Entrevista por correo. BOLIVIA-ESTADOS UNIDOS

Moriarty. Junio de 2017

Edmundo Paz-Soldán. Nacido en Cochabamba (Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como «McOndo» gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

MALPASO Editorial                                                     

M.- Es usted un escritor precoz. Confiesa haber empezado a escribir a los 15  años como un pasatiempo, pero ¿cuándo empieza a tomarse en serio la escritura como una forma de ganarse la vida

E.P.- Para mí escribir es reescribir, y eso solo comenzó a mis 18-19 años, cuando estudiaba en Buenos Aires. Pero no veía la escritura como una forma de ganarme la vida sino como una respuesta creativa a los estímulos que me ofrecía el mundo.

M.- Empezó cultivando el cuento y “Las máscaras de la nada” fue la primera recopilación que apareció publicada. Luego escribió muchos más y por uno de ellos, “Dochera” consiguió el premio Juan Rulfo. ¿Está orgulloso de este galardón que lleva el nombre de uno de los principales cultivadores del cuento, el gran escritor mexicano autor de “Pedro Páramo”  y “El llano en llamas”?

E.P.- El premio de cuento Juan Rulfo marcó una época y me alegra estar asociado a él, aunque mi cuento no estuviera precisamente en la frecuencia del escritor mexicano. Eso sí, luego escribí un par de cuentos inspirados directamente por Rulfo.

M.- Desde sus comienzos ha cultivado indistintamente el cuento y la novela. La primera “Días de papel” se publicó en 1992 y desde entonces ha escrito diez más, entre ellas algunas de SF, como “Iris”. Huxley en “Un mundo feliz” y Orwell en “1984” escribieron, posiblemente las dos obras maestras de las distopías del siglo XX. Son, igualmente, como usted ha reconocido dos obras políticas, pero profundamente pesimistas, aunque Huxley introducía un pequeño rayo de esperanza. ¿Se puede ser optimista ante el futuro de la humanidad o todas las señales nos llevan a pensar lo contrario?

E.P.- Somos un virus que se las ha ingeniado para sobrevivir a todos los desafíos. No creo que eso cambie.

M.- Todos coinciden en considerarle como uno de los más brillantes representantes de la generación McOndo. ¿En qué se diferencia su escritura de la que en su día constituyó el gran “boom” de la literatura latinoamericana, la de autores como García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar etc.? ¿Cuál es el espíritu de McOndo?

E.P.- Nunca hubo un espíritu de grupo. Hubo apenas la coincidencia de que algunos escritores de mi generación tendíamos a ambientar nuestros relatos en espacios urbanos. Al final McOndo luchó contra un estereotipo creando otro: América Latina como ese gran espacio urbano.

M.- Resulta bastante obvio que McOndo remite al universo literario de García Márquez. Macondo es lugar ficticio donde tienen lugar algunas de sus principales novelas. ¿De alguna manera el grupo de McOndo se opone a lo que significa este lugar donde campea el “realismo mágico” de García Márquez?

E.P.- Eso fue a fines de los noventa y ha pasado mucho tiempo. McOndo fue a la vez un homenaje a García Márquez y un intento por desmarcarse de quienes lo seguían. El “realismo mágico” es un modo narrativo que seguirá siendo muy influyente, solo que desde el continente no teníamos la distancia necesaria para darle la vuelta y renovarlo. De hecho, las mejores lecturas del realismo mágico han provenido de escritores de otros lados: Toni Morrison, Salman Rushdie, etc.

M.- A través de una prosa muy trabajada y  de una enorme riqueza usted, rompiendo con la narrativa clásica, da voz a un sinfín de personajes vinculados a la siniestra cárcel de La Casona. Presos, representantes de la autoridad, médicos, enfermeras etc., aparecen como víctimas y verdugos, unidos por un mismo destino y por una misma culpa. “Pagan justos por pecadores” dice un personaje y otro le contesta: “Todos somos pecadores”. ¿Es La Casona, en consecuencia, un lugar del que resulta imposible salir tanto para unos como para otros?

E.P.- De La Casona todos salen todo el tiempo: las mujeres y los niños que viven ahí no son presos y por lo tanto pueden circular libremente; los presos pueden pagar algo y salir escoltados a la ciudad; los guardias y los oficiales también entran y salen. Yo quería mostrar la paradoja de ciertos lugares que nos embrujan: el hecho de que puedas salir no significa que estás libre de este lugar.

M.-  ¿Es verdad que la única salida era la fe irracional, la superstición encarnada por el culto a la “Innombrable”? Cuando el Gobernador crea el “Comité contra la superstición”, estalla el motín. ¿Cuando esa salida se cierra el final es, inevitablemente, la muerte por las armas de los represores o de los mismos amotinados o por el virus de la plaga? Recordamos que uno de los personajes, Lillo, dice en un momento determinado: “Ya no queda adónde escaparse”

E.P.- Más que salida era una entrada, una forma de percibir el mundo. El proyecto del Prefecto no solo busca modernizar la provincia, también hay en juego motivos más íntimos. Y ahí, claro, toda decisión hace que se altere cierto equilibro y ocurra la tragedia.

M.- Está claro que este destino también afecta a quienes en cierto modo son “inocentes”. En La Casona hay personajes que viven en la cárcel sin tener por qué. Parecen salidos de las páginas de “La pequeña Dörrit” de Dickens. ¿Significa eso que hay lugares peores que la Casona?

E.P.- Seguro que hay lugares peores que la Casona, pero eso no les importa a algunos presos. Al escribir la novela pensaba en el concepto de “mundo circundante” de von Uexküll: una garrapata se relaciona con el espacio y el tiempo de una forma diferente a un perro o a una ostra, tiene su propio “mundo circundante”. Pensé, por analogía, que a cada preso de La Casona solo le interesa su propio mundo, y como hay algunos que han logrado construir algo estable en la prisión, pues no les interesa cambiarlo por otra cosa, por más que ésta, desde afuera, parezca ser mejor.

M.- Con el tema de la plaga, de la peste, usted acude a un elemento que impregna las páginas de la mejor literatura: “El año de la peste” de De Foe, “Los novios” de Manzoni, “La peste” de Albert Camus, “La muerte en Venecia” de Thomas Mann o “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. En Camus solo una catástrofe, la peste, logra rehumanizar. En “La muerte en Venecia” Mann perfila un entorno decadente que anticipa la fatalidad. En principio parece que se encuentra usted más cerca de Mann que de Camus. ¿Cuál es su opinión?

E.P.- Leí la novela de Mann hace mucho; a Camus, en cambio, lo releí cuando escribía la novela. En realidad creo que estoy más cerca de DeFoe; su libro me sirvió más que los otros para alimentar mi imaginación.

Universidad de CORNELL (USA)

M.- Actualmente da clases de Literatura Latinoamericana en la universidad norteamericana de Cornell, una de las mejores de Estados Unidos. ¿Cómo ve el momento actual de la narrativa de los países latinoamericanos? ¿Cree que hay escritores de valía que aún no se conocen lo suficiente en Europa por falta de una adecuada promoción?

E.P.- La literatura la sostienen unos cuantos nombres, es suficiente que haya un buen escritor en un país para que uno diga que la literatura de ese país está atravesando un gran momento. Hoy hay suficientes escritores de calidad en el continente como para pensar que estamos atravesando un muy buen momento. En cuanto a su circulación en Europa o Estados Unidos, siempre es dispareja o injusta: hay algunos que son más conocidos que otros. Pero no nos vamos a quejar por algo que es parte del paisaje.

M.-  Acostumbramos acabar estas entrevistas con un tema musical. ¿Cuál se le ocurre para poner el punto y final?

E.P.- “Pesadilla en el parque de atracciones”, de Los Planetas.

M.- Muchas gracias. Edmundo

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Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas. Periodista con amplia experiencia en todos los medios de comunicación. Cineasta. Escritor. Ferviente defensor de la cultura, la libertad y la justicia social. Fanático de los malvados de ficción: desde Fú Manchú a Mabuse pasando por el propio Moriarty. Porque los auténticos malvados visten de Armani y reparten sonrisas desde la alfombra roja de los telediarios.