Entrevista por correo. España.

 

ELADIO ROMERO GARCÍA

Nacido en El Pont de Suert, Lleida, en 1956. Doctor en Historia por la universidad de Barcelona. Catedrático de Enseñanza Secundaria. Autor de diversos ensayos históricos: “Garrote vil. Rituales de ejecución en la España Contemporánea”, “Breve historia de las guerras de los Balcanes” etc.

Autor de varias novelas, entre ellas, “La batalla del Ebro” o “Los crímenes masónicos de Jack el Destripador”

Moriarty.-  En tu libro señalas que, en 1861, apareció publicado un folletín de terror titulado “La mano negra de Sevilla” y también que en 1882 circuló por parte de Andalucía un cuento de terror titulado “La mano negra”, pero ¿cuándo empieza a parecer el nombre de esta supuesta sociedad secreta vinculado a nombres y crímenes concretos?

Eladio Romero.- El nombre de Mano Negra como supuesta organización terrorista, “sociedad secreta” integrada por criminales, según la terminología de la época, comienza a circular por la comarca de Jerez a finales de 1882 como fruto de las investigaciones del capitán José Oliver, de la Guardia Civil, y del jefe de la guardia rural de dicha localidad Tomás Pérez Monforte. La prensa madrileña lo oficializa y lo divulga por todo el país a partir del 17 de febrero de 1883, basándose en los informes llegados desde Andalucía al ministro de Gracia y Justicia. No obstante, los periodistas del momento remontan el nombre ya a 1880, cuando en junio de 1880 se incoó proceso a varios trabajadores por el asesinato de un pastor en un  cortijo próximo a Jerez, acusándoles de su muerte y de formar parte de una organización secreta llamada Mano Negra. Sin embargo, a día de hoy no poseemos documentos sobre dicho proceso, solo referencias periodísticas posteriores, es decir, de 1883.

M.- Para explicar el origen de esta supuesta organización te remontas a la aparición de los latifundios en la Baja Edad Media y, más adelante, a la situación de desigualdad social imperante en Andalucía en los años finales del siglo XIX ¿Cuál era, en líneas generales, esta situación de desigualdad en el campo andaluz?

E.R.- Una muy desigual distribución de la tierra, con diversos latifundios controlados por capataces al servicio de sus propietarios, interesados únicamente en obtener los mayores beneficios desde sus residencias en la capital, y una enorme masa jornalera abocada al hambre y que solo poseía su fuerza de trabajo para subsistir.

M.- En febrero de 1881, el Partido Liberal de Sagasta aprueba la libertad de asociación. ¿Fue la oligarquía terrateniente, temerosa de perder sus tierras y sus privilegios, quien empezó a presionar para que llegara a confundirse “asociacionismo” y “terrorismo”.

E.R.- A la oligarquía le preocupaba muchísimo que los trabajadores se organizasen legalmente, sobre todo para fomentar huelgas y reivindicaciones salariales. Además, tenían en mente los recuerdos de los años de caos de la I República, en los que se produjeron numerosos motines y asaltos a campos. Consideraban todos esos comportamientos por igual, es decir, que una huelga, aunque fuera organizada de forma legal, venía a ser lo mismo que un motín, ya ambas acciones perjudicaban sus intereses. De ahí que, para ellos, todo lo que no significara someterse a sus condiciones laborales de una forma sumisa constituyera una forma de terrorismo, estuviera dirigida por asociaciones legales o ilegales.

M.- ¿Qué papel tuvo en esta situación el llamado Congreso de Sevilla de 1882 organizado por la FTRE (Federación de Trabajadores de la Región Española)?

E.R.- En el congreso de Sevilla se evidenció el deseo de sus organizadores de apelar a los poderes públicos para atender las reivindicaciones laborales de los trabajadores. En su manifiesto de clausura, defendieron las huelgas “reglamentarias y solidarias” como forma esencial de lucha. Fue un congreso muy moderado, alabado por su corrección incluso por la prensa liberal. Bien es verdad que, para los terratenientes, huelga era sinónimo de desorden y caos, de ahí que no les hiciera ninguna gracia lo dicho en aquel manifiesto y comenzara a presionar a las autoridades para perseguir a los asociados a la FTRE. Cuando comenzaron a oírse voces a favor de huelgas, promovidas para otoño de 1882, en contra de los destajos, estalló el escándalo de la Mano Negra.

M.- ¿Existió realmente un Reglamento de La Mano Negra en el que se vaticinaba el fin de los terratenientes mediante actos violentos? En las crónicas periodísticas y en los distintos procesos contra miembros de la Mano Negra salió a relucir en muchas ocasiones la existencia de reglamentos o estatutos de la organización.

E.R.- Nadie lo ha podido determinar hasta ahora. Algunas copias de ese supuesto reglamento fueron halladas por Oliver y Pérez Monforte, a finales de 1882, en el curso de sus investigaciones contra los asociados. Al menos una bajo una piedra y otra escondida en casa de un relojero que se encontraba en la cárcel. Es posible que existieran reglamentos de ese tipo fechados entre los años anteriores a la legalización del asociacionismo, es decir, a 1881, cuando los trabajadores se integraban en asociaciones clandestinas. El asunto no está ni mucho menos cerrado.

M.- En tu libro abundan referencias a distintos medios de comunicación de la época, periódicos y revistas como “El Imparcial”, “La Iberia”, “El Día”, “El Globo”, “Escenas contemporáneas”, “El correo militar”, “El Porvenir” etc. ¿Cómo trató el tema, en general, la prensa de la época?

E.R.- Por regla general, alimentando el fuego del miedo entre las clases medias y pudientes, exagerando los crímenes que se cometían (que en realidad fueron muy pocos, y ni siquiera relacionados con actividades terroristas, sino más bien con asuntos más banales como disputas familiares o robos). Si hacemos caso a esa prensa, toda la Andalucía oriental estaba en pie de guerra, y en cada pueblo había un grupo de gentes armadas dispuestas a la insurrección, cuando luego, realmente, se demostró que no era así.

M.- Especial interés tuvieron las crónicas del periodista valenciano Francisco Peris Mencheta, propietario de la Agencia Mencheta en “La Correspondencia de España”. De la lectura de algunas de sus crónicas se deduce que el problema radicaba en la ausencia de una “educación moral” que permitiera a los jornaleros conformarse y encontrarse feliz dentro de su modesta esfera y bienestar relativo. ¿Cómo se entendían estas opiniones a la luz de la “independencia” de que hacía gala este veterano rotativo?

E.R.- El pensamiento de la época, basado en los principios del positivismo, consideraba la riqueza como fruto del esfuerzo de una minoría de personas sensatas e inteligentes. Los que no podían alcanzar dicha riqueza constituían los inferiores, que debían someterse a los dictados de los primeros, obedeciendo sus directrices y evitando caer en el vicio de la bebida o en las actividades delictivas como el robo o el bandolerismo. Venía a ser una suerte de determinismo social, en el que unos pocos, más listos, acaparaban la riqueza y el poder y dirigían al resto, de ahí que aquellos no estuvieran a favor del sufragio universal, que daría el poder a una banda de ladrones y envidiosos. Así lo creía el propio Cánovas del Castillo. La prensa, en definitiva prensa de partido en su mayoría, era conservadora y burguesa, y cuando habla de “educación moral”, se refiere esencialmente al sometimiento a las leyes burguesas, a la aceptación sin queja de su posición social por parte de los más desfavorecidos.

M.- Hubo cuatro importantes procesos contra pretendidos miembros de “La Mano Negra”, todos ellos entre 1882 y 1883 y a todos ellos te refieres en tu libro. El primero, contra Cristóbal Durán y  Antonio Jaime Domínguez por el asesinato del labrador Fernando Olivera. Al parecer, Olivera falleció de una peritonitis pero la investigación sobre su muerte se reabrió a los seis meses de su muerte por una extraña “confidencia” de una persona amenazada. ¿Fue esta reapertura de la investigación ocasionada por la nueva situación del conflicto?

E.R.- Sin duda. Se aprovechó una muerte poco clara, provocada por una patada dada a Olivera, que le ocasionó la muerte por peritonitis, para condenar a cadena perpetua al “internacionalista” Durán. Cuando se habla de confidencias, en ocasiones se refiere a delaciones obtenidas bajo tormentos.

M.- Al final Cristóbal Durán acabaría siendo indultado pero otros acusados en juicios posteriores corrieron peor suerte. El tercer proceso por el asesinato del Blanco de Benaocaz concluyó con la ejecución por garrote vil de siete acusados, entre ellos el maestro sin título Juan Ruiz. Sobrecoge hoy leer la narración de “La Correspondencia de España” sobre las horas finales de los condenados. ¿Fue este proceso el más duro y cruel de cuantos se llevaron a cabo contra miembros de la “Mano Negra”?

E.R.- Evidentemente, sí. En él hubo malos tratos, largos meses de encierro previo, amenazas a familiares y la presentación ante la prensa, y por la propia prensa, de un crimen monstruoso orquestado por una sanguinaria organización secreta. En el juicio de Jerez se dictaron siete sentencias de muerte, que tras el recurso del fiscal aumentaron a trece por decisión del Tribunal Supremo. Al final, tras indultos establecidos por el gobierno, fueron siete los ejecutados. Había que dar un escarmiento, y este se dio, sin duda.

M.- Pero lo cierto es que ninguno de los condenados reconoció ser miembro de esta organización. Es más, los encausados dijeron que ni siquiera la conocían. ¿Desapareció La Mano Negra con estas ejecuciones en junio de 1884? Lo que no desapareció fue el anarquismo rural andaluz, como señalas en el libro.

E.R.- Tras el escarmiento de Jerez de junio de 1884, es decir, las siete ejecuciones, la Mano Negra fue abandonando poco a poco las páginas de los periódicos. De vez en cuando, cuando se producía algún hecho criminal, volvía a resurgir, pero ya el asunto fue olvidándose. Las asociaciones locales de trabajadores quedaron desmanteladas, y la conflictividad social decreció a causa del miedo y de los numerosos encarcelamientos. No obstante, la Mano Negra tuvo un resurgir momentáneo en enero de 1892 el absurdo y desorganizado intento de tomar Jerez por parte de unos 500 trabajadores. Luego solo quedaría en el recuerdo de muchos, casi como algo más propio de un cuento de terror que de un asunto provocado por la conflictividad social.

M.- Dos importantes escritores, separados en el tiempo, como Vicente Blasco Ibáñez  y Juan Madrid, se acercaron a este tema. El primero con su novela “La Bodega” y el segundo con su libro “La Mano Negra. Caciques y señoritos con los anarquistas” Por lo que respecta a la novela de Blasco Ibáñez, nos encontramos ante una novela naturalista en la línea de Zola en la que el escritor valenciano se ocupa de los problemas del campo andaluz a la luz de sus ideales republicanos. ¿Cómo enfocó su novela Vicente Blasco Ibáñez, una novela, por cierto que jamás llegó a las librerías jerezanas?

E.R.- La bodega se escribió entre 1904 y 1905 por un autor en su apogeo, que viajó por la zona cuando aún quedaban rescoldos de la tragedia vivida, y la situación social apenas había cambiado en relación con veinte años atrás. En el conjunto de España tuvo cierto éxito, pero en Jerez no apareció por ninguna librería, como bien dices. Nadie quería enfrentarse a los caciques que dominaban la localidad leyendo una obra que tan mal los dejaba. Las novela ataca precisamente a un cacique imaginario apellidado Dupont (que recuerda mucho al personaje real de Juan Pedro Domecq Núñez de Villacencio, ganadero y bodeguero jerezano que en 1906 sería premiado por el papa con el título de marqués de Casa Domecq), sobre todo por obligar a sus trabajadores a asistir a misa. Ya sabemos que Blasco Ibáñez, como buen republicano, era bastante anticlerical. En la novela aparece a un individuo llamado Luis Dupont, señorito alcohólico y mujeriego, que representa la doble moral de la alta sociedad jerezana de la época. Desde un punto de vista naturalista, Blasco Ibáñez recrea a la perfección, además, las miserias de la vida campesina del momento.

M.- El principal chivo expiatorio de la supuesta “Mano Negra”, Juan Ruiz y Ruiz, un maestro sin título, dirigió una escuela rural en Alcornocalejo,  en la que enseñó a los hijos de los jornaleros e, incluso ayudó a varios niños y jóvenes necesitados, entre ellos al abuelo del escritor Juan Madrid, José Madrid Valderrama. Años después, su nieto abordó, como dijimos antes, el caso de esta supuesta organización criminal en su obra “La Mano Negra. Caciques y señoritos con los anarquistas”. ¿Cuál ha sido la aportación de este libro?

E.R.- Aunque su autor sea más conocido como escritor de novelas policiacas, su libro constituye un interesante ensayo histórico que abunda en lo que otros historiadores han incidido ya, es decir, en la injusta explotación padecida por los jornaleros de la época, en las miserias padecidas y, sobre todo, en la persecución que sus dirigentes asociacionistas sufrieron durante los dos años en que se ventiló el asunto de la Mano Negra.

M.- ¿A qué conclusiones llegas en tu estudio? ¿Fue realmente La Mano Negra una organización criminal anarquista,  creada por unos visionarios para limar las diferencias entre pobres y ricos mediante actos delictivos o, por el contrario, una invención de los terratenientes andaluces para reprimir la agitación social protagonizada por los jornaleros en la Andalucía occidental de finales del siglo XIX?

E.R.- Por lo que la documentación y la prensa del momento permiten deducir, me inclino más por lo segundo, es decir, en que hubo mucho más de exageración (más que de invención) de lo que en realidad sucedió. Algunos crímenes que no tenían nada que  ver con el terrorismo fueron sacados de su contexto para ser considerados acciones de una supuesta sociedad secreta, en un momento en que, al parecer, dichas sociedades secretas ya no existían por haberse legalizado el asociacionismo obrero en 1881. Sin duda las hubo antes de ese año, y acaso alguna subsistiera, pero no se cometieron los violentos excesos que la prensa divulgó, ni hubo un movimiento revolucionario ni nada que se le pareciera. Más bien hubo una lucha legal y moralmente justificada en defensa de unas condiciones laborales mejores, que fue percibida por la oligarquía como un enorme peligro, recordando los momentos de desorden y motín vividos durante la I República. Pensando en ello, se decidió que quien golpea primero golpea dos veces, y echando mano de unas fuerzas de orden claramente decantadas hacia los más pudientes, y de un gobierno dominado a su vez por algunos de esos oligarcas, se aprovecharon las más mínimas quejas, la organización de huelgas justas y algunos crímenes comunes para atacar violentamente una organización del todo legal como era la FTRE.

M.- Muchas gracias.