BOBBY FISCHER, EL AJEDRECISTA ELECTRICO

Entre las tensiones provocadas por la II Guerra Mundial y hasta el derrumbamiento de la URSS con la prestroika y la caída del muro de Berlín, se extiende un periodo histórico conocido con el nombre de “guerra fría” que se caracteriza por el enfrentamiento en todos los frentes de las dos grandes potencias mundiales: EEUU y la URSS, máximos representantes de los valores del capitalismo y del comunismo. La carrera armamentística, la crisis de los misiles o la carrera espacial son algunos ejemplos de la paranoia que afectó y que continúa afectando a las dos superpotencias en su empeño por imponer a todo el mundo su sistema de gobierno.

1970 Boris Spassky vs Bobby Fischer at the XIX World Chess Olympiad in Siegen Germany in

La guerra fría se dio en el ámbito político, económico, social, informativo o militar y tuvo especial significación en los medios deportivos y especialmente en el ámbito de los Juegos Olímpicos, con su loca carrera por conseguir el mayor número de medallas. Y también llegó a un deporte minoritario como el ajedrez, dominado por los jugadores soviéticos desde el año 1948, hasta la irrupción de un genial ajedrecista norteamericano llamado Bobby Fischer. A primeros de los años 70, Fischer se había convertido en el candidato ideal de los EEUU para poner fin al dominio soviético en el tablero de ajedrez y el momento llegaría en la final del campeonato del mundo de Helsinki de 1972, cuando Fischer derrotó a su rival, circunstancia que los EEUU aprovecharon, una vez más, para afirmar ante todo el mundo la supremacía del sistema capitalista norteamericano. Tanto su secretario de Estado, Henry Kissinger, como el KGB soviético llegaron a intervenir de forma directa para que su candidato resultara vencedor en lo que se consideró “la partida del siglo”. Pero no contaron con que Fischer era un genio disfuncional alérgico a toda clase de sensacionalismos, con verdadera fobia al ruido y, en mayor medida, a la prensa y que Spasski era, sin lugar a dudas, uno de los menos soviéticos de los grandes campeones del tablero.


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EL UNIVERSO EN UN TABLERO

Todas estas circunstancias son analizadas ahora en la notable película de Edward Zwic, “El caso Fischer”, con los convincentes Tobey Maguire, Peter Sarsgaard, Lieb Schreiber y Michael Stuhlbarg, en los principales personajes, donde el director hace un digno retrato de la personalidad de Fischer, un individuo antisocial que buscaba el aislamiento de sus semejantes y no soportaba el ruido, encerrado como estaba en una eterna partida de ajedrez consigo mismo. Fischer, dotado de un coeficiente intelectual de 187, superior al de muchos genios, era un personaje caprichoso y excéntrico que no dudó, en plena final del campeonato mundial en no acudir a las segunda partida –que perdió- o en exigir que algunas de las restantes su jugaran sin público porque cualquier pequeño ruido bastaba para sacarle de su permanente concentración. Y en cierto modo llegó a contagiar al propio Spasski a causa de la permanente sospecha de Fischer de estar siempre vigilado por el KGB. El campeón ruso llegó a pedir, en el transcurso de una de las partidas, que se solicitara un examen de la butaca donde se sentaba porque creía oír  unos ligeros ruidos.

La ascendencia judía de Fischer, la ausencia del padre (se sospecha que era hijo del físico húngaro Paul Nemenyi, dotado de una gran inteligencia matemática y de una madre soltera y socialista), sus problemáticas relaciones familiares, su precaria vida sexual y sus continuas paranoias que acabaron con él, víctima de demencia senil, en Islandia, el país que le acogió en los últimos años de su vida, son desarrollados con argumentos cinematográficos por este director especializado hasta ahora en películas de alto presupuesto como “El último samurái”, “Leyendas de pasión” o “Diamantes de sangre”. Zwic se enfrenta en esta película  -realizada en  2014- a una obra mucho más intimista, más centrada en sus personajes, sin renunciar por ello a un adecuado retrato ambiental del Brooklyn de los años 50 o del glamuroso Los Angeles de los 70 y apoyado con acierto, cuando la ocasión lo requiere, con material de archivo.

En resumen, un biopic bastante interesante centrado en una personalidad poliédrica, tal vez no lo suficientemente trabajada y que, en ocasiones, se decanta por la explicación convencional, pero que tiene la virtud de poner en evidencia la dimensión universal, el ilimitado alcance que en ocasiones tiene poner el foco en un simple tablero de ajedrez donde lo que está en juego no es el triunfo de las blancas sobre las negras, sino la supremacía de todo un sistema.

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Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas. Periodista con amplia experiencia en todos los medios de comunicación. Cineasta. Escritor. Ferviente defensor de la cultura, la libertad y la justicia social. Fanático de los malvados de ficción: desde Fú Manchú a Mabuse pasando por el propio Moriarty. Porque los auténticos malvados visten de Armani y reparten sonrisas desde la alfombra roja de los telediarios.