Director: MARTIN SCORSESE

Guion: Martin Scorsese y Jay Cocks

Fotografía: Michael Ballhaus

Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer, Winona Ryder

Un clásico vivo

El director MARTIN SCORSESE

Italoamericano de tercera generación, marcado por el cine y el rock, miembro de la generación de Brian de Palma, Jim McBride y Robert Downey, influenciado en sus comienzos por directores tan dispares como Truffaut  y Mel Brooks, Martin Scorsese autor de un puñado de obras maestras, entre las que sobresalen “Toro salvaje” “Taxi driver” y “Uno de los nuestros”, es un auténtico clásico vivo del cine, un realizador de grandes recursos técnicos y un creador apasionado. Su cine jamás ha dejado de indagar con acierto en algunas de las claves de la sociedad y la cultura norteamericanas: desde el estudio de su música, hasta la paranoia homicida de un veterano de Vietnam, desde el gangsterismo, hasta la emblemática biografía de Jake La Motta, desde las interioridades del mundo del espectáculo, hasta su polémica versión de la vida de Cristo. Las películas de Scorsese, cuya vida es un cruce del seminarista que fue y del chico urbano en la frontera de la ley –como un personaje de “Malas calles”– ambientadas en el pasado o en el presente, siempre se han convertido en crónicas sociales, en rabiosos documentos provistos de valor testimonial. El hecho de que Scorsese reaparezca tras su demoledora “Uno de los nuestros” con una película “de época” no debe sorprender en absoluto ya que “La edad de la inocencia”, texto con el que su autora Edith Warton logró el Premio Pulitzer, constituye una crónica implacable de la alta sociedad neoyorkina del último cuarto del siglo XIX y un retrato vigoroso del cinismo y la moral burguesa de la época.

“La edad de la inocencia” es una de las novelas más “jamesianas” de la escritora Edith Wharton, nacida en Nueva York en 1862 y residente en Francia desde 1907, una obra situada  claramente en el ámbito de influencia del gran Henry James, que recoge, en consecuencia, algunos de los principales temas del gran escritor norteamericano: la oposición entre los valores tradicionales representados por las familias de la alta sociedad y la revolución de las costumbres auspiciada por el ascenso de los capitanes de industria en los albores del nuevo siglo, una novela en la que Wharton, a la manera de James, sitúa el conflicto entre los personajes en la mente del propio protagonista que lucha por entenderlo y una historia que solo cobra su verdadero sentido en el discurrir de su acción subterránea.

Scorsese toma el texto de Wharton para llevar a cabo su análisis social sirviéndose de un equipamiento técnico realmente apabullante. Ya en la secuencia de arranque, en la que el director nos muestra a los principales personajes asistiendo a una representación de ópera, Scorsese acude a una perfecta combinación de toda la gama de recursos técnicos del cine: travellings, panorámicas, planos de todos los tamaños y angulaciones de cámara para todos los gustos, lo que da como resultado la descripción magistral de los personajes, los ambientes y las situaciones que se producen dentro del decorado: una secuencia totalmente dinámica que pone en evidencia la propia esencia del cine, entendido como el arte de “registrar imágenes en movimiento”. Y lejos de agotarse en esta primera secuencia, el director va renovándose constantemente a medida que la acción discurre, dotando a cada escena de vida y estilo propios sin perjudicar, por ello, la unidad estilística del relato. Una secuencia se planifica a base de primeros planos sobre fondos difuminados y oscuros, otra se resuelve con la utilización del travelling circular o semicircular. En las escenas de interiores, atiborradas de elementos artísticos, priva el gusto por del detalle, en los exteriores –como el viaje a Florida o en el abortado encuentro con la baronesa Olenka– Scorsese y su operador Ballhaus, nos muestran la luminosa belleza de un jardín novecentista o el dorado atardecer de un paisaje marino, como recién salido del pincel de Turner.

Todo ello hace de “La edad de la inocencia” una obra esplendorosa, imbuída del espíritu de la época, adornada de infinidad de matices ornamentales y espléndidos decorados que resulta, además, multiplicada por el brillantísimo marco elegido por el autor. En resumen, un ejercicio de caligrafía cinematográfica realmente admirable que convierte la película de Scorsese en uno de sus mejores trabajos y, paralelamente, en uno de los films más hermosos de los últimos años.

Antonio Gregori  (Abril de 1994)   

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