El famoso best seller de Don Wislow esboza con frialdad qué es el poder lejos de la ortodoxia institucional. El poder, en este caso del narcotráfico, no entiende de religiosidad o, incluso, de ser policía o no. Por extraño símil que parezca, eso debió pensar Pedro Sánchez durante aquella noche de sábado en la calle Ferraz. Dentro de su partido político, en el cual gozaba de la mayor responsabilidad, su poder se desvanecía para quedar reducido a la nada. Un viejo sabueso de su partido señaló, el poder ejecutó. Más parecido a la política, lo ocurrido este fin de semana parece digno de una novela sobre corrupción y poder.

Felipe González, junto al majestuoso oportunismo que le caracteriza, dijo sentirse traicionado por Sánchez. Entonces, como sicarios profesionales, todo el poder quiso ponerse de acuerdo. Y desde luego que lo hizo, otra cosa no, pero para este tipo de acuerdos, siempre se llega a un consenso. El golpe de Estado producido en la sede socialista deja entrever que todo ha sido premeditado y medido a la perfección por las estructuras de poder y los aparatos ideológicos. Poco podía hacer Sánchez ante tal vendaval, lo único, aferrarse a su puesto mientras otros firmaban su destitución.

Después de Felipe González, fueron algunos miembros del Comité Federal, con su cobarde dimisión, los encargados de ejecutar los deseos de los mandamases. Llevaron a la perfección la disidencia del poder a las estructuras del partido. Algún ingenuo idealista pensaría que fue por un motivo ideológico, pero la dimisión no fue más que una puñalada interna. Incluso líderes supuestamente algo progresistas, decidieron dejar su cargo. Pero esto no es todo, el poder no es sólo eso. Mientras algunos forzaban la dimisión de Sánchez dentro del partido, otros la justificaban fuera de él. Una línea editorial de El País, donde la mediocridad y conservadurismo resultan un exceso (al cual nos tienen acostumbrado), calificó de “miserable sin escrúpulos” al secretario general del partido próximo al medio. Y dicha adjetivación no ponía en tela de juicio la renuncia por parte de Pedro Sánchez a formar un gobierno progresista en las primeras elecciones, no venía a decir que todo aquello contra lo que se predicó en campaña fue papel mojado que se convirtió en un pacto con la derecha, por supuesto que no lo hizo. Parece que nunca se tiende a mirar a la izquierda, es más, parece que lo conservador, como el capitalismo, lo absorbe todo, lo transforma en mercancía. Sánchez era cabeza de turco, y se estaba rifando quién iba a ser el encargado de ejecutarle. Prefirieron que no fuese algo personal, sino una actuación en conjunto. Los medios generalistas, falsamente llamados de izquierdas, como El País y La Sexta ya nos tienen acostumbrados a este tipo de artimañas coordinadas.

No hay mayor ciego que el que no quiere ver, y a pesar de los excesos del PSOE parece que sus votantes volverán a claudicar metiendo su fiel voto en la urna. Aunque todo apunta a que sus líderes más conservadores no le permitirán tal pertinencia. En las próximas semanas, quizá días, se formará gobierno con la abstención de los socialistas, quién sabe si sólo con ello. Una pena para los votantes realmente reconocidos en la izquierda política, una pena o alegría para la izquierda española.

Una cosa está clara, y ya lo decía Wislow en su novela, casi intentando consolar a Sánchez y llevando la contraria a Calderón de la Barca: “Ha desaparecido nuestra antigua vida. Nuestras antiguas vidas eran como los frágiles sueños que soñamos despiertos y que se alejan de nosotros como humo de viento. Quizá nos gustaría recuperar el sueño, seguir durmiendo pacíficamente, pero eso no es vida, si no sueño”. Sánchez soñaba con que tenía el poder, pero era sólo eso, un sueño.

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