EUROPA de Lars von Trier

Director: Lars von Trier

Guion: Niels Vorsel y Lars von Trier

Fotografía: E. Klosinsky

Intérpretes: Jean-Marc Barr, Barabara Sukowa, Eddie Constantine, Udo Kier. Voz en “off” Max von Sydow

El realizador danés LARS Von TRIER

                                        LA HERENCIA EXPRESIONISTA

La Escuela Expresionista, uno de los movimientos artísticos más importantes de la Historia del Cine, intentó profundizar en la esencia de los hechos y los objetos para distinguir lo que se encontraba más allá de su forma accidental. Se opuso por igual al impresionismo, que solo reflejaba matices de la naturaleza y a la calcomanía burguesa del naturalismo. ¿Por qué –se preguntaban los expresionistas- fotografiar la naturaleza o la vida cotidiana? El mundo está ahí, se puede ver, oler, tocar. Sería absurdo reproducirlo tal y como es. Estilísticamente los expresionistas se decantaron por el claroscuro, el entrechocar de las luces y las sombras y por la creación de unos decorados, de una arquitectura que buscaba acentuar la fisonomía latente de los objetos. En otras palabras: el expresionismo no ve, tiene visiones.

El realizador danés Lars von Trier es autor hasta la fecha de cuatro largometrajes, varios cortos y unas decenas de videoclips y spots publicitarios. De sus largometrajes anteriores, solo uno se conoce en nuestro país, “El elemento del crimen”, un trhiller de extraña fuerza visual y estilo igualmente expresionista. Con “Europa” se adscribe también a esta corriente artística, hechizado por la imagen de una Alemania en cuyo seno anidaron siempre las oscuras fuerzas del misticismo y la magia. Y lo hace no solo desde los modelos originales, como “Metrópolis” de Fritz Lang, sino a través de todas las ramificaciones de una herencia cultural que no ha dejado de fecundar la obra de los grandes realizadores: el propio Lang en su etapa norteamericana, Orson Welles, el primer Hitchcock, Charles Laughton en su bellísima “La noche del cazador”, Billy Wilder en “Sunset Bulevar”, Jean-Luc Godard en “Lemmy contra Alphaville”.

La profunda y envolvente voz del mejor actor bergmaniano, Max Von Sydow, comienza la cuenta atrás de una sesión de hipnosis, mientras la cámara, situada en lo alto de una locomotora, ofrece un plano obsesivo de los raíles del tren. Así arranca esta historia, esta pesadilla, esta sesión hipnótica, que traslada al joven Kessler y al propio espectador al destartalado paisaje de una Alemania derrotada y  convulsa,  en octubre de 1945. Asfixiado por un entorno de acero, hierro y carbón –los materiales del progreso- todo un microcosmos se debate: burgueses colaboracionistas que intentan retomar el timón de la reconstrucción con el apoyo de las fuerzas ocupantes, partisanos nazis, idealistas que vuelven a la patria para aportar su esfuerzo personal, judíos, hombres de iglesia, burócratas uniformados a quienes Murnau fustigó en “El último” y una masa famélica, heredera de los operarios de “Metrópolis” o de las escenografías de Max Reinhardt. Y en el epicentro de esta representación del magma social, del capital, el trabajo, la religión, el poder militar y el fanatismo, una historia de amor entre el idealista Leopoldo Kessler y la vampírica Barbara Sukowa, cuya fantasmal presencia reaviva en la memoria la de tantas heroínas y “vamps” del cine mudo. Lars von Trier no fotocopia la realidad, busca “los ojos del paisaje” y maneja la técnica expresionista para poner de relieve un paisaje emocional. Hace aflorar la esencia de los hechos para exponer ese estado anímico, vago y turbio, de la conciencia alemana.

El director danés combina la nostalgia del claroscuro con esporádicas pinceladas de color, gratuitas si se quiere, tributo, tal vez a su formación publicitaria, pero que el espectador agradece sin preguntar el por qué (Tampoco preguntaron a S. M. Eisenstein por ese epílogo en color de “La Conjura de los Boyardos”). Von Trier conjuga su estilo barroco con travellings cenitales, panorámicas casi circulares, sobreimpresiones y transparencias que no son un recurso técnico sino otra solución estética de uso frecuente hoy en todas las facetas de la videocreación.

Una banda sonora excepcional, una espléndida fotografía y una impresionante secuencia final, digna de “The night of te hunter”, contribuyen a hacer de la visión de “Europa” una experiencia turbadora, de un encanto enfermizo. Una película, en fin, de extraña y lúgubre belleza, pero mil veces más gratificante que todos esos productos vacuos que el cine nos viene ofreciendo desde el momento en que olvidó, o dejó de lado, sus enormes posibilidades estéticas.

Antonio Gregori (Agosto de 1992)

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