Las proclamas y banderas, estas últimas el sucedáneo de las primeras, la mera iconografía de cualquier índole, la conjunción de símbolos que ultima el cuerpo de un ideario, aflora las pasiones que, a pesar del sentimentalismo, el cual, en ocasiones, vacía los significantes que la forman, no han de ser deplorables y, ni tan siquiera, omitidos. Los símbolos forman parte del constructo que hemos consensuado a denominar como “ideología”: una agregación de elementos racionales y pasionales, manifestados en mayor o menor medida, con más o menos vehemencia, que dan sentido y orden a nuestras experiencias vitales.

Las diferentes expresiones de lo visceral resultan, en apariencia, un problema, por su indomabilidad; no obstante, toda abstracción – y la ideología, ciertamente, puede ser la más distinguida – necesita de una liturgia y personalización para sustentarse. En el significante de las mismas y, en última instancia, su materialidad final, reside la peligrosidad de su utilización. Dicho significante se sustenta gracias a la subjetividad, de ahí su homogeneidad y disparidad, indistintamente, que separa a unos individuos de otros – o lo que se denomina en la parafernalia de los atribuidos (en una alegoría pasada o idílica) Estados del Bienestar: ciudadanos –. Y, he aquí, liquido, la desorbitada lejanía que separa a, por ejemplo, porque la rabiosa actualidad lo requiere, al internacionalismo del nacionalismo: ambas concepciones aluden a una ideología – concreta y distinta en sus derivadas, sí, pues dependen de las condiciones materiales de un país u otro – asimétrica, contraria, pero se dotan de las mismas herramientas para articular sus discursos.

El nacionalismo, todos los nacionalismos, a pesar de su construcción y materialidad política, nacen de una simplificación de la realidad, en tanto en cuanto, necesitan de un eje agregador que reniegue de un sujeto discriminado. Decía Manolo Vázquez Montalbán, al cual extraño, en un debate en TVE en 1987 que en “las expectativas de cambio eran tan urgentes que la capacidad de alienación era muy superior a la que podemos tener en estos momentos”. Y añadía: “en estos momentos ser alienado sería un pecado, en cambio, en el 37…es un pecado perdonable”. Quizá, en una inocente tentativa, y salvando las distancias que nos separan de aquella realidad, podemos extraer elemento de contexto que nos sitúen en el relato actual.

El conflicto, crisis o como quiera llamarse según la intencionalidad que prevalezca, catalán sustenta la legítima lectura del vaciamiento del “régimen del 78”. Enjuiciar o, tan sólo objetar, de los pactos fundacionales de la democracia española te precipita a dos posibles enconamientos irreconciliables: donde se es un cínico o inconsciente, dependiendo de la virulencia, por el desconocimiento hacia la situación y relevancia de aquella época; o un reaccionario porque la justificas. Pero lo realmente trascendente no es su legitimidad o no, sino su vigencia. Salvando las disquisiciones convenientes – o no – sobre la Transición, negar el agotamiento del régimen sería una excentricidad de quien quiere imponer su tiempo al de los demás. El pasado es un elemento vertebrador absolutamente trascendental para la configuración de un sistema; pero, resulta curioso, que quien enarbola la necesidad del pasado de la Transición, fueron los mismos que se olvidaron de la República – la democracia que dejó atónita al mundo por sus avances – y desterrar el franquismo de raíz. Qué caprichosa la memoria que recuerda sólo su pasado.

La crisis territorial deviene de una pérdida de legitimidad sobre dicha época en su representación actual. A pesar de que pueda parecer pretencioso, la crisis económica, propagada por el despótico poder financiero y la complicidad de los partidos que dinamitaron el pacto keynesiano con su revisionismo hacia el neoliberalismo y la incapacidad del Estado para dar respuesta a los mismos, también, aunque haya un sentido histórico y cultural en el pueblo catalán, más o menos arraigado, está detrás del independentismo. Sólo basta observar el desarrollo del mismo. Del mismo modo, el independentismo catalán ha servido para desentrañar las deficiencias y máscaras de la construcción política del Estado: la no sólo mediocridad de la monarquía española sino, en este caso, su tiranía – exceso en el uso del poder –; la extrema derecha avivada por unos y omitida por otros, siendo ambos cómplices de su resurgir; la infamia que rodea a partidos como Ciudadanos que se esconden en una regeneración para sustentar su fervoroso nacionalismo y su patriotismo del dinero o la patria, según convenga; la incapacidad del sistema autonómico para responder a las distintas naciones o pueblos dentro del marco estatal; la, de nuevo, como el artículo 135, farsa de la inviolabilidad de la Constitución según, de nuevo, porque el poder es así de arbitrario, convenga; la incapacidad del bipartidismo para el acercamiento del pueblo, en este caso, catalán, al Estado; la justificación y reaccionarismo de los grandes medios generalistas al régimen; y la utilización política de la policía y necesidad de la represión ante problemas nacidos de sus políticas.

Personalmente, me parece ingenuo y, sobre todo, egoísta decidir o hablar sobre el porvenir de un pueblo sin formar parte del mismo; por eso es innegable y, más aún, inevitable un referéndum que simbolice el derecho de autodeterminación de Cataluña y de los demás pueblos dentro del Estado español. Pero, también, me parece una frivolidad tildar de “equidistante” a quien aborrece y condena el nacionalismos, en cualquiera de sus formas; por lo tanto, es necesario una remodelación – o ruptura, aprendiendo de la tradición francesa y sus cinco repúblicas – del “régimen del 78” en favor de un estado federal que agrupe a todas las sensibilidades, republicano, como marco de convivencia que aprenda – y entierre – el pasado y dignifique a las víctimas que lucharon y resistieron frente al franquismo, retomando la tradición republicana que se oponía a todo despotismo e injusticia, cual fuera su origen. Hasta el momento el rumbo de España ha girado en torno a la veleta del PSOE, no hay más que observar nuestra historia reciente desde hace cuarenta años. Por lo tanto, no esperen ningún cambio, sólo escenificación y pose. Pero, por otro lado, también, parece que esta situación es irremediable y su resignación absurda.

Cuando el pueblo catalán decida, me temo que ya se habrán ido.

Adeu.

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