Sánchez, que parecía un hombre mediocre pero atractivo, ansioso por el poder -aunque eso significase travestirse con distintos ropajes– es presidente del gobierno.

En la anterior frase está su esencia. Cuatro cualidades le han llevado a presidir un país huérfano como este: la mediocridad, el atractivo, la perseverancia y la indefinición. Ahora Sánchez es lo mismo que antes, pero mejor aconsejado, algo que, indudablemente, embellece aún más su figura (y no hablo de su cuerpo). Su mayor éxito, estar dotado de una medianía que le hiciese parecer brillante, la estrictamente necesaria para presidir este país.

La historia de cómo Pedro Sánchez desembarca en la Moncloa la escribió hace aproximadamente trescientos años Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver – una de las novelas que mejor hablan de la condición humana. El capitán Gulliver, encarnado en la forma de Sánchez, tras abocarse a peligrosos y fortuitos navíos, recala en Liliput, donde, entre sus minúsculos habitantes, él, que no ha cambiado de estatura ni vestido zapato de tacón, se convierte en un gigante. La crónica es antigua, pero la sorpresa permanece intacta, a semejanza de cuando predecimos el futuro y nos sorprende su aparición– algo así como una felicitación de cumpleaños o una muerte anunciada. Aunque no sé qué produce mayor asombro: si este país, o sus injustificadas ilusiones y sorpresas. La llegada del PSOE al gobierno, fruto de la inconsciencia de un PP que pensaba que el tiempo siempre adormecía el vendaval, será descrita en el futuro como una de esas esquelas históricas – lapidarias – que recorren los libros de historia sobre la Guerra Civil española, una especie de eslogan simple y vacuo, como horas en un discurso de Ciudadanos–: el PSOE no ganó el poder, sino que el PP lo perdió.

La España del PP –que se cree dejar atrás – era tan de cartón piedra, tan de blanco y negro, que a Sánchez le ha hecho falta muy poco para hacernos pensar que viajamos al espacio en color con un despegue tanto inigualable como alegórico. Nadie confiaba en él, y ese ha sido su mayor aliado desde que, entre lágrimas, renunciaba a la secretaría general – el destierro en política te proporciona un margen de acción mayor que si estás vivo. La propia Susana Díaz le describió a la perfección tras presentarle a las primarias que ganó frenando a Madina y Pérez-Tapias a la salida de un hotel tras una reunión: “Este chico no vale, pero nos vale”. Provocaba una deferencia tal que el amor y el odio parecían insatisfechos entre sus admiradores y detractores. Algo similar ocurría con Aznar al compararse con Rajoy: la animadversión, incluso la repugnancia, que florecía ante la frialdad de Aznar dulcificaba la apariencia de Rajoy, abasteciéndole con una campechanía gallega que relativizaba el mal de sus medidas.

Y he aquí los dos fallos imperdonables en la izquierda durante estos días, propias de un candor infantil: pensar que el gobierno, como El País, será de izquierdas y hacer que Rajoy pase al relato de la Historia exclusivamente como un presidente corrupto, y no como uno de los mayores reaccionarios de la frágil, tenue y apocada democracia española.

No deja de ser cierto que la corrupción ha sido el detonante de su caída, pero eso mismo evidencia la incapacidad de la izquierda para impugnar las políticas de la derecha. Algo semejante debió pasar en La Transición bajo la firma del enorme Manuel Vázquez-Montalbán: la izquierda española fue incapaz de generar la ruptura con el Régimen. Los partidos han consentido todo mientras la sociedad civil rebosaba las calles: los recortes salvajes en los servicios públicos; la reforma laboral que, no sólo no ha creado empleo negando las tesis neoliberales que afirmaban hacerlo, sino que lo ha destruido y lo ha convertido en uno de los más precarios de Europa; la implantación de una Ley Mordaza denunciada como una medida propia de un estado dictatorial por los organismo internacionales, coartando el derecho a manifestación, reunión y de expresión; las ventas millonarias de armas a la monarquía saudita con el compadreo de la española…todos los escándalos que llenarían las hojas de este artículo no exigían dimisiones, ni tumbar el gobierno en cuestión de días, todo eso podía esperar y era soportable, la condena ejemplar de la Audiencia Nacional sobre la Gürtel, no.

“Era eso lo que faltaba: constatar en una sentencia lo que ya sabíamos: que el PP funcionó como una organización criminal”, es el mensaje que nos deja este adiós tan dulce. La corrupción es una constante endémica de este sistema, una enfermedad patológica. Así como la investigación biomolecular estudia la alteración de las células para desarrollar la farmacología que acabe con los cánceres, no debemos maquillar el aspecto del enfermo, sino luchar para que no se produzca tal deterioro. Es este el fallo que cometerá la izquierda española si se aboca a esta deriva con el gobierno de Rajoy: caricaturizarlo exclusivamente como un partido corrupto. No cuestionar ni alterar las bases del neoliberalismo hegemónico, legitima el orden sistémico que vence continuamente a la izquierda, pasando como un rodillo por encima de las clases populares.

Quienes conocen el cine saben que en un giro de cámara puede estar condensada la genialidad de un director. No es lo mismo enfocar al dedo de un atractivo artista que al lugar donde señala. Algo parecido ocurre en política, podemos fijarnos en la escena o en la maquinaria que la hace posible, aunque la imagen de las entrañas del poder sea más desagradable, pero, claro, quién puede fumar como Al Pacino interpretando a Michael Corleone.

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