Entrevista por correo. AUSTRALIA.

MORIARTY. Septiembre de 2017

 

CHARLOTTE WOOD

Nacida en Cooma (Australia, 1965), es autora de cinco novelas  y colabora habitualmente con la revista “The Writter,s Room Interviews”. Ganadora de varios premios literarios, el éxito internacional le ha llegado con “En estado salvaje”, novela con la que ganó el prestigioso “Stella Prize”.

Actualmente vive en Sidney y trabaja en la universidad Charles Perkins, estudiando la forma de paliar los efectos del envejecimiento, junto con intelectuales de otras disciplinas.

 

“EN ESTADO SALVAJE”

“UNA DISTOPÍA SOBRE DIEZ MUJERES ATRAPADAS EN MEDIO DE LA NADA”.

Moriarty.- Su libro ha sido comparado con “El cuento de la criada” de Margaret Atwood y con “El señor de las moscas” de William Golding. ¿Admite usted estas influencias?

Ch. W.- No había leído ninguno de los dos libros antes de escribir mi novela, sin embargo, las imágenes de ambos están en la cultura. He visto un parte de la película de “El señor de las moscas”, así que sí, veo que hay paralelismos. Al fin y al cabo, son historias de sociedades cerradas con denominadores comunes: gente desesperada intentando sobrevivir. Y siempre hay una o dos personas que luchan más que los demás por su libertad.

M.- Usted presenta en su novela un grupo de mujeres secuestradas en un lugar desierto, sometidas brutalmente a la custodia de unos desconocidos, una especie de distopía en la que no se dan claves sobre los motivos del secuestro ni del lugar en que se encuentran. Se puede decir que es una novela atemporal aunque el final nos suministra algunas pistas. En todo caso, ¿puede decirse que su obra plantea, entre otras cosas, dos temas: el poder y la maldad humanas?

Ch. W.- Sí, podemos decir que sí. El poder y en qué modo cambia, porque el poder no viene solo de los captores puesto que hay cambios de poder entre las cautivas, por lo tanto, la maldad del ser humano -aunque no sé si utilizaría esta palabra- es un poder conferido a las personas incorrectas, y cómo ese poder conferido a las personas incorrectas puede acabar convirtiéndose en maldad a través de la debilidad y del miedo. Mi novela trata sobre personas que intentan sobrevivir a este uso caótico del poder. Nunca se sabe exactamente quien está al mando ni de dónde viene el poder último, porque es un sistema -personas a título individual- de opresión que está en marcha entre bambalinas. Y al final, esto es una metáfora sobre cómo las personas pueden seguir con su vida, pero sin ser conscientes exactamente de los sistemas en los que participan.

M.- Evidentemente hay otros temas, entre ellos el cuestionamiento del papel en la mujer, la fragilidad de las relaciones etc. ¿Aceptaría usted la definición de “horror feminista” con la que también se ha calificado a su novela?

Ch. W.- Esa palabra, “horror”, es un poco peculiar… No me termina de gustar, pero al final no se trata de que yo diga lo que significa esta novela para otro lector. Lo que me disgusta de esa palabra para describir mi novela es que las películas, los libros de terror, son entretenimiento y yo no encuentro que mi material sea, para nada, mero entretenimiento. Y existe el peligro de que, como en las películas de terror, es una especie de título que se le da. Yo no creo que mi novela pueda considerarse de ese género, porque los temas que explora no son fantásticos, son reales. Me parece bien que los lectores definan mi novela como quieran, pero no me siento del todo cómoda con esa palabra, “horror”. En cambio con “feminista” sí me siento cómoda.

M.- Hay cuestiones más profundas que subyacen en su novela. En nuestra opinión, la clave se encuentra, ya en la parte final, cuando Perry exclama, al verlas: “¡Pobrecillas!”. Sin ser spoiler, ¿admite que esta puede ser la clave y no solo por lo que quien la exclama ve, sino por lo que adivina en el futuro de esas mujeres?

Ch. W.- Sí, aunque es difícil hablar del final sin revelar nada… Pero, sin duda, esa frase es clave y, al final, depende de la interpretación que las chicas den a esas palabras, porque algunas no son lo suficientemente inteligentes como para entenderlas y las que sobreviven ven el futuro -no sé si decir sobrevivir- pero las que más luchan por su libertad son las que están en más sintonía con las posibilidades que implican esas palabras.

M.- Parece que la mujer o el individuo en general no está preparada para el cautiverio, pero ¿lo está para la libertad o para lo que se piensa que es la libertad?

Ch. W.- Es una buena pregunta y, en realidad, es el corazón de mi novela porque para ser libre tienes que ser valiente y algunas de nosotras no somos lo suficientemente valientes para aprovechar la libertad que podríamos tener si quisiéramos, porque es difícil, es duro, tienes que ser verdaderamente libre en una cultura opresora hacia las mujeres, tienes que estar preparada para disgustar, para ser juzgada, para perder poderes y privilegios. Pero esas pérdidas, en mi opinión, merecen la libertad a pesar de que creo que muchas de nosotras no estamos preparadas para elegir la libertad.

M.-En toda distopía existe la descripción de un mundo cerrado del que los individuos son esclavos y la aparición de uno o varios personajes, más lúcidos que el resto, que solo buscan ser libres. “El salvaje” en “Un mundo feliz” de Huxley, Winston Smith en “1984” de Orwell o Montag en “Farenheit 451” de Ray Bradbury son personajes rebeldes que se alzan frente al sistema. ¿Sus personajes de Yala y Vera obedecen al mismo patrón filosófico y literario que estas tres obras maestras de la distopía?

Ch. W.- Creo que sí. Mientras escribía la novela, no pensaba que estuviese escribiendo una distopía. No tenía en la cabeza ningún tipo de género. No he leído ciencia ficción ni distopías, tradicionalmente. Yo sólo sabía que quería que mi libro fuese un poco raro, más que nada para llevar la realidad un poco más allá. Creo que es cierto que existen esos elementos, pero no creo que fuese consciente de ello mientras escribía.

M.- ¿Se puede entender su novela como una confrontación entre el ser humano con la Naturaleza y lo que llamamos Civilización?

Ch. W.- No sé si confrontación, más que nada creo que las mujeres empiezan a unirse con el paisaje porque descubren “lo salvaje”. En Australia, tenemos una expresión para definir a alguien que se hace salvaje, que se “asalvaja”. Un autor dijo sobre mí, refiriéndose a este libro: “Charlotte Wood se ha asalvajado”. Y yo me lo tomé como un elogio estupendo. En cuanto a las novela, las chicas, las más fuertes, descubren que la naturaleza es una fuerza redentora y para Yala, en concreto, solo encuentra la verdadera libertad haciendo una inmersión total en el medio natural y buscando su “yo” animal.

M.- ¿Cree que esta civilización ha hecho que el ser humano se aleje de la naturaleza dándole a cambio una forma de vida que no le ha hecho más libre sino que le ha esclavizado aún más?

Ch. W.- Ya sé que este planteamiento resulta romántico, pero a título personal, la verdad es que tengo una visión romántica de la naturaleza y que se trata de una fuerza redentora y restauradora para mí. Pero el mundo civilizado o la rica cultura occidental, está tan obcecada en hacer cosas con el cuerpo de la mujer, para cambiarlo, que tu cuerpo natural resulta algo horripilante para lo que es la cultura contemporánea. En el libro, cuando los cuerpos de mis personajes vuelven a su estado natural, cuando les sale el vello corporal, cuando se encuentran sin maquillaje, vuelven a su estado primitivo. Algunas de ellas lo acogen con naturalidad y eso les confiere cierto poder. Sin embargo, otras están aterradas. Depende del tipo de mujer que seas, de si puedes acoger el estado natural de ti misma. Y, en el fondo, todas estamos bajo un mismo espectro, no nos movemos de ahí.

M.- Continuamente hace referencia a las aves: cacatúas, corellas, alcandones, tordos, milanos, pelícanos, gaviotas etc. También a los mosquitos, arañas e insectos de todo tipo, loris, serpientes, conejos, truchas etc. Frente a este paisaje natural está la electricidad, las ciudades, internet, los gobiernos, las familias, los centros comerciales, las universidades etc. ¿Cree que el ser humano se ha distanciado demasiado de la naturaleza?

Ch. W.- No estoy segura… a mí me encantan las ciudades. Vivo en una ciudad. Me gusta la tecnología, no quiero ser demasiado romántica sobre esto de vivir en un estado primitivo, pero sí que creo que nuestra separación del mundo natural nos está causando un trauma enorme para el planeta. Yo creo que si pasásemos más tiempo en la naturaleza la valoraríamos mucho más. Leí algo en los medios de comunicación sobre que Donald Trump jamás visita un lugar natural, como si le diera miedo la naturaleza y eso dice mucho del personaje porque necesitamos que nuestros líderes entiendan el valor crucial que representa el mundo natural.

M.- ¿Las frecuentes alusiones a Walt Whitman y a su libro “Hojas de Hierba”, heredero de Emerson y los trascendentalistas así lo confirman? Me refiero al elogio que el poeta hace de la naturaleza en su obra.

Ch. W.- La razón por la hago referencia a Walt Whitman y a su obra Hojas de Hierba, es que este es el libro que Bill Clinton regaló a Monica Lewinsky. Básicamente lo tomé prestado del mundo real y lo adherí a mi novela. Luego empecé a ver esas referencias sexuales muy abundantes, muy románticas hacia la naturaleza y parecía que encajaban bien con mi historia. Y Vera, que es la que recibe el regalo, cuando está en ese lugar, empieza a entender varias cosas del libro y dejan de ser románticas. Ella entiende que es un impulso mucho más controlador de lo que era su antiguo novio al darle ese regalo.

M.- Usted trabaja actualmente junto con otros intelectuales en un grupo de la universidad “Charles Perkins” con el objeto de estudiar y paliar los efectos del envejecimiento. Da la impresión de que este trabajo se refleja igualmente en su novela, en la que se muestra en desacuerdo con los métodos para paliar el envejecimiento que nos propone la sociedad de consumo. ¿Qué forma hay de enfrentar el envejecimiento al margen de los cosméticos o de la cirugía?

Ch. W.- Charles Perkins es un centro de investigación y salud de la Universidad de Sidney, pero mi trabajo allí consistía en documentarme para una novela sobre el envejecimiento. Mi nuevo libro, sobre el que estoy escribiendo, trata de mujeres mayores –me alejo de las jóvenes para pasar a las mayores- y forma parte de mi documentación para la novela: pensar en cómo envejecer un día y no tener miedo de los cambios corporales e intentar entender qué efectos tiene nuestra obsesión por la juventud. Porque nuestra cultura nos dice que envejecer significa perder, degenerar. Miseria, básicamente. Y a mí me interesa ver si podía llegar a imaginarme a mujeres como las mujeres mayores que conozco, las cuales son muy potentes. Lo que hice en el Charles Perkins fue que la organización puso a un artista a trabajar con los científicos para ver simplemente qué pasaba en una conversación informal, entre ambos y para que hubiera fertilización cruzada de ideas y de enfoques.

M.- Muchas gracias.

Septiembre 2017