Director: CLINT EASTWOOD

Guion: David Webb Peoples

Fotografía: Jack N. Green

Intérpretes: Clint Eastwood, Gene Hackman, Morgan Freeman, Richard Harris.

UN SUICIDIO IMPOSIBLE

El llamado “western crepuscular” busca un suicidio imposible, porque imposible resulta la muerte de un género que durante un siglo ha permitido a la sociedad norteamericana reflexionar sobre sí misma, descubrirse tal como es y tomar conciencia de sus problemas y conflictos. Lo que ha sucedido con el western es que, a lo largo de su historia y conservando su estructura tradicional, ha seguido reflejando las contradicciones de su tiempo inspirándose continuamente en los nuevos problemas que acarrean los inevitables cambios sociales. Se entiende así que una película como “Bailando con lobos” plantee el discurso ecologista sin dejar de ceñirse en absoluto a las reglas del género. Pero el western, como tal, no muere, se adapta a las circunstancias mientras su universo mítico permanece inalterado, porque el pueblo norteamericano sigue reconociéndose en él, cuando trata de recordar su origen y su historia. “Sin perdón” se encuadra en esa corriente crepuscular iniciada años atrás con películas como “Los valientes andan solos” y, muy especialmente, con los western de Sam Peckinpah y lo hace alejándose del tono épico de los clásicos, aunque los más lúcidos como Ford o Walsh ya abrieran el camino a la renovación con películas como “Centauros del desierto” o “Una trompeta lejana“.

El antihéroe de este excelente western de Eastwood es un viejo pistolero que reniega de su pasado y vive recluido en una miserable granja. Su mujer, artífice de su redención, ha muerto y Bill Munny, acuciado por su angustiosa situación, acepta la proposición del joven Schofield: capturar y dar muerte, por dinero, a dos jóvenes vaqueros que han desfigurado el cuerpo de una prostituta de Big Whiskey y a quienes el despótico sheriff local ha dejado en libertad con una simple multa. Solo al final, movido por la amistad, Munny se reencontrará con su pasado y llegará a enfrentarse al sheriff y sus hombres en un duelo nocturno, sucio y lluvioso.

Eastwood traslada al western su lúcida y pesimista visión del mundo actual donde la justicia es arbitraria, el dinero, el único motor de la conducta humana y la lealtad, el único valor. Pero la película es, igualmente, un duro alegato contra toda forma de violencia, la misma que propiciaron los personajes del Eastwood actor desde sus comienzos en los paella-western, hasta el fascistoide Harry Callahan. Hay una secuencia realmente clarificadora a este respecto, aquella en que Munny se muestra incapaz de acertar con su viejo revólver a un bote colocado a pocos metros de distancia.

Clint Eastwood vuelve al final de “Sin perdón” al mismo plano general con que inicia su película: la miserable granja, la ropa tendida al viento, el árbol y la tumba de su esposa. Y, también, su propio personaje recortado en el horizonte que va, lentamente, disipándose. Un final abierto que queremos entender como una prueba de que el paisaje permanece y que ese mismo ámbito albergará en el futuro a otras voces. Porque el western, lejos de agotarse, está en permanente renovación y continúa nutriéndose de todas las angustias de una civilización, la misma de la que, en definitiva, ha surgido.Una película que viene a demostrar, una vez más, la gran diferencia que existe entre el Clint Eastwood director y su imagen de policía paranoide pegado a una “Magnum”.

Antonio Gregori (octubre, 1992

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