DRÁCULA

Director: Francis F. Coppola

Guión: James V. Hart, según la novela de Bram Stocker

Fotografía: Michael Balhaus

Música: Wojciech Kilar

Intérpretes: Gary Oldman, Keanu Reeves, Winona Ryder, Anthony Hopkins

FRANCIS FORD COPPOLA

       RIOS DE SANGRE, OCEANOS DE AMOR

 Resulta asombroso que “Drácula” de Stocker, uno de los grandes textos literarios del siglo XIX, no haya conocido hasta ahora una versión cinematográfica relativamente fiel, aunque hay que reconocer que, a pesar de ello, la figura del vampiro siempre ha dado excelentes resultados, desde el “Nosferatu” de Murnau hasta el “Drácula” de Fisher pasando por “Vampyr” de Carl T. Dreyer o el “Drácula” que Tod Browing realizó para Universal en 1932.

          Francis Coppola se acerca más que nadie al texto original, aunque, como es lógico, también se toma algunas libertades. La primera de ellas es el brillante y conciso prólogo en el que recuerda el origen del mito: la figura de Vlad Dracul el “Empalador”, un príncipe válaco del siglo XV que, tras el suicidio de su prometida Elisabeta reniega de su fe y es condenado eternamente a la condición de vampiro. 

GARY OLDMAN

“Drácula” constituye una mitología de enorme complejidad. Una mitología coherente y codificada. Es, también, uno de los más poderosos conceptos literarios de todos los tiempos, trasladado al cine, el teatro, al TV, la música, el cómic y hasta al chicle y los helados. Su primer nivel de interpretación tiene que ver con la explosión de la gran fuerza oculta de la libido victoriana brutalmente reprimida, con la representación del erotismo aprisionado, con la rebelión de las “minorías eróticas” oprimidas. También Drácula es una transposición tenebrosa del mito de Don Juan, con su encarnación en un aristócrata solitario que colecciona conquistas, continuamente asediado por una insaciable sed de novedad. Coppola también recoge este aspecto introduciendo un  cambio significativo: desdibuja el perfil donjuanesco del conde y le presenta como un eterno enamorado que ha cruzado “océanos de tiempo” para encontrar en Nina a la reencarnación de su amada Elisabeta. De esta forma el director italo-americano da un nuevo matiz al slogan publicitario lanzado por Universal ante el estreno de la obra de Browning: “La más extraña historia de amor de todos los tiempos”.

         Lejos de la simplista confrontación Bien-Mal, el filme de Coppola presenta la victoria del vampirismo como una liberación de la libido, como una transgresión de los tabúes, describiendo a la perfección el contraste entre la esotérica Transilvania y los ambientes victorianos de Londres, Hamstead o Whitby, entre la irrealidad del castillo y el tono de la comedia de costumbres victoriana. El mordisco, la sangre, la estaca, claros elementos eróticos, conforman de forma sutil la inversión del proceso de galanteo victoriano, al tiempo que la estructura epistolar de la historia, en la línea de un Wilkie Collins, contribuye a realzar el carácter seudocientífico pretendido por Stocker. El holandés Van Helsing representa la ya efímera unión de Ciencia y Fe, de finales del siglo XIX. El y sus cazadores de vampiros son contemplados por Coppola como brutales inquisidores, con su recurso al fuego purificador.

WINONA RYDER

Según propia confesión, Coppola ha querido explorar en su película el mundo de los sueños con estilo casi surrealista. Y el resultado es un filme tremendamente imaginativo cuya exhuberancia formal llega a apabullar al espectador, asombrado ante ese torrente visual en el que sobresale el magnífico diseño de vestuario de Eiko Ishioka, el prodigioso maquillaje de Greg Cannon, el empleo del trucaje basado en humos y espejos y la sencilla y eficaz resolución de las estructuras góticas victorianas. Destacar igualmente el excelente trabajo de Gary Oldman –uno de los mejores actores del mundo-, de Wynona Ryder y de Anthony Hopkins. Y, por supuesto, el talento con que Coppola ha sabido asumir lo mejor de una tradición que pasa por la fantasía de Méliés, la poética de Murnau y el delirio de “La Bella y la Bestia” de Jean Cocteau.          

                                                            Antonio Gregori 

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