Hace unos meses, en uno de aquellos curiosos viajes por el infinito universo de la comunicación, aterrizó en mis ojos, ante la pantalla del ordenador, un documental realizado por Jon Sistiaga acerca de la muerte llamado Tabú. En él, con una delicadeza admirable, hablaba de un estigma como es el de la muerte en una sociedad como la nuestra. En sus sucesivos programas habla: del sentido de la vida (y, por tanto, de la muerte); del suicidio junto a personas que han intentado hacerlo y de personas que habían sufrido el suicidio por parte de alguno de sus familiares más cercanos; de gente que había tenido experiencias cercanas a la muerte y cómo habían sido; y de gente que, harta de sufrir, decidió poner fin a su vida a través de un suicidio asistido.

Meses atrás, gracias a mi perdición por la entrañable voz narrativa de Juan José Millás, leí una más de sus novelas, La mujer loca. En la misma se relata como Millás (propio personaje escrito en tercera persona durante toda la novela) llega a escribir la historia de Julia, una pescadera que tiene alucinaciones semánticas. Años atrás, Millás, comenzó en El País una serie de reportajes acerca de personajes reales de los más variopinto y, en uno de ellos, se topó con Carlos Santos. Carlos Santos fue “un hombre de mundo”, como dijo él mismo, que, a través de DMD (Asociación Derecho a Morir Dignamente), aceptó a que el escritor pasase sus últimas horas de vida junto a él y escribiese un reportaje para abrir el debate público. Al tiempo de acabar este reportaje, los de DMD (como habitúa a nombrarlos tanto en el reportaje como en la novela) le pidieron que si podría hacer un mismo reportaje para una enferma terminal llamada Emérita. Emérita no es la protagonista de La mujer loca. Gracias a ella se topó, de la misma manera, con Julia, la protagonista esta vez sí de la novela en cuestión. La historia de Emérita no sabemos hasta qué punto fue real, el realismo mágico con el que coquetea Millás durante toda su obra es algo que forma parte de esa cualidad tan misteriosamente entrañable que nos embauca a sus lectores más acérrimos. Lo que si tenemos claro es el compromiso de Juanjo (apodo asumido por un lector al cual le resulta extraordinariamente familiar) acerca del derecho a morir de una manera digna. No duda en ponerlo de manifiesto y trascender todo aquello a su vida cotidiana y lectora. Jordi Évole, un periodista que a medida que el avanza el tiempo sólo puede darle la razón por enésima vez, hizo como penúltimo programa de su temporada pasada, el titulado “La buena muerte”.

Junto a esta retahíla de contenidos, los cuales, recomiendo encarecidamente, desde esta pequeña tribuna y en la medida en que pueda ser útil, me sumo a intentar abrir un debate social tan necesario como trascendente en nuestros días. Un debate aminorado por el conjunto de la sociedad que parece tener miedo a vivir el sufrimiento desde una lente colectiva, para vivirlo como algo íntimo y personal. Porque la muerte nos llegará a todos y debemos tener la capacidad de elegir como queremos acabar nuestros últimos días. Todos debemos pensar en cómo hemos de morir, tenemos la obligación de ser dueños de nuestras propias vidas en situaciones irremediables donde, el paso del tiempo, sólo se convierte en dolor. Puede que este tipo de cuestiones nos lleven al desasosiego, pero si vivimos con ello desde la soledad, no habremos entendido el verdadero valor de la existencia. En nuestra sociedad vivimos la muerte con una soledad mundana. Todos los días desde las noticias vemos tragedias y nosotros, vosotros, aquellos privilegiados de haber vivido donde lo hemos hecho, lo miramos con cierta distancia pensando que nunca nos llegará, que el del plasma no somos nosotros, sino ellos. De ahí seguramente nazca nuestra primera animadversión hacia la vida, nuestra primera repudia a querer vivir.

No pensar en la muerte nos hará no estar vivos, y que el debate del derecho a una muerte digna no salga a flote en la sociedad española, es sinónimo de ese distanciamiento cínico que hacemos hacia los demás y hacia nosotros mismos. Debemos empezar a asumir las decadencias y tragedias morales que definen nuestros días. Debemos mirarnos a los ojos y sentir la injusticia que anda, tan tranquila, a nuestro alrededor. Sólo así, desde ese sentimiento de angustia colectiva, seremos capaces de construir una sociedad mejor. Nuestros miedos han de ser colectivos y poder llegar a concebirlos de tal modo. Si preferimos aislarnos del resto y asumirlos como un mal personal, será casi imposible superarlos o, al menos, llegar a entenderlos. Por ello, cuando vean en los titulares una noticia acerca de los miles de inmigrantes muertos en el Mediterráneo cada año: no desvíen sus miradas, no caigan en la vaga complacencia de que el mundo será siempre injusto, no pasen de noticia sin pensar en sus vidas, no sean no capaces de mirarles a los ojos, no sean capaces de no mirarse a sí mismos, no rehúyan de las miradas de los que están a su alrededor. Sólo si logramos mirarnos frente a los espejos, sólo si sentimos esa tristeza, seremos entonces capaces de volver a situarnos dentro de este mundo tan violento. Si no existe el sentimiento de la injustica, esta misma nunca dejará de serlo.

Una injusticia sólo nace para poder verse muerta, por ello, qué es la vida sin muerte, si la muerte es vida.

Hasta que volvamos a vernos, hasta que nos miremos con la suficiente dignidad que debemos llevar hasta el último momento de nuestras vidas. Este artículo va dedicado a los ya nombrados y a todo aquel que busque cambiar el mundo desde su pequeño lugar en él. Por ello no puedo olvidarme de Ana Sforza o Gatta Cattana, un ejemplo, una mujer valiente, libre, feminista, con ansia de cambiar el mundo. Allá donde estés, tu recuerdo pervive en nuestros corazones. Siempre te recordaremos como lo que fuiste, una luchadora incapaz de no moverse ante el sufrimiento ajeno.

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