¿Imaginan un mundo gobernado según las apetencias de una clase política protagonizada -asediada- por hombres que, presos y dueños de sus dinámicas y retóricas heteropatriarcales, erigen y perpetúan un sistema que jerarquiza a la sociedad según su condición de género y sexual, engendrando así relaciones de poder desiguales en todas las reproducciones -cual sea su índole- que la sociedad hegemoniza sobre los individuos? Pues no imaginen; observen su alrededor.

Las distopías son caricaturas, exageraciones de la realidad transmutadas en ficción, que advierten – las que suelen estar al orden de su compromiso histórico – sobre las consecuencias de un posible mundo que se intuye en el horizonte. A veces, son sólo posibles premoniciones; pero en su génesis radica un rechazo a la realidad y una convocatoria a la resistencia. Quizá, Margaret Atwood, no auguró que, tras tantos años – treinta y dos para ser exactos –, su novela El cuento de la criada, se convertiría en todo un éxito literario en países, con un número de lectores irrisorio frente al resto, como, por ejemplo, España. Todo ello gracias a una reedición de Salamandra. En cierta medida, dicho éxito, se manifestó, con mayor o menor virulencia, por la producción de la serie que toma ese mismo nombre, y que ha despertado la devoción de un público mundial y popular bajo el mismo pretexto.

Hay novelas que parecen escribirse para ser leídas en el futuro, como si el tiempo refutase su destino. De igual modo aterrizó en mis manos, brindándome una deliciosa lectura veraniega, El cuento de la criada. En dicha obra una Margaret Atwood, sobria en su prosa como su protagonista Defred, nos regala, al igual que ella, momentos de elocuencia, con precisas caracterizaciones, y de reflexión a través de monólogos interiores perturbadores donde la asfixia -que se advierte desde la primera página- permanece infranqueable, a pesar del habitual sarcasmo de la autora. Frente a la inminencia narrativa requerida en una historia como esta, soslaya mantener una voz envuelta en tecnicismos y matices inabarcables. Consciente de su necesidad, Atwood ha esbozado un testimonio vital, una novela universal donde, gracias a un lenguaje popular y sencillo – apenas exiguas anomalías – nos acompaña a conocer una realidad salvaje que se parece sospechosamente, con elementos cruzados y encontrados, a la nuestra.

Bajo el alegato y premisa del terrorismo islámico (fue escrita en 1985), se instaura un gobierno teocrático que suprime la libertad de prensa y esclaviza a las mujeres (¿he de incidir, de nuevo, en el año de publicación? dejaré de hacerlo por respeto a la supuesta lectora o lector sagaz). En la República de Gilead, lugar donde se sucede la trama, la sociedad se encuentra jerarquizada desde las llamadas Tías, obcecadas en adoctrinar, aprovechándose del perpetuo sentimiento de culpa, a las Criadas, estas últimas sujetas a las exclusivas funciones de claudicación y procreación de bebés – de los cuales serán despojados – en favor de un Estado tan etéreo como opresivo. A lo sumo, el sistema las incita a sospechar y rivalizar entre ellas; a vestir de un modo reconocible, uniformadas cada una, desde su espectro social propio, con una indumentaria distinta; e inducir (imponer, exigir) la necesidad de pertenencia y subordinación a un hombre. Pero la estructura no es sólida ni mucho menos se exime de incurrir en determinados fallos o grietas, las mismas que significan el reducto, en primer lugar, de la resistencia y, en segundo lugar, de la rebeldía. De ello es plenamente consciente una de las Tías que, en un momento dado, casi de arrebato, proclama: “Aunque algunas no tienen más de catorce años, …, recordarán. Y las que vengan después de ellas, durante tres o cuatro o cinco años, también recordarán; pero después no”. Tal vez, en nuestro tiempo, hayamos olvidado el ansia por la libertad y la justicia o, puede, las tres palabras que daban color a nuestra bandera – ¿nos acordamos todavía de ellas? –.

Los símiles, traducciones, interpretaciones, paralelismos, metáforas y paradojas con la realidad actual son constantes e ineludibles. Absolutamente todo posee un reflejo que, ciertamente, aterra. El cuento de la criada, huyendo de pretenciosos moralismos, destroza cuestiones inspiradas por los sectores más reaccionarios, bajo el amparo de un supuesto e inocuo progresismo, como una gestación subrogada instigada por la esclavización de un sistema económico que, asimismo, busca mercantilizar su cuerpo a través de un cosificación incesante y obsesiva. Otro ejemplo más en el uso de eufemismos y la tergiversación de los hechos mediante palabras grandilocuentes y pomposas.

El cuento de la criada debería ser una novela de obligada lectura, donde no pervive el argumentario simplista basado en que todo es fruto de una exageración, que ahora no existen esas realidades, para caer en una vaga y desaforada complacencia que nos convierte en cómplices de la injusticia. Margaret Atwood, como gran narradora, ha conseguido, con una novela anticlerical y feminista, hacernos reflexionar – mucho, quizá como nadie en el panorama literario actual – a través de una ficción que confraterniza con nuestro mundo.

Hasta que volvamos a vernos: lean a Atwood, lean el mundo, lean su lugar en el mismo; al principio les perturbará, después serán algo más libres.