El mundo de la economía puede parecer un lugar inhóspito para la gente de a pie, un cúmulo de tecnicismos argumentales donde trajeados expertos dan sus vaticinios hacia sus víctimas, el resto de la población. Parecemos colgar de un dubitativo péndulo sujeto a los veredictos de estos malévolos expertos. Pero que unos pocos se encarguen de menospreciar su propia disciplina, no significa que sea extrapolable a todos los que se dedican, también, al estudio de la misma.

Todo este despotismo intelectual pareció comenzar cuando Alfred Marshall instauró una nueva perspectiva acerca de la economía, la tan simbólica “Economics”. Este paso es fundamental para comprender porque los despiadados y mediocres economistas nos hablan con un lenguaje tan técnico como perverso. Marshall significó un cambio de paradigma para el estudio de la economía. A través de sus tesis, defendía que debía de alejarse del contenido moral e ideológico y empezar a dotarse de una fuerte base científica y matemática. Pasó de la economía política a “Economics” (término que hace referencia a las ciencias económicas). Rompió con los prototipos de la economía política de los clásicos como Adam Smith, David Ricardo o Karl Marx. Este, seguramente, fuese el primer paso para poder entender por qué, a día de hoy, los economistas son considerados un grupúsculo de técnicos incuestionables.  Sus tesis se codificaron en una teoría económica propia llamada neoclasicismo.

Poco tardó en surgir un tal John Maynard Keynes que después abrazó la socialdemocracia europea para construir el llamado Estado del Bienestar, tan recurrente como ilusorio en nuestros días. Junto a Keynes, su tímido amigo Piero Sraffa, autodenominado como marxista radical que, aparte de servir como intermediario del PCI para la publicación de “Cuadernos de la cárcel” de su amigo (también de Keynes) Antonio Gramsci, se dedicó a desmontar los preceptos neoclásicos que pretendían perpetuarse en el campo de la economía.

Cuando se produce la denominada Gran Depresión, la hegemonía ideológica permanece en una disputa intelectual que marcará un periodo apasionante desde el punto de vista de la teoría económica. De la Gran Depresión, se salió (por decirlo coloquialmente) gracias al keynesianismo, que no sólo edificó el Estado del Bienestar, sino que apaciguó las ansias revolucionarias en Europa al disminuir las desigualdades en el reparto de la riqueza. Los gobiernos occidentales intentaron disfrazar al capitalismo de un contenido humano (este binomio tan contradictorio como elocuente). Tras los años posteriores a dicha época, se mantuvo un keynesianismo más o menos puro que comenzó a debilitarse en favor de una síntesis keynesiano-neoclásica que los medios coercitivos e ideológicos se encargaron de esconder, como bien relata Steve Keen en su libro “La economía desenmascarada” (véase su prólogo).

El segundo punto de inflexión es la llamada “revolución conservadora”, protagonizada más fervientemente por Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Durante estos gobiernos se instauraron en Europa, a través de la Dama de hierro, las ideas de que “no existe una sociedad, hay hombres y mujeres individuales y hay familias”1 o de que “la moral es personal, no existe la conciencia colectiva”2. Todo ello, como bien analiza el popular Owen Jones, trajo consigo el desmantelamiento de la clase obrera como sujeto político útil para la emancipación colectiva. La revolución conservadora, desde el punto de vista político, significó la consolidación del neoliberalismo y, desde la perspectiva económica, del neoclasicismo. En el plano de la disputa ideológica, el neoclasicismo resurgió para poder adquirir esa hegemonía que impera hasta nuestros días. Su triunfo es incuestionable. En la economía, los planes docentes, fueron paulatinamente derechizándose en favor de los preceptos neoclásicos.

Por ello no debe sorprendernos que en las facultades de Económicas suela haber un distanciamiento elitista respecto al resto de los individuos de la sociedad. La defensa moral se ridiculiza, relegándola así, a un buenismo infantilizado. Forma parte de un exitoso y largo proceso para desvirtuar cualquier tipo de cariz ideológico y, por supuesto, contestatario. Las facultades rebosan de docentes bien definidos como “Econs”3 por parte de Richard H. Thaler u “Homo economicus” y de una potencial masa de allegados, sus alumnos. Todos ellos movidos por la burda lógica económica y empresarial que sólo buscan la tan proclamada maximización de beneficios. Por lo que no debe sorprendernos que haya profesores que justifiquen la existencia de la propiedad privada en la Luna, que digan que por qué debemos pagar un tratamiento de Hepatitis C a una niña si no es productiva económicamente, o a los ancianos argumentando que se van a morir igual, que una profesora hable de autoras economistas y entre el estudiantado se la tache de feminazi… Las barbaridades se repiten, pero la complacencia asfixia. Al fin y al cabo, ellos tienen la hegemonía, el verdadero poder de decir cuánto quieran sin sobresalto alguno, han conquistado el “sentido común” y se regocijan con su uso.

Siento relatar las sombras de esta realidad tan llena de distopías. Pero primeramente hemos de diseccionar la materialidad para darnos cuenta de que el tablero no está dado, sino que además es perfectamente desmontable y sustituible. Por lo que, no ingieran sin cuestionar cada uno de los análisis económicos que salen en los medios de comunicación. Desconfíen de ese lenguaje tan técnico, la mayoría de ellos lo utiliza para ensalzarse desde un elitismo vomitivo. Esa es la muestra de la desfachatez intelectual de todos ellos y de su cínico distanciamiento respecto a las necesidades más urgentes de la sociedad. Todos los que proclaman que debemos seguir con reformas laborales más profundas, recortes más acusados, seguir con las políticas de austeridad…todos esos tecnócratas catastrofistas no fueron capaces de presagiar la crisis (si puede denominarse así) financiera y económica que todavía golpea con tanta fuerza a las clases más populares. Han demostrado no sólo que sus teorías son erróneas, sino injustas, claro está, para la mayoría social. Es hora de demostrar que la económica no deben llevarla los expertos, es hora de democratizar la economía, democratizar los medios para poder conocerla. Por tanto, y como último consejo, cuando vean en la televisión un economista (porque siempre ha de ser hombre heterosexual blanco y uniformado) con estos rasgos, desconfíen. Les invito a apagar el televisor e intentar informarse a través de otros canales. Sólo así podrán cuestionar, desmontar, criticar sus argumentos. Conocer qué hay debajo de esos tan encorsetados trajes.

Hasta que volvamos a vernos, hasta que seamos creadores, y no esclavos, de nuestras propias vidas. Me despido con una cita que más bien puede considerarse como una máxima moral que me llevó a entrar en esta disciplina tan desapacible:

“Hay dos tipos de economistas en el mundo. Los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que queremos hacer menos pobres a los pobres “-José Luis Sampedro.

1.2. Jones, Owen (2011); La demonización de la clase obrera (Capitán Swing)

  1. Thaler (2015)