EL JUEGO DE HOLLYWOOD (THE PLAYER) 1992

Director: Robert Altman

Guión: Michael Tolkin

Música: Thomas Newman

Intérpretes: Tim Robbins, Greta Scacchi, Fred Ward, Whoopi Goldberg, Peter Gallager

LA SOMBRA DE FITGERALD

               

        Tengo la convicción de que dos de los libros de cabecera de Michael Tolkin, excelente guionista de The Player”, son “Historias de Patt Hobby” y The last Tycoon”, dos obras maestras de quien está considerado como el principal cronista de la “era del jazz”, el norteamericano Scott Fitgerald. Fitgerald vivió durante los años 30 una amarga experiencia como guionista de las “majors” de Hollywood Y el fracaso de su experiencia quedó reflejado en “Historias de Pat Hobby”, al tiempo que su testamento literario, “The last Tycoon”, supuso, seguramente, el mejor retrato del Hollywood de la época a través de la figura de uno de sus “capitanes de industria”, el productor Irving Thalberg. Fitgerald fracasó en lo que, precisamente, era su mayor ambición : escribir una película. Pero Hollywood contribuyó a su formación inculcándole una máxima, una norma existencial para escribir e intentar vivir de acuerdo con ella: “Acción es carácter”. Para Fitgerald, sólo se es dirigente en la medida en que se dirige y sólo se es escritor en la medida en que se escribe. Porque el carácter no es, simplemente, una cara guapa, un buen perfil o bonitos sueños. El carácter, la dignidad, la integridad, sólo se encuentran en el duro trabajo cotidiano.

No han cambiado mucho las cosas en el Hollywood descrito por este genial escritor alcohólico y fracasado. El universo de Tolkin y Altman sólo difiere del de Fitgerald en la vinculación laboral del guionista con el estudio y en el añadido de nuevos ingredientes a la receta del éxito. Nuevos ingredientes que para el jefe del departamento de guiones de su estudio son, ahora, suspense, esperanza, sexo, desnudos y final feliz. Griffin confiesa escuchar 125 argumentos diarios, un total de 50.000 al año cuando su estudio apenas produce doce películas anuales. Y es ésta tremenda desproporción lo que hace que tenga enemigos, lo que hace su vida insoportable cuando un guionista empieza a amenazarle de muerte.

         “The Player” es un cruel comentario a la industria norteamericana del cine de los 90 en el que Altman utiliza, irónicamente, los mismos ingredientes del cine de consumo. El arranque de la película lleva ya la firma de la casa: el zoom combinado con el travelling sigue a diversos personajes en los aledaños del estudio hasta centrarse en su protagonista, el ejecutivo interpretado por Tim Robbins y, a partir de ahí, se va hilvanando una historia que da entrada a los ingredientes citados. Pero la intencionalidad crítica del director asoma en cada recodo del camino para alcanzar su punto culminante, su mayor contraste, en dos escenas del film. En la primera el guionista sospechoso acaba de ver “Ladrón de bicicletas”, obra clave del neorrealismo italiano, una obra maestra que mezcla ficción y documento, en la que apenas hay intriga, sin sexo ni desnudos, sin actores profesionales y sin asomo de esperanza.

Robert Altman

         Pero la ironía de Altman llega al máximo en esa “historia dentro de la historia” que cuenta el proyecto y el resultado final de uno de los guiones aceptados por el estudio. Sus promotores quieren una historia realista, sin sexo, sin estrellas y sin final feliz. El estudio convierte el guión en un producto inverosímil y la película “sin estrellas” acaba siendo interpretada por ¡Julia Roberts y Bruce Willis!

         Probablemente alguien se pregunte: “¿Dónde queda la esperanza?” Y Altman, sabedor de que existe otro Hollywood, porque su propia supervivencia dentro del sistema así lo certifica, nos ofrece el personaje de Bonnie Sherow, la primera amante de Griffin. Ella es el rostro de la esperanza en esta selva de “yuppies” dedicados a dar forma, rostro y color a los sueños del los hombres. Ella defiende el proyecto inicial, se enfrenta a los ejecutivos y acaba siendo despedida. El último ingrediente del éxito está servido, pero Altman sabe que quienes encarnan esta idea…duran poco en el trabajo. Y, ya saben, como dijo Fitgerald: “no hay segundos actos en la vida de los norteamericanos”.

Prototipo del cineasta independiente para unos, independiente “malgré lui”, para quienes piensan que el realizador adopta esta postura tras el fracaso de películas como “Búfalo Bill” o “Popeye”, Robert Altman es, en todo caso, el perfecto ejemplo de la supervivencia dentro del sistema, el auténtico paradigma del camaleón de Hollywood. Capaz de llegar a enormes masas de espectadores en películas como “M.A.S.H.”, de manejar grandes presupuestos, de seguir las huellas a veinticuatro personajes en la Meca del “country”, Altman ha sabido, cuando la ocasión lo requería, situarse en el extremo opuesto: hacer cine de raquítico presupuesto, películas de un solo personaje, como “Secret Honor” o pequeños filmes experimentales. Su carrera en el mundo del espectáculo abarca una variadísima gama de canales expresivos, del cine al teatro, de la televisión a la ópera, de la producción al teatro filmado. Sus obras constituyen auténticos desafíos creativos que el paso del tiempo ha convertido en verdaderas piezas de antología.

Come Back to the Five and Time Jilly Dean Jimmy Dean

Tal vez una buena forma de entender la actitud de Altman ante el cine sea recordando una experiencia personal en la “Mostra” de Venecia de 1982. En una pequeña sala del Casino veneciano Altman presentaba un interesantísimo ejercicio de estilo y de interpretación coral titulado “Come Back to the Five and Time Jimmy Dean, Jimmy Dean”, la primera película en la que Cher hacía una papel de cierta importancia. A la sesión apenas acudimos siete u ocho personas, pero nuestra sorpresa fue grande al encontrar al propio Altman en el minúsculo “hall” de la minúscula sala repartiendo sonrisas y folletos con el mismo entusiasmo con que, más tarde, alumbraría con su linterna a dos espectadores que llegaron con retraso. Altman tenía entonces 57 años, había ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes, el “Emmy” televisivo y los más importantes premios de la crítica norteamericana. Y allí estaba, con un enorme paquete de “press-books” en sus manos, defendiendo su película como si de un joven debutante se tratara. Nada más opuesto al “show” con que algunos directores –norteamericanos o no- adornan su presencia en los distintos escaparates festivaleros.

                                               Antonio Gregori

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