusta entretenerse leyendo, y estos dos géneros tienen un componente lúdico inmediato. El entretenimiento no está reñido con que la novela sea de gran calidad literaria. Me viene a la cabeza, Eduardo Mendoza, último premio Cervantes, aunque ejemplos hay muchos.

Hablar de autores favoritos es muy difícil. De los magníficos autores de novela negra actual no puedo hablar porque, por más que citara, me dejaría a más de la mitad de los que admiro fuera. Sí me gustaría mencionar, porque son los que más he releído en los últimos años, a tres autores ya fallecidos: Hammett, Simenon y Vázquez Montalbán.

M.- Ya para terminar. Suponemos que el inspector José María Benítez y sus ayudantes han venido para quedarse. ¿Continuaremos disfrutando de sus aventuras?

J.A.G.P.- El inspector Benítez y sus ayudantes tienen todavía muchas historias que contar. Ya estoy dando forma a una de esas historias. Muchísimas gracias por ésta y por todas las preguntas. Ha sido un placer.

M.- Gracias a usted.