Director: Jean-Claude Lauzon

Fotografía: Guy Dufaux

Música: Richard Gregoire

Intérpretes: Maxime Collin, Ginette Reno, Julien Guiomar,  

                   Gilbert Sicotte

JEAN-CLAUDE LAUZON

.                                                      UNA HISTORIA CONMOVEDORA

Hay películas que sorprenden o intrigan, aburren o divierten, fatigan o enojan. Y otras que, simplemente, conmueven. Conmueven sin ser sentimentales, perturban sin resultar lacrimógenas, emocionan sin recurrir a la manipulación sentimental. Porque lo que separa al ridículo de la emoción sincera, al folletín de la obra de arte es el trazo del artista, la sensibilidad y el talento de quien, discurriendo constantemente por el filo de la navaja, jamás se aparta, ni un solo milímetro, de sus estrechos límites. Esto explica que películas realizadas hace sesenta o setenta años aún sigan cautivando al espectador de hoy. Son películas que han vencido al tiempo por su maestría en el difícil arte de exponer los sentimientos, por su vocación para superar las trabas del tiempo y la distancia. Comedias o dramas, policíacos o western, todas ellas poseen un común denominador: la capacidad de quienes las hicieron para llegar directamente al corazón humano. “Carta de una desconocida” de Ophüls, “Ordet” de Dreyer, “Centauros del desierto” de Ford, “Los olvidados” de Buñuel o “Amanecer” de Murnau pertenecen, entre otras, a este repertorio de obras maestras que supieron comunicar emociones, a veces de forma transgresora y, en muchas ocasiones, al margen de la rutina que impone la industria.

 

“Léolo”, sin llegar a la perfección de las citadas, es una obra que pertenece a este registro, una película conmovedora que discurre por parajes tan dispares como el cómic o la comedia de costumbres, la escatología, el drama neorrealista o la pura y simple tragedia. Su autor es un director canadiense de 39 años de edad, Jean-Claude Lauzon, director hasta la fecha de tres cortos y dos largometrajes: “Un zoo, la nuit” y “Léolo”. El primero consiguió trece “Genios” y “Léolo”, la Espiga de Oro de la Seminci convirtiéndose, desde la fecha de su estreno, en uno de los filmes más polémicos y debatidos de toda la historia del cine canadiense. La capacidad técnica de su autor, el perfecto registro de ambientes y escenarios, la galería de personajes que su cine ofrece y la sensibilidad para acercarse al ser humano, a su dolor, a su miseria y a su terrible destino, le convierten en uno de los cineastas con mayor proyección de nuestro tiempo. Lauzon es, además, un director valiente, que no duda en utilizar la vía del más grotesco humor, de las situaciones más esperpénticas, sin que su cine se resienta por ello, sin que pierda el más mínimo grado de autenticidad y de interés. Un director barroco y surrealista, sombrío y luminoso, humorístico y cruel cuyo cine a nadie debería dejar indiferente.

 

 

Pero la experiencia nos enseña que una misma sinfonía puede elevar a unos a las nubes y a otros producirles somnolencia, que un libro marca la vida de un lector mientras que otro lo abandona a la mitad, que una obra de arte por la que alguno vendería su alma al diablo, apenas merece una simple ojeada de un aburrido visitante. Lo que a unos conmueve, a otros deja frío. Y puede que esto, que a menudo sucede con las grandes obras, ocurra con “Léolo” Para unos el problema estará en la utilización de un determinado lenguaje, para otros en la posible pedantería de Pierre Bourgault –todo un símbolo del independentismo de Québec– y para otros, en fin, en el abusivo discurso de Lauzon sobre los excrementos humanos. A nosotros, todo esto nos resulta accesorio. A quienes vamos al cine dispuestos a abrirnos a un sueño, nos conmueve esta terrible historia sobre un ser humano marcado desde la cuna por un proyecto de vida ajeno al amor y la aventura, nos subleva la ciega injusticia que supone para un ser inocente, recibir en herencia el extraño gen de la locura. Porque “Léolo” es una película que llega a lo más hondo, una de esas obras que dan sentido a la frase con que Luis Mateo Díez cierra uno de sus libros: “El mundo es una isla triste”. Una película destinada a agitar nuestro sueños durante mucho tiempo, como las sombras mudas de Fritz Lang, como la brutal poesía de Glauber Rocha, como el vértigo insensato de nuestra existencia que David Lynch supo retratar, aleando fuego y amor, en “Corazón salvaje”.

                                      Antonio Gregori (29 mayo 1993)  

P.D. Jean-Claude Lauzon falleció, junto con su novia, en un accidente de aviación, en 1997.

La revista “Times” consideró “Léolo”, como una de las 100 mejores películas de la historia del cine.

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