TORONTO, ON - SEPTEMBER 15: Director Fernando Trueba from "Chico & Rita" poses for a portrait during the 2010 Toronto International Film Festival in Guess Portrait Studio at Hyatt Regency Hotel on September 15, 2010 in Toronto, Canada. (Photo by Matt Carr/Getty Images) *** Local Caption *** Fernando Trueba

La posmodernidad lo convierte todo en plástico, diluye la integridad para salvaguardar únicamente a las sombras, vacía las palabras y mercantiliza nuestros sentimientos, lo que significa la subasta de nuestras propias vidas.

Algo reseñable y perfectamente característico de nuestras sociedades, es el antiintelectualismo cada vez más acusado en nuestro día a día. La sociedad española no es menos, nuestro sometimiento a la autoridad y el desprecio hacia el conocimiento es algo que alcanza los límites que coquetean con la apología de la incultura o, más bien, del oscurantismo. Hay fenómenos que lo explican, pero hay hechos que lo confirman y, por tanto, desgarran a cualquiera. El último ejemplo de este desdén continuo es el boicot a Fernando Trueba y a su película La reina de España, por unas declaraciones realizadas hace un año. Un sector de la sociedad vuelve a definirse ante nuestros ojos. No carecen de memoria, como algún ingenuo podría llegar a pensar, únicamente acuden al recuerdo cuando hay alguna oportunidad que haga resarcir sus intereses frente a los del resto. Más que juzgar al director por su obra, declaran un boicot al mismo por una mera opinión, mucho dice de una sociedad autodefinida como democrática. ¿Juzgamos a un fontanero por su ideología o por su trabajo? Por tanto, ¿debemos juzgar a un director de cine por su obra o por sus posiciones políticas? El boicot clarividencia el desprecio al trabajo intelectual, ya que hablar de los recortes hacia el mundo de la cultura, del criminal IVA del 21%, de la reducción del número y cuantía de subvenciones al cine español, no fue un argumento pertinente. No juzgamos su obra desde cuestionamiento profesional, sino desde un antiintelectualismo simplista y rancio que nos escora a una ineptitud insultante.

Pero no nos engañemos, esto no es un hecho aislado, forma parte de una lógica reproducida por la sociedad y perpetuada por el sistema. Lo de Trueba es perfectamente semejable a la tan mencionada anécdota de Miguel de Unamuno y José Millán-Astray, cuando este último proclamaba: ¡muerte a la inteligencia!, ¡viva la muerte! Todo ello no sólo viene del franquismo, también forma parte de un costumbrismo simplista que desnaturaliza la verdad y desprecia al conocimiento. La picaresca sigue siendo una lacra que llega hasta nuestros días. En España seguimos siendo de trincheras, de etiquetas, de reducir el saber a la insignificancia cotidiana.

El franquismo, tomando el ejemplo de Millán-Astray, no dudó en perseguir a los poetas, a los literarios, a los músicos, a los profesores, a los intelectuales…todo sospechoso de conocer era susceptible de ser perseguido. La apología de la ignorancia volvía a perpetuarse en forma de dictadura, y como todo sentimiento de autoridad, no sólo atemorizaba a las personas, sino que pasaba a formar parte de ellas mismas, de sus miedos, de su vida. Por todo ello, no sorprende que el franquismo todavía corra por nuestras venas, desde ciertos sectores de la sociedad española se sigue criminalizando a los maestros que divulgan la palabra, a los poetas que estremecen los corazones, a los cineastas que nos llevan a otros mundos, a los actores que nos guían en dicho camino, a todo lo que huela a pensamiento contestatario.

En España no sólo relegamos el conocimiento a unos pocos, sino que renegamos del mismo auto-excluyéndonos así de poder adquirirlo. Demonizamos a la intelectualidad desde el simplismo, algo que en términos actuales podría definirse como cuñadismo radical. El conocimiento no debe identificarse como un oficio sino como un compromiso. Mijáil Bakunin nos vacunó del perverso gobierno de los sabios, de la descomposición del mismo por su alejamiento frente a los individuos. Pero defendernos desde la evocación de la incultura, resulta aún más zafio y tosco.

El abyecto acierto de la derecha española fue no renegar del franquismo, con ello, adquiriría una fiel masa de votantes que respondían a las referencias sociológicas del régimen con un impostado contrachapado de democracia. Por ello no sorprende que el Partido Popular quiera quitar la filosofía de las aulas para sustituirla por la religión, que persiga y criminalice al mundo de la cultura, que implante una ley mordaza que coaccione y ataque a la libertad de expresión. Lo reprochable no es que el PP lo haga, sino que pueda hacerlo desde la aprobación de gran parte de la población española. La sociedad vuelve a definirse, a retratarse, con el ordenamiento de sus prioridades.

Sería de crédulos pensar que el conocimiento no suele ir acompañado de unos grotescos tintes elitistas, pero sería de malvados pensar que sólo pudiesen llegar a conseguirlo unos pocos. Por ello hay que democratizar el pensamiento, democratizar los medios para conseguirlo. La cultura nos hace ser libres, relegarlo todo ello a unos pocos es hacernos esclavos de su palabra. El conocimiento nos salva de la tergiversación de la realidad, de la mentira, de ser títeres del poder, de ser títeres de nosotros mismos.

Hasta que volvamos a vernos, hasta dejar de ser ingenuos y cuestionarnos la verdad, la vida. Y como la memoria es resistencia: Fidel y Marcos Ana, siempre en nuestros corazones.

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