LAS MEJORES INTENCIONES

Director: BILLE AUGUST

Guion: INGMAR BERGMAN

Fotografía: JÖRGEN PERSSON

Intérpretes: SAMUEL FRÖLER, PERNILLA AUGUST, MAX von SYDOW, GHITA NORBY

El director danés BILLE AUGUST

COMBINACIÓN DE TALENTOS

“Las mejores intenciones” parte de un guion de Ingmar Bergman en el que se ocupa de las relaciones entre Henrik Bergman, un pobre estudiante de Teología y Anna Akerblom, hija única de una familia de la clase alta de Upsala, en el período comprendido entre 1909 y 1918 y en el marco de una época sometida a un férreo sistema de separación de clases y a las consecuencias de una huelga general. Henrik y Anna contraerán matrimonio, pese a la oposición de las familias y la historia concluirá diez años más tarde cuando el joven estudiante ya se ha convertido en sacerdote y su esposa espera la llegada de su segundo hijo. Este hijo, aún por nacer, es el autor de la historia, el propio Bergman, quien desde las emotivas páginas del relato y la serenidad de la madurez, dirige una mirada comprensiva a la figura represiva e intransigente de su padre y al papel resignado y conciliador de la madre. Bergman, vuelve, pues, en esta obra a ocuparse de un tema que ha marcado gran parte de su cine: la omnipresencia de las figuras represivas de “Tortura”“Los comulgantes”, de “La hora del lobo” a “Fanny y Alexander” y la presentación de personajes femeninos que simbolizan al niño que hay en el propio autor y que se niega a crecer.

El guion de Bergman fue ofrecido al realizador danés Bille August, ganador del Oscar y de la Palma de Oro de Cannes por su anterior película “Pelle el conquistador”, el cual lo aceptó, encantado, al conocer el nombre del autor y el interés de Ingmar Bergman en que fuera dirigida por él. Convertido inicialmente en serie televisiva de seis episodios, el guion dio pie, más tarde, a una versión cinematográfica de tres horas de duración, de forma parecida a lo que había sucedido anteriormente con las obras de Bergman “Secretos de un matrimonio” o “Fanny y Alexander“. Presentada en Cannes, la película se alzó con la Palma de Oro y el Premio a la mejor interpretación femenina.

Obra espléndida, de extraordinaria belleza formal y cuyo excesivo metraje no hace mella en el espectador, la película constituye, también, un perfecto ejemplo para ilustrar el debate sobre la autoría cinematográfica. Pocas veces críticos y estudiosos del cine se habrán visto en un aprieto mayor a la hora de responder a esta pregunta: “¿De quién es “Las mejores intenciones”, de August o de Bergman?”. La cuestión no es simple si pensamos que Bergman no es solo el autor del libreto, sino que, además la historia se inspira en los años jóvenes de sus padres, los comienzos de su matrimonio, sus esperanzas, sus fracasos y sus buenas intenciones. Y hay más: mientras otros directores han pasado a la historia por su pericia técnica, su habilidad para narrar historias o su sentido del espectáculo, Bergman lo ha hecho por haber sido capaz de trasladar al espectador sus propias inquietudes y experiencias vitales, sus obsesiones religiosas, familiares o sexuales, por ser, en definitiva, uno de los directores más “personales” de toda la historia del cine. Por su parte, Bille August reclama insistentemente la autoría del film y no es cosa ahora de dudar de la valía de un director como él, con el prestigio que le da el haber conseguido los dos premios cinematográficos más importantes del mundo.

En todo caso, lo mejor que puede decirse de este director danés es que ha sabido responder a la confianza que en él depositó Ingmar Bergman, elaborando una obra maestra en la que, la combinación de estos dos talentos, ha dado como resultado una perfecta simbiosis entre lo que se cuenta y la forma como se cuenta. Porque “Las mejores intenciones”, siendo de Bille August, no deja de ser de Bergman y porque siendo un Bergman esencial, no deja por ello de poseer el estilo más luminoso y también más conservador de August .

Tal vez sea el momento de recordar que “Ciudadano Kane”, considerada como una de las mejores películas de la historia del cine no alcanzó ese status merced exclusivamente al genio de Orson Welles, a su talento para resumir en una obra todos los hallazgos expresivos del cine y poner los cimientos del cine moderno, sino también -y es algo que se olvida con demasiada frecuencia- porque el punto de partida de esta obra genial que rompe la historia del cine en dos mitades, fue un guion, igualmente genial del injustamente olvidado Herman J. Mankievicz.

Antonio Gregori , mayo de 1993

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