AMOR A QUEMARROPA

Director Tony Scott

Guión: Quentin Tarantino

Fotografía: Jeffrey L. Quimbaly

Intérpretes: Christian Slader, Patricia Arquette, Dennis Hooper, Gary Oldman, Brad Pitt, Christopher Walken, James Gandolfini.


El cineasta Tony Scott

 ENTRE LA VIOLENCIA Y LA TERNURA

Como “Corazón salvaje” de David Lynch, “Amor a quemarropa” de Tony Scott oscila entre la violencia y la ternura y aunque carezca de la magia de la primera sigue siendo una obra tan inconfundiblemente contemporánea como la película de Lynch: el retrato de un sórdido universo que centra su historia de “amour fou” en el contexto de una realidad inexplicable y amenazadora sólo superada por la fuerza de la pasión. Alabama y Clarence, como Sailor y Lula, como Bonnie y Clyde, quieren “vivir deprisa, morir jóvenes y dejar un hermoso cadáver”, pero, en última instancia, su pasión les hace aferrarse a la vida. Héroes románticos que buscan sus mitos en el pasado, no saben lo que hacer con sus vidas y acaban envueltos en la misma espiral de violencia a la que les arrastra su propia desesperación. Entre el gélido paisaje urbano de Detroit y la explosión luminosa de Los Angeles, Clarence y Alabama nos llevan de la mano a través de un itinerario salpicado de sangre y violencia que culmina, milagrosamente, en las doradas playas de Cancún. Guiño irónico o servidumbres del “happy end”, el desenlace es como un bálsamo tranquilizador que nos redime de tanta brutalidad, de tanta muerte.

“Amor a quemarropa” contiene dos secuencias realmente extraordinarias, dos escenas modélicas de planificación, tensión y dramatismo, apoyadas en una confrontación interpretativa de muchísimos kilates. La primera es el duelo dialéctico entre Vincenzo Coccoti (Christopher Walken) y Clifford Worley (Dennis Hooper), unos soberbios minutos cargados de expectativas de violencia que Cocotti acabará resolviendo a punta de gatillo. La segunda es el durísimo enfrentamiento entre el matón del mafioso interpretado por el gran James Galdonfini y Alabama, una brutal escena cargada de salvaje violencia. Estas dos escenas constituyen el más claro homenaje de Tony Scott –antes director descafeinado- al universo desquiciado y violento de “Reservoir Dogs”, la “opera prima” de Quentin Tarantino. “Amor a quemarropa” –en sintonía con el cine actual- amalgama a la perfección diversos géneros: la comedia romántica juvenil con el cine de acción, manteniendo la línea medular del trhiller clásico, incorpora el romanticismo  de “”Bonnie & Clyde”, la fría violencia  de “Uno de los nuestros” y el aliento juvenil y desesperado de “Corazón salvaje”. Lo hace, eso sí, de forma desigual, pero su mismo desequilibrio entre momentos rutinarios y escenas de alto voltaje la convierte en un film absorbente que, a veces, simplemente, nos permite respirar.

         Hay otro aspecto en esta película realmente destacable y es el que se refiere a las magníficas interpretaciones que resultan tanto del diseño del personaje como del compromiso adquirido por auténticos profesionales volcados totalmente en sus breves pero intensas apariciones. En este sentido, tanto Gary Oldman en su personaje de Drexl, como Christopher Walken en Coccotti, Denis Hooper, en su viejo policía retirado, Gandolfini, Patricia Arquette o Brad Pitt, con su composición del flipado Floyd, dan un perfecto ejemplo de cómo un actor se puede situar en primerísimo plano de la atención con independencia de la amplitud de su papel. Cualquiera de ellos merecería – si los Oscar fueran otra cosa- el premio al mejor secundario del año. “Amor a quemarropa” demuestra, en definitiva, que es imposible hacer una mala película con un buen guión, unos buenos intérpretes y un simple artesano.

Patricia Arquette

La película falla, sin embargo, en la que prometía ser su escena culminante, aquella en la que Scott congrega a traficantes y policías en la parte final. Una dificilísima secuencia en que el director, más atento hacia lo accesorio, malogra por su incapacidad para dominar el espacio escénico, a pesar de adornarse estéticamente con el vuelo de las plumas de los sofás y el ensordecedor ruido de la artillería. Otro realizador más capacitado –el propio Tarantino- habría realizado, sin duda, una escena memorable. Con todo, “Amor a quemarropa” acierta a la hora de expresar el espíritu de nuestro tiempo: es como la ilustración de una vieja canción rockera, como la puesta en imágenes de una melodía – soñadora y violenta a partes iguales- que amortigua el ruido y la furia con la fuerza del amor.

Antonio Gregori

 

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