En 1992 Francis Fukuyama publicó su libro ‘El fin de la historia’, en el que pronosticaba que una vez caído el bloque soviético el mundo devenía a la unipolaridad. La democracia liberal había ganado, y era el fin de la lucha política entre opuestos. Se entraba en un mundo estable (connotación positiva de la palabra para Fukuyama, quizás no tan positiva para otros) en lo político, social y económico, hasta en lo cultural. Una era larga, donde el capitalismo mercantilista no tenía rival. Más allá de un cambio de cromos entre similares en cada estado: social-liberales vs conservadores liberales.

Veinticuatro años después, la obra de Fukuyama está saltando por los aires. Se suceden elecciones en el mundo occidental en las que la gente vota ruptura con la política actual, o al menos algo que suene a rupturismo (véase Trump, que en opinión de muchos: se puso la careta de outsider).

La democracia liberal que salió victoriosa de la Guerra Fría está muriendo de gloria. Sin rival, sus contradicciones cada vez se hacen más obvias en su avance hacia la desigualdad y la globalización laboral, procurando una movilidad empresarial que destruye millones de puestos de trabajo en el autodenominado “primer mundo”, y una globalización que provoca la competencia entre trabajadores precarios de distintas partes del planeta, siempre igualándolos por abajo. Unido, cómo no, a unas democracias liberales que cada vez pierden más peso ante los mercados financieros internacionales, haciendo que los ciudadanos no sientan que puedan elegir su destino en democracia.

Esta desesperanza de las clases trabajadoras cada vez más precarizadas, y la incapacidad de la clase política para dar una solución que vaya más allá de una aspirina para curar un cáncer, es el caldo de cultivo para que el sentimiento anti-stablishment germine.

Así, llegamos a nuestros días, donde cada elección, y en casi cada estado, se está planteando una nueva dicotomía política: Rupturismo vs Establishment. El problema aquí es definir qué es eso del “rupturismo”, ya que puede ser cualquier cosa y la contraria. He aquí la gran batalla dentro de la batalla: rupturismo reaccionario vs rupturismo progresista.

En 2016, rupturismo es una idea (que no ideología) totalmente ganadora. Es un transportador de ideologías, pudiendo acoger ideologías varias: socialistas, fascistas, liberales, independentistas, etc. En todas sus formas, plantea un discurso nacido de las experiencias de movilizaciones sociales de estos años de crisis, un discurso que gracias a las movilizaciones se ha hecho hegemónico: clamando contra las élites financieras, mass medias y la clase política (discurso, que por cierto, es el que ha planteado la izquierda clásica desde hace décadas). Así, el rupturismo, sea de la ideología que sea, tiende a “robar” este discurso, por el valor hegemónico que tiene en la sociedad.

Vemos a Trump, Orban, Farage, LePen, el AfD en Alemania, FPÖ en Austria entre otros muchos, hablando de élites financieras y políticas, cuando ellos lo son. De privilegiados, cuando ellos lo son. De la clase trabajadora, cuando ellos nunca lo fueron. Valiéndose de un discurso progresista que cale entre la clases precarizadas, añadiéndole elementos reaccionarios propios de cada uno, y es aquí donde está el peligro.

Conjugando discursos contra los privilegiados con odio al inmigrante, con ultra-liberalismo que reniegue de lo público, con xenofobia, con homofobia, con racismo, con machismo, con anti-ecologismo, con islamofobia, con autoritarismo, etc. Buscando siempre unos culpables con el dedo, y otros con la mirada: las élites financieras con la boca pequeña, y las minorías con la boca grande. Sea donde sea, la culpa de los males es del sirio en Francia, del marroquí en Madrid, del mexicano en Texas, o del español en Londres. Y ahí está la derrota cívica del mundo occidental. Intentando crear esas luchas del último contra el penúltimo, de la desempleada pobre contra la inmigrante aún más pobre.

En el otro lado de la moneda, está el rupturismo progresista (por llamarlo así), que está perdiendo la batalla. Más allá de España y Grecia (siendo generosos en estos casos con eso de “rupturismo” y “progresista”), está desaparecido en combate. Y viendo a la clase política del stablishment totalmente en retirada, el rupturismo progresista es el único capaz de poder parar al reaccionario. Siempre que sea capaz de interpelar a las clases trabajadoras precarizadas en su mismo idioma, señalar los motivos de la pérdida de expectativas, y buscar soluciones de justicia social, donde paguen el precio los culpables y no las víctimas. Dejando de quedarse anclado en ese voto universitario, que mira con paternalismo a las clases trabajadoras sin estudios superiores.

En fin, que lejos quedó esa simplicidad del eje izquierda-derecha, de buenos y malos. Aunque ahora muchos quieran llamarlo a todo “populismo”, y decir que todo es lo mismo, para no perderse. Conviene que todos cojamos nuestro mapa y nuestra brújula, encontremos el camino, y demos la batalla intelectual, porque Europa está en juego.

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