No llevamos ni veinticuatro horas desde la finalización del recuento de votos en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y el apocalipsis ya se ha desencadenado sobre el mundo. Una corte de ángeles anuncia en forma de tweets y memes el principio del fin de los tiempos, porque el candidato republicano Trump ha ganado a la candidata demócrata Clinton. Pepsi se ha impuesto a Coca Cola y el mundo se ha puesto patas arriba en todas las pantallas de televisión, prensa e internet.

No vamos a comentar los desvaríos racistas, machistas, populistas y chabacanos de un multimillonario magnate del sector inmobiliario, que de sobra son conocidos y se han expuesto más allá de la saciedad. La extrema derecha europea de los Nigel Farage, las Jean Marie Le Pen o los Geert Wilders están de celebración y ya han felicitado a quien consideran uno de los suyos. Pero está quedando la impresión, o así nos lo dan a entender, de que una victoria de Hillary Clinton habría pospuesto el fin de la especie humana al menos cuatro años más. Y sobre esto cabe reflexionar más fría y calmadamente frente al calor y ardor de los mass media y las redes sociales. ¿Era realmente Clinton nuestra salvación o no? ¿Es Trump la gran desgracia o la gran esperanza para los Estados Unidos y el resto del mundo?

Repasando la trayectoria y currículum de Hillary desde que fuera primera dama de quien recibe apellido (y también apoyo de todo el sector dominante del partido demócrata afín desde su marido y expresidente Bill hasta Barack Obama), no es que estemos precisamente ante una perita en dulce. Por ejemplo, quien fuera en sus inicios como figura pública una de las principales defensoras de la sanidad pública pasó, no en demasiado tiempo, a ser una mejor remunerada defensora de las tesis de los lobbies de la sanidad privada, tal y como muestra explícitamente el documental Sicko de Michael Moore.

Desde entonces, la carrera por hacer presidenciable a Hillary Clinton desde las instituciones y desde el sector de Wall Street le han llevado a varios cargos de alto nivel y a tomar decisiones de máxima trascendencia para su país y gran parte del resto del mundo. Tuvo especial protagonismo en el apoyo al gobierno que surgió del violento golpe de estado en Honduras, tuvo máxima responsabilidad en la catástrofe de Libia y en la promoción de la guerra civil en Siria. En repetidas ocasiones ha ido de la mano en diversas votaciones y posicionamientos con el sector más neoconservador del partido republicano. Sus correos filtrados dejan claros sus deseos de poder ejecutar mediante drones a gobernantes que no le obedezcan. Es obvio que una gran parte del electorado le sitúe como una mujer del sistema y de los mismos intereses de aquellos mismos responsables del poder económico que tan buena tajada está sacando a la crisis de 2007. Hillary representa, mal que pese a los detractores de Trump, al stablishment de Wall Street y de los dirigentes económicos responsables de tanta miseria.

Mención aparte, no cabe duda de que en honor a la verdad, Hillary ha sufrido una ingente cantidad de ataques y críticas de un tono mucho más elevado al habitual, no tanto por las razones ya mencionadas como por el hecho de ser mujer. Parece que los defectos no pesan tanto ni de la misma manera en un hombre como en una mujer y Hillary no se ha salvado de la habitual criba en este sentido. Si ella ha sido vista como representante del sistema, curiosamente a un multimillonario del sector inmobiliario no (recordemos que este mercado es donde se produjo la desestabilización de la crisis que aún arrastramos a través de las hipotecas subprime) y es gracioso que a Trump se le considere un hombre sincero y directo frente a una taimada y manipuladora mujer. Más allá de los correos filtrados de Hillary y de su sangrienta trayectoria como Secretaria de Estado, también un gran número de críticas le han llegado por si se recogía el moño o no o por si se había hecho abuela como maniobra política. Parece que los mismos vicios pesan más en las mujeres que en los hombres y el racismo y desprecio a las minorías de Donald son pequeñeces sin importancia frente a su sinceridad de hombre que dice las cosas a la cara como las piensa. Es tradicional el desprecio del patriarcado por mujeres inteligentes que puedan ejercer el poder exagerando un tanto sus defectos y desviándolos a otras cuestiones personales. Es evidente que esto se ha dado también en este caso.

Aún así y todo, está claro que Coca Cola ha estado siempre ahí y es una opción fiable en tiempos de incertidumbre, pero también es cierto que Coca Cola hace mucho que dejó de ser nueva, joven y rebelde: es la misma puñetera bebida de siempre, por muchas vueltas y anuncios cursis o ingeniosos que nos vendan.

Trump, frente a una opción aparentemente continuista del sistema, ha abogado en repetidas ocasiones por construir relaciones más distendidas con Rusia, en la línea de un Roosevelt, ha cargado contra el lobby mediático que manipula a la opinión pública y ha abogado por la adopción de políticas públicas de fomento de la industria en su país frente a la voracidad de los poderes financieros y bancarios. Al mismo tiempo, ha hecho una firme defensa de las bondades de la economía de mercado por más que haya atacado la línea de flotación de los tratados de libre comercio internacionales y el lucro indecente de la gran empresa (de la que él en persona, es un claro exponente), representando una tramposa y ya manida imagen del empresario de rostro humano preocupado por sus trabajadores antes que por sus  propios beneficios. La escenificación ha sido la de la lucha contra el stablishment neoliberal y su explotación (cualquiera que hubiera hecho ese discurso habría tenido un nutrido número de seguidores en este sentido). Igualmente, ha planteado levantar muros frente a hordas de violadores mexicanos que buscan robar el pan de los dignos y honrados trabajadores blancos y protestantes como él. Aparte del populismo de baja estofa y de poner en su boca pensamientos y prejuicios fuertemente instalados en el imaginario colectivo de la clase obrera americana más blanca y heterosexual, no parece que su promesa del paraíso, que le ha valido un apoyo tan mayoritario, no vaya a ser demasiado diferente de otras historias ya pasadas en los Estados Unidos. Pepsi podría parecer una opción diferente al monopolio de la antipática marca de siempre. Parece diferente y dice tener otra filosofía totalmente distinta, sin que se renuncie a conseguir supuestamente lo mismo que quien busca beber Coca Cola pero, ¿es realmente una alternativa? Parece que un multimillonario enriquecido de la misma manera que todos los demás, mascapalillos y un poco cuñao, no va a representar la esperanza de asalariados, pobres y marginados, sobre todo teniendo en cuenta el derechismo explícito y reaccionario del partido republicano por el que se presenta y que ha obtenido una importante mayoría en el Congreso y en el Senado.

¿Va a haber un gran cambio en Estados Unidos y en el mundo? Para responder esta pregunta, fijémonos en que el fascismo ha copiado discursos, señas de identidad y líneas políticas de la izquierda más revolucionaria y transformadora para resituarla en coordenadas cómodas para los capitalistas de siempre. Llevamos cerca de un siglo de este tipo de movimientos y parece que aún hoy estamos descubriendo una estrategia vieja. Parece que se nos olvida una y otra vez que los intereses del capital siempre han estado bien guardados por unos u otros. Más democráticamente por el liberalismo, más violentamente por el fascismo y en varias ocasiones por una mezcla de ambos en diversas intensidades.

Pero ese juego de trileros de la extrema derecha no es exclusivo de ellos. En el otro hemisferio del bipartidismo estadounidense, desde incluso antes de la campaña del “Yes, we can” de Barack Obama (que inspira incluso el nombre y algo más en algún partido de nueva creación en nuestro país), parece que el pueblo está ávido de cambios a los que al mismo tiempo tiene miedo. Son tiempos de gatopardismo y de cambios radicales que no lo sean mucho, de que nos gobiernen personas totalmente diferentes pero que tampoco lo sean demasiado, de que todo se transforme sin que nos muevan ni nos toquen en exceso. El propio Obama se presentó como algo totalmente diferente y regenerador, que iba a marcar un antes y un después, la esperanza de las minorías raciales que rompería un techo de cristal, un hombre que haría el mundo más seguro (y que recibió el Nobel de la paz), la gran revolución democrática frente al oscurantismo neoconservador, el cambio que sí que se podía hacer. Pero todo ello, con un halo de moderación y centralidad política que sedujo a una parte muy importante del electorado, merced también a una campaña electoral espectacular y novedosa (y es que el público difícilmente no se entrega a una película si esta no está bien hecha). No representaba un cambio imposible y traumático, sino el moderado y seguro de lo posible. ¿Podemos? Sí. Claro que se puede.

¿Pero se pudo? Lo cierto es que los negros en Estados Unidos están peor, las diferencias de clase y la pobreza han seguido aumentando y el mundo es menos seguro, con nuevas guerras e intervencionismo más desatado incluso que en los tiempos de Bush Junior. No encuentro demasiadas evidencias sobre las que sostener que con Hillary Clinton (participante desde el principio de ese gobierno) las mujeres fueran a mejorar, aunque no deja de ser cierto que hubiera sido apuntarse al menos un tanto ver a una presidenta de Estados Unidos mujer frente a un machorro que presume de meter mano a las mujeres sin su permiso. Llevamos ocho años de supuesta revolución demócrata “Yes, we can” y estamos como estamos. La regeneración de la revolución republicana de Trump ya veremos si también supondrá un cambio de la misma trascendencia o un absoluto bluff más. Pero a mí me da que no será para tanto (ni tan poco).

Pepsi ha ganado a Coca Cola y da por pensar, a la luz de la historia del último siglo, que estas nuevas elecciones en Estados Unidos no van a suponer demasiada diferencia. Los dueños de Coca Cola y Pepsi son los mismos en la vida real y ejercen un importante monopolio que excluye y acosa a cualquier otra bebida competidora en el mercado, por lo que en realidad nuestra libertad de elegir verdaderamente excluye a todo lo que no suponga que los beneficios vayan para los mismos. Por eso, la supuesta libertad de elegir una bebida u otra, no demuestra que nuestra vida vaya a cambiar demasiado más allá del deterioro mantenido y continuado de la última década, ya que ambas opciones son la misma agua marrón carbonatada y azucarada que tanto perjudica a nuestra salud, sobre todo cuando se abusa de su consumo. Son los accionistas de Pepsi y Coca Cola los que van a ganar con su monopolio de bebidas a costa de todo y todos, no nos engañemos.

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Miembro de la Junta Directiva y redactor de política y cultura. Profesor y sindicalista. Creo en la necesidad de que la clase trabajadora disponga de medios para comunicar y transmitir su voz, sin manipulaciones ni intereses corporativos de quienes representan a quien explota, mata y discrimina. El sectarismo, la manipulación y la censura son los enemigos de una necesaria sed de verdad. Hago para mí las palabras de Rosa Luxemburgo: "Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres".